Lo que otorga más particularidad a la Shoah es que se cometió contra europeos y por europeos, liderado por una potencia considerada una de las cúspides de la cultura universalizada. La flecha de la historia hegeliana se clavó en pleno corazón del estado sintético.

Los perpetradores no fueron asiáticos teocráticos, africanos difícilmente reconocibles como humanos ni latinoamericanos degenerados por el mestizaje, sino quienes estaban en la punta misma de la flecha hegeliana. Y no vale exaltar nacionalismos para imputar todo a los alemanes, cuando no puede negarse la participación del régimen de Vichy, de los otros aliados del eje y de los colaboracionistas de los países ocupados, que por cierto los hubo y muchos.

Esta semana, Espectadores vuelve a adelantar un día la actualización de la síntesis digital de La cuestión criminal. Hoy es el turno del fascículo 19, que propone ponerle punto final al negacionismo de la criminología y empezar a prestarles real atención a los muertos. A continuación, los puntos principales.

 La criminología académica no siempre anduvo por caminos recomendables, y la trayectoria de la criminología mediática es aún más alentadora. Cabe preguntarse entonces si podemos aferrarnos a algo en la cuestión criminal. ¿Acaso existe algún dato fuerte que nos saque de la confusión?

 Los muertos son el único dato cierto, pero la criminología no los escuchó. Por eso debemos empezar a hacerlo donde se dan en masa, es decir, en los asesinatos cometidos por los Estados.

 Podemos calcular que en el siglo XX los Estados produjeron unos cien millones de cadáveres fuera de las guerras, es decir, más de uno por cada cincuenta habitantes del planeta. Este cálculo del 2% de la población mundial asesinada fue recientemente ratificado por el profesor de Harvard Daniel Jonah Goldhagen, que tampoco descarta las estimaciones cercanas al 4%.

 Siempre los genocidas temieron a los cadáveres, por lo que los redujeron a cenizas, los ocultaron en fosas comunes o los arrojaron desde aviones en vuelo. Que la criminología comparta ese temor es demasiado fuerte; adentrémonos entonces en el tema con las siete preguntas de oro de la criminalística: ¿qué?, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿cuándo?, ¿con qué?, ¿por qué?, ¿quién?

Si bien la criminología mediática actual se globaliza desde los EE.UU, la creación mediática de una realidad caótica para desprestigiar a los gobiernos populares es muy vieja en Latinoamérica y desde siempre fue preparatoria de los golpes de Estado; su discurso fue el prólogo de cada dictadura militar.

No ha habido proclama revolucionaria en ningún golpe de Estado latinoamericano que no haya invocado la necesidad de detener la criminalidad. En este aspecto, no es ningún invento norteamericano, sino un viejo y remanido recurso vernáculo.

Esta semana, Espectadores adelanta un día la actualización de la síntesis digital de La cuestión criminal. Hoy es el turno del fascículo 18, que sigue desarrollando el tema de la criminología mediática y que se detiene especialmente en el rol de los políticos. A continuación, los puntos principales.

 Los movimientos políticos de restauración del Estado de bienestar actuales no son inmunes a la criminología mediática y suelen caer en sus juegos. Esto se traduce en una permanente ambivalencia frente al fenómeno: da la sensación de que no saben manejarse frente a la agresión que llevan adelante los partidarios del Estado spenceriano.

 Los políticos no conocen otra criminología que la mediática. Por eso, frente a los embates de ésta, responden conforme a su discurso de causalidad mágica y, para demostrar que están preocupados por la seguridad, caen en la trampa de plegarse a sus exigencias. De ahí la adopción de medidas paradojales: autonomizan las policías, las dotan del poder de practicar golpes de Estado más o menos encubiertos cuando se las priva de fuentes de recaudación, sancionan leyes descabelladas, piden castigos para los jueces, etc.

 Si bien algunos políticos hacen esto por oportunismo o por ideología autoritaria, no estamos ante una mayoría. Sostener lo contrario es caer en la antipolítica, y esto es lo mismo que anhelar una dictadura.

 Los políticos desconcertados suelen creer que con concesiones contendrán el embate de la criminología mediática, pero en realidad corren serios riesgos de desdibujar su propia identidad ideológica. Y cuando en la política-espectáculo los personajes terminan pareciéndose demasiado, se abre el espacio para que la criminología mediática enarbole su bandera de la antipolítica.

La publicidad de los delitos difunde métodos criminales e instiga a una criminalidad amateur muy peligrosa. Un buen ejemplo de reproducción criminal fue la enorme publicidad de secuestros extorsivos que tuvo lugar hace pocos años en la Argentina, donde estos delitos no son comunes.

La insistencia mediática hizo cundir la falsa creencia de que se trata de un delito rentable y de fácil comisión, lo cual provocaba miedo en la población. Pero en realidad es uno de los más difíciles, salvo que cuente con cobertura oficial.

No obstante, hubo otros receptores del mensaje que lo entendieron de muy diversa manera y eso provocó una ola de secuestros bobos con alto riesgo para la vida de las víctimas, pues son los que más peligro implican: ante la inminencia de ser descubierto o reconocido por la víctima, el secuestrador tonto y desesperado le da muerte como último recurso ante su torpeza.

El fascículo 17 de La cuestión criminal desarrolla el fenómeno de criminología mediática presentado en el capítulo anterior. Esta nueva síntesis digital respeta la división en tres secciones, que el Dr. Raúl Zaffaroni eligió para la versión impresa: 1) la criminología mediática y la víctima-héroe; 2) la criminología mediática como reproductora; 3) la criminología mediática y la (anti)política.

La criminología mediática y la víctima-héroe
La criminología mediática actual se importa de Estados Unidos. Nuestra región, en cambio, carece de las condiciones necesarias para mantener a dos millones de personas presas y para bajar el desempleo mediante los servicios de vigilancia institucional. Por lo tanto, los efectos políticos difieren totalmente.

En el hemisferio norte la criminología mediática refuerza la política de prisionización de negros y latinos, y en Europa la expulsión de extracomunitarios. Pero en América Latina es imposible prisionizar a todas las minorías molestas –que tampoco son tan minorías–, con lo cual la venganza estimulada hasta el máximo se traduce en 1) mayor violencia del sistema penal; 2) peores leyes penales; 3) mayor autonomía policial con la consiguiente corrupción y riesgo político; 4) vulgaridad de políticos oportunistas o asustados; 5) reducción a la impotencia de los jueces.

A la criminología mediática no le interesan la frecuencia criminal ni el grado de violencia en una sociedad, porque en realidad no le importan los criminales ni sus víctimas. Por eso envía el mismo mensaje desde México (con más de cuarenta mil muertos en cinco años) hasta Uruguay (con un índice casi despreciable de homicidios dolosos), desde Centroamérica con las maras y los sicarios (como los que mataron a Facundo Cabral) hasta una esquina suburbana de Buenos Aires con los pibes tomando cerveza y fumando porro.

En 1896, el socialista Jean Jaurés denunció en la Cámara de Diputados francesa el silencio cómplice de la gran prensa ante las masacres de armenios, porque sus principales directivos eran beneficiarios de empresas otomanas y los diarios llevaban adelante su campaña antisemita, preludio europeo de la Shoah, difundiendo el invento de Los Protocolos, encabezados por el delirante Edouard Drumont y Charles Maurras, que terminaría imputado como ideólogo del régimen vergonzoso de Vichy.

Recientemente Umberto Eco reconstruyó esos años en su novela El cementerio de Praga. Por ende, no hablamos de nada nuevo aunque, como es natural, la criminología mediática actual tenga características propias.

Después de hacer hincapié en el punto de vista académico, el fascículo 16 de La cuestión criminal introduce la variable mediática. En líneas generales, la nueva entrega de la colección a cargo del Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni y colaboradores analiza la construcción del discurso eminentemente televisivo que en Argentina incluye a «una imaginaria matrona de barrio, en batón y con ruleros e incapaz de cualquier pensamiento abstracto: doña Rosa».

A continuación, los puntos destacados de este capítulo…

Las personas que a diario transitan las calles y toman el ómnibus y el subte junto a nosotros tienen la visión de la cuestión criminal que construyen los medios de comunicación (en otras palabras, se nutren –o padecen– de la llamada «criminología mediática»). Ahora bien, ¿por qué aceptan o están indefensas ante esta construcción de la realidad? Porque de ese modo bajan el nivel de angustia que genera la violencia difusa.

La criminología mediática siempre apela a una creación de la realidad a través de información, subinformación y desinformación en convergencia con prejuicios y creencias, y basada en una etiología criminal simplista asentada en la «causalidad mágica». Aclaremos que lo mágico no es la venganza, sino la idea de una causalidad canalizada contra determinados grupos humanos, que en términos de la tesis de René Girard se convierten en chivos expiatorios.

Esta característica es inalterable. En cambio, varían mucho la tecnología comunicacional (desde el púlpito y la plaza hasta la televisión y la comunicación electrónica) y la personificación de los chivos expiatorios.

El aspecto central de la versión actual de la criminología mediática proviene del medio empleado: la televisión. Por eso, cuando decimos «discurso» es mejor entender «mensaje», en consonancia con la imposición de imágenes.

El concepto de pena no es un concepto jurídico, sino un concepto político. Este punto es capital. El defecto de las teorías corrientes en tal materia consiste justamente en el error de considerar la pena como una consecuencia de derecho lógicamente fundada (…) Quien procure el fundamento jurídico de la pena debe también procurar, si es que ya no lo encontró, el fundamento jurídico de la guerra.
Tobias Barreto, Brasil, 1886.

Las palabras del fundador de la escuela jurídica de Recife cierra el fascículo 15 de La cuestión criminal, dedicado a distintos autores (entre ellos Sigmund Freud, Herbert Marcuse y Réné Girard) que buscaron explicar la condición destructiva del ser humano. Como este «abolicionista de la esclavitud que encargaba libros a Alemania y los masticaba solitario en el interior del estado de Pernambuco» se les adelantó de alguna manera, Espectadores lo destaca antes de presentar la síntesis de una nueva entrega de la colección a cargo del Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni y sus colaboradores.

Las características del Estado norteamericano han cambiado totalmente desde el establecimiento del denominado «new punitiveness» (o neopunitivismo). Insisto en los caracteres del nuevo rostro del sistema penal norteamericano: uno de cada tres hombres negros de entre 20 y 29 años se halla en la cárcel; un norteamericano de cada cien está en prisión; tres más están sometidos a vigilancia con probation o con parole; se inhabilita a perpetuidad para votar a cualquier condenado por cualquier delito; se difunde el three strikes and you are out (una pena de relegación perpetua para los simplemente molestos); se expulsa de las viviendas sociales a toda la familia del condenado; se lo priva de todos los beneficios sociales; se restablecieron los trabajos forzados; se ejecutaron unas 1300 penas de muerte desde el final de la moratoria de los ’70 (incluso a enfermos mentales y menores); los gobernadores hacen campañas para su reelección rodeados de retratos de los ejecutados a los que no les conmutaron la pena; se condena sin juicio mediante extorsión; los testigos de cargo son comprados con impunidad; se practican los métodos más inmorales de investigación; se instiga a la denuncia dentro de la familia.

Éste es uno de los párrafos más impresionantes del fascículo 14 de La cuestión criminal, cuya síntesis presentamos en tres grandes partes. La primera dedicada al académico Wayne Morrison; la segunda a otros tres autores (David Garland, Loïc Wacquant y Jonathan Simon); la tercera al aporte psi.

Espectadores actualiza hoy sábado la síntesis digital de La cuestión criminal, colección elaborada por Eugenio Raúl Zaffaroni y su equipo de colaboradores. En esta ocasión, presenta el fascículo nº 13 cuya versión impresa se publicó el jueves pasado.
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 Algunos criminólogos reaccionarios sostienen que la crítica criminológica fracasó, que sólo fue un momento de euforia o una moda superada (para sostener esto, se basan en las versiones más radicales e ingenuas, a veces fáciles de ridiculizar). En reemplazo proponen una criminología administrativa que, en términos claros, pretende que la academia se limite a discutir una técnica eficaz de contención de los pobres.

 Al respecto, no deben engañarnos los libros bien encuadernados y los cursitos de fin de semana, propios de una criminología sin historia ni pasado y que además se pretende independiente de la política. Es más, los criminólogos más serios no sólo conservaron sino que profundizaron el talante crítico. También archivaron las ingenuidades como «¿de dónde proviene el impulso superador de la crítica con más crítica?».

 Es muy sencillo. Lo que sí ha cambiado desde los ’70 es el cuadro de poder planetario: el Estado gendarme avanzó sobre los países centrales. Friedman y Hayek fueron los nuevos gurúes del festival de mercado; Reagan, Thatcher y Bush señalaron el camino hacia un Estado cuya única función es mantener a raya a los pobres (cualquier otra gestión se tiñó de ineficiencia y corrupción).

 Los habitantes de los países periféricos y los inmigrantes y excluidos de los países centrales recuperamos nuestra condición de razas inferiores. Por su parte, los incluidos de los países centrales y sus procónsules en los periféricos conformaron la raza superior que debe defenderse del resto. En este contexto, el Estado debe mantener esta supremacía sin privar a los inferiores de su derecho a una lucha que los haga fuertes y que les permita saltar de vez en cuando el cerco, participando de Gran Hermano o de algún negociado.

 El brutal salto del sistema penal de los Estados Unidos, la exclusión definitiva del criminalizado y su familia, la pena desproporcionada por la menor infracción conforme a la tolerancia cero del demagogo municipal de New York (que por brindar una conferencia absurda les cobró una cifra increíble a los ingenuos empresarios mexicanos) no es más que un terrorismo de Estado contra los pobres, un modelo neo-stalinista en marcha.

 El Estado gendarme es eso. Su pensamiento descarnado dice «los negros en su lugar, nosotros mandamos y al negro que molesta le cortamos la cabeza». A esto se debería agregar: «los indios del sur deben producir cocaína y matarse para no mandarnos más de lo necesario y así mantener alto el precio; nosotros nos ocupamos de la distribución, y de quedarnos con la mayor ganancia y el beneficio del reciclaje». Tendrán razón quienes se extrañen ante la claridad de estas expresiones, dado que hoy no se manifiestan de esa manera.

 Evidentemente el discurso actual no tiene la sinceridad ni autenticidad de los positivistas racistas. Éstos no se disfrazaban de democráticos ni de generosos. ¿En qué mundo vivimos, que nos permite encontrar por lo menos algún motivo para añorar a los viejos racistas?

Como todos los sábados desde principios de julio, Espectadores actualiza hoy la síntesis digital de La cuestión criminal, colección elaborada por Eugenio Raúl Zaffaroni y su equipo. En esta ocasión presenta el fascículo nº 12, y aprovecha la ocasión para anunciar la llegada a la mitad del compendio.
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Criminología radical
La llamada «criminología radical» proviene del encuentro de la crítica al poder punitivo con los marcos ideológicos que reclaman cambios sociales y civilizatorios profundos o generales. Por eso responde a tantas versiones como marcos ideológicos que la inspiran, entre ellos el marxismo.

Desde este campo, Georg Rusche y Otto Kirchheimer publicaron en 1939 un trabajo anterior a toda la criminología sociológica de los años ’70: Pena y estructura social. Ésta fue la primera vez que se profundizó el análisis del poder punitivo desde el marxismo (los ensayos previos, como el del holandés Willen Bonger, se limitaban a estudiar las causas del delito).

Básicamente el libro de Rusche y Kirchheimer señala cierta relación entre el mercado de trabajo y la pena: la aplicación de penas retira a una cantidad de personas del mercado laboral, al tiempo que demanda trabajo para el propio sistema. De esta manera regula los sueldos: impide que bajen mucho cuando reduce la oferta, y evita una gran suba salarial cuando aumenta la oferta.

Un repaso histórico en este sentido demostrará que en la Edad Media la oferta era enorme y el poder punitivo podía matar sin problemas. En cambio, empezó a cuidar la fuerza de trabajo cuando el advenimiento del capitalismo aumentó la demanda de mano de obra.

Rusche y Kirchheimer también sostienen que el mercado determina las penas según la ley de menor exigibilidad: para disuadir, las condiciones de vida carcelaria deben ser inferiores a las peores de la sociedad libre.

Treinta años después de caer en el olvido, este libro recuperó interés académico en plena vigencia de la criminología crítica. En Carcere e fabbrica, los italianos Dario Melossi y Massimo Pavarini le reprocharon un economicismo excesivo. Estos autores de la Escuela de Bologna no negaron la importancia del mercado de trabajo, pero creyeron que el poder punitivo opera a través del disciplinamiento y no de forma tan mecánica.

En Vigilar y castigar (1975), Michel Foucault desarrolló al máximo la idea del disciplinamiento pero por fuera del marxismo. Concebía la prisionización como mero pretexto del poder punitivo, que en realidad nos controla a todos los que estamos sueltos a partir de un modelo panóptico de vigilancia.

La síntesis digital de La cuestión criminal sigue su curso, así como la publicación impresa de la colección elaborada por Eugenio Raúl Zaffaroni y sus colaboradores. En esta ocasión Espectadores presenta los puntos sobresalientes del undécimo fascículo.
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 Desde los años ’30 la sociología norteamericana venía demoliendo la visión convencional de la sociedad. En este clima que se extendió por más de dos décadas, la criminología sociológica empezó a reparar en la importancia del poder punitivo.

 Hasta ese momento el delito podía atribuirse a muchos factores, incluso al poder mismo, pero nadie se ocupaba del sistema penal en particular. No obstante, no se podía seguir avanzando sin tomarlo en cuenta y, al hacerlo, podemos decir que «se cayó la estantería» (en términos científicos Kuhn hablaba de «cambio de paradigma»).

 A esta criminología académica que incorporó al poder punitivo se la llamó «criminología de la reacción social» o «criminología crítica». Su crítica al sistema penal puede circunscribirse al aparato represivo (la policía, los jueces, los penitenciarios) o elevarse a diferentes niveles del poder (social, económico, político) y por lo tanto al poder en general.

 Se ha dicho que una corriente de la criminología crítica (llamada «liberal» con tono peyorativo) se queda en el nivel de los perros de abajo (under dogs), y a lo sumo llega a los perros del medio (middle dogs). En cambio, existe otra corriente (llamada «radical») que se les anima a los perros de arriba (top dogs). En los ’70 la discusión entre ambas era fuerte, pero en las últimas décadas el giro brutalmente regresivo de la represión penal -especialmente en los Estados Unidos- ha convocado a cerrar filas.

 La criminología de la reacción social llegó a América Latina también en los ’70, y la difundieron dos distinguidas criminólogas venezolanas: Lola Aniyar de Castro desde la Universidad del Zulia y Rosa del Olmo desde la Central de Caracas. En nuestro país, sus seguidores debieron exiliarse durante la dictadura: entre otros, Roberto Bergalli en Barcelona, Luis Marcó del Pont y Juan Pegoraro en México. Durante los años sangrientos esta criminología sólo se comentaba en pequeños cenáculos, mientras las cátedras seguían languideciendo en el rincón de las facultades de Derecho (en la de Buenos Aires con el más puro positivismo peligrosista).