En el transcurso de esta última semana Zero Dark Thirty recuperó una porcioncita del gran protagonismo mediático que perdió cuando la Academia de Hollywood terminó bajándole el pulgar en la última entrega de los Oscar, cuando (enseguida después) el Comité de Inteligencia del Senado estadounidense decidió dejar de investigar las sospechas de filtración informativa por parte de la CIA, cuando la opinión pública se cansó de discutir sobre el presunto pronunciamiento pro/anti tortura de la película de Kathryn Bigelow. Efectivamente, el film que recreó la captura de Osama Bin Laden volvió a ser noticia el lunes pasado cuando el sitio Gawker informó sobre la desclasificación de un memo de la agencia de inteligencia que prueba su intervención censora –orientadora, corregiría el guionista Mark Boal- en la realización del polémico largometraje.

La primicia de Gawker llamó la atención de emprendimientos periodísticos tan disímiles como The Dissenter y The Hollywood Reporter. También cruzó fronteras: cabe destacar la cobertura del diario australiano The Sidney Morning Herald y del sitio francés Ciné Chronicle. Los lectores que prefieran prescindir de toda editorialización encontrarán aquí el memo en bruto.

La desclasificación del documento fue aprobada el pasado 22 de abril. Se trata de dos páginas y piquito, con una síntesis de las observaciones que agentes de la Oficina de Asuntos Públicos de la CIA le hicieron a Boal en cuatro conversaciones telefónicas realizadas en el último trimestre de 2011: una a fines de octubre, dos en noviembre y una cuarta a principios de diciembre.

La errática actualización veraniega de Espectadores admite la articulación de tres mini-reseñas cinematográficas en un mismo post. La alternativa es válida no sólo para compensar los silencios prolongados del blog sino para proponer una mirada más abarcativa sobre parte del menú correspondiente a la próxima edición de los premios Oscar. En esta oportunidad, Lo imposible, El lado luminoso de la vida, Django sin cadenas y un poquito la archi-comentada Zero Dark Thirty inspiran esta suerte de primera entrega.

Como años anteriores, quienes no sabemos separar cine e ideología volvemos a experimentar la sensación de déjà vu que nos provoca la mayoría de los largometrajes candidatos a alguna estatuilla de la Academia de Hollywood. Además de las etiquetas disputadas («mejor película», «mejor actor protagónico/secundario», «mejor director», «mejor guión original/adaptado», etc.) reencontramos las categorías temáticas y/o genéricas que nunca faltan: el panfleto patriotero (este año representado por el film de Kathryn Bigelow y Mark Boal), la enseñanza de vida con ribetes catastróficos (mérito del español Juan Antonio Bayona y su recreación del tsunami de 2004), la enseñanza de vida con ribetes intelectuales (la decepcionante comedia dramática de David Russell), la fábula irreverente (hoy a manos de Quentin Tarantino).

Algunos espectadores aceptarán la propuesta de dividir este cuarteto en dos binomios. El primero, constituido por ZDT (o La noche más oscura según la traducción local) y por Django sin cadenas, gira en torno a un eje histórico y propone dos definiciones distintas del héroe norteamericano. El segundo, que conforman Lo imposible y El lado luminoso de la vida, parece suscribir a una misión filosófica de tipo existencial y alcance universal.

De lejos, la propuesta más interesante (o menos previsible aún para quienes conocemos la filmografía de Tarantino) es la historia del esclavo negro que, dos años antes de la Guerra de Secesión, busca rescatar cual Sigfrido a su propia Brunilda. Es cierto que Quentin vuelve a la carga con la fantasía de ejercer justicia por mano propia (si en Bastardos sin gloria se trataba de matar a Adolf Hitler, aquí es cuetión de reventar a quienes por momentos parecen sus precursores avant-la-lettre) y con un despliegue de violencia visual tan exuberante como siempre (en IMDb se encuentra disponible esta guía para padres preocupados), pero aún sus detractores deberían reconocer cierto talento disruptivo en más de un sentido: actoral (porque resucita a figuritas repetidas como Leonardo Di Caprio y Samuel L. Jackson -incluso a los menos expuestos Christoph Walz y Jamie Foxx- y a figuritas olvidadas como Don Johnson y Franco Nero), genérico (porque rescata/homenajea al western), narrativo/histórico (porque propone una versión cínica/ácida del genocidio negro perpetrado en los Estados Unidos).

Curiosamente el término «cacería» y sus derivados están presentes tanto en Zero Dark Thirty como en Django unchained. Bigelow y Tarantino reivindican esta particular forma de hacer justicia desde perspectivas antagónicas. Mientras la primera la aborda de manera solemne, como una respuesta institucional casi inevitable a la violencia con la que golpea el enemigo externo, el segundo la desguaza en tres partes: como ejercicio del poder absoluto (a manos de los terratenientes blancos como el que encarna Di Caprio), como una práctica económica mercenaria (a manos de los caza-recompensas Schultz y Django) y como recurso del individuo desprotegido contra un sistema político, económico, social y penal que le juega absolutamente en contra (el mismo Django contra quienes lo sometieron).

Acaso tengan algo en común los buenos que cazan a Bin Laden y los villanos que buscan cazar al survivor a cargo de Foxx…