Inside Movies es uno de los tantos sitios y blogs cinéfilos norteamericanos que ayer replicaron el cable de la agencia Associated Press sobre la decisión editorial de Rotten Tomatoes de suspender los comentarios hostiles contra los críticos que le dedicaron reseñas negativas a El caballero de la noche asciende. El estreno mundial de la última entrega de Batman tendrá lugar a partir de mañana jueves*; por lo tanto la mayoría de los mensajes agraviantes -incluso amenazantes- fueron redactados por gente que todavía no vio el megatanque.

Matt Atchity, editor en jefe del célebre archivador/evaluador online de películas, se refirió al «odio» que destilan las reacciones dadas de baja, pero anunció que éstas recuperarán visibilidad hacia el fin de semana. Hecha la aclaración pertinente (quizás para evitar alguna acusación de censura), esta suerte de vocero institucional agregó que Rotten Tomatoes «está considerando adoptar el sistema de comentarios de Facebook, que no admite la publicación de intervenciones anónimas».

Atchity también mencionó las políticas editoriales de Meta Critic y Movie Review Intelligence que, o bien no admiten comentarios, o bien sí los admiten pero recién después de cada estreno. «Existe un abanico de opciones», señaló mientras se confesó preocupado por el riesgo de que la historia se repita a fin de año cuando Peter Jackson estrene El hobbit. Un viaje inesperado.

Al menos ayer, la página que Rotten Tomatoes le asigna a El caballero de la noche asciende mostró un 87% de aceptación. Evidentemente las reseñas negativas no le hicieron mella a un ranking por ahora basado en la opinión de fans apresurados y en las expectativas que provoca Christopher Nolan. Ante esta constatación, las reacciones agresivas son todavía más incomprensibles.

La experiencia histórica nos enseña que los actos neutros representan una categoría antiintelectual en el sentido más profundo del término: terminan dando el guiño a las acciones funcionales del oscurantismo y de lo reaccionario que beneficia a los victimarios y sus cómplices.

Creer que vaciar a la memoria de política es darle otro contenido, es también una postura política que lo único que hace es poner en práctica silogismos de ciudadanía barata que ni siquiera se aproximan a la nostalgia. Mecanismo melancólico para que todo siga igual».

Daniel Goldman
Extracto del artículo
De margaritas y horadar la conciencia.
Julio de 2012

Ayer a la tarde tuvo lugar el acto que Memoria Activa organizó por el 18° aniversario del atentado a la AMIA («el único donde hablarán los familiares», resaltó el presentador). Alrededor de cuatrocientas personas asistieron a la cita en Pasteur al 600, frente al edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina, y escucharon a los tres oradores convocados: el periodista Mario Wanfield, el escritor uruguayo Maurico Rosencof* y Diana Malamud, cuyo esposo fue asesinado por la bomba que estalló en julio de 1994.

El público empezó a congregarse poco antes de las 18. Además del mural con los nombres de los muertos, los recién llegados divisamos un pequeño palco, una pantalla que proyectaba los rostros de las víctimas, una discretísima exposición de dibujos hechos por alumnos de la escuela Bartolomé Mitre nº 5 y de fotografías suscriptas al concurso No nos da lo mismo.

«18 años + 85 muertos = cero culpables». Memoria Activa eligió esta consigna para renovar su reclamo de verdad y justicia, y para subrayar con elocuencia matemática el dolor y la indignación ante la prolongada impunidad.

En este sentido, el discurso más contundente fue el que Malamud pronunció a modo de cierre. «(Carlos) Menem construyó la mayor maraña de encubrimiento que hemos vivido», sostuvo sin medias tintas en una acusación que involucró otros apellidos célebres como (Carlos) Ruckauf, (Carlos) Corach, (Hugo) Anzorreguy, (Juan José) Galeano, (Jorge Fino) Palacios y (Rubén) Beraja.

La viuda de Andrés insistió en que, 18 años después, «no hay un solo preso» y expresó su escepticismo respecto de un juicio que «probablemente no tenga puerta de salida aunque sí algunas ventanas por donde respiran nuestras esperanzas». También criticó la «campaña de marketing» de la AMIA y la DAIA, que promueven la memoria «con panes y pelotitas antiestrés» **.

Esta Constitución no es más que una licencia para que compañías petroleras y demás intereses extranjeros destruyan mi amada Wadiya. Por lo tanto seguiremos siendo una dictadura.

[El anuncio provoca abucheos y lamentos en el público presente.]

Por favor, silencio…  ¿Por qué son tan anti-dictadores?

Imaginen una dictadura en los Estados Unidos… Podrían conseguir que la riqueza de todo el país quede en manos del uno por ciento de la población. Podrían contribuir al enriquecimiento de sus amigos ricos, reduciéndoles los impuestos y resarciéndolos cada vez que pierden dinero. Podrían ignorar la necesidad de salud y educación que tienen los pobres. Los medios masivos de comunicación parecerían libres pero en realidad estarían controlados por una sola persona y su familia.

Podrían intervenir teléfonos. Podrían torturar prisioneros extranjeros. Podrían arreglar elecciones y mentir sobre las razones de la guerra que están por declarar. Podrían llenar sus cárceles con integrantes de un único grupo racial y nadie protestaría. Podrían usar los medios de comunicación para asustar a la gente y respaldar políticas contrarias a los intereses populares»*.

El discurso del General Aladeen ante representantes de la ONU es la única pieza de humor irreverente que Larry Charles y Sacha Baron Cohen presentan en El dictador. Es cierto: están el guardaespaldas a cargo de John C. Reilly que ve a un árabe en todo individuo ajeno al american way of life, la escena en que el tirano de Wadiya reconoce al «consumidor americano medio» en un cartonero, y el entretelón de competencia desigual entre una cadena de comida orgánica y una cooperativa dedicada al mismo rubro. Pero la provocación más atrevida consiste en cuestionar la democracia made in USA.

Lamentablemente para algunos espectadores, la osadía dura poco más de un minuto. Salvo escasas picardías inocuas (la improvisación de nombres exóticos a partir de expresiones en inglés leídas de corrido o la interpretación fallida del diálogo absolutamente anodino que el protagonista y un ex funcionario mantienen en un city tour aéreo), los casi 82 minutos restantes ofrecen una serie de gags sexistas, homófobos, racistas que evocan la comicidad no sólo de Borat sino de cráneos autóctonos como Jorge Corona y Tangalanga.