Por Beardy Cube
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Antes de ayer, lunes feriado, unos 16 millones de clientes de Movistar Argentina quedaron incomunicados por un desperfecto catastrófico ocurrido en el servicio de seguridad informática de la empresa. El periodismo primero informó que falló «un software» a secas; luego replicó declaraciones emitidas por la Comisión Nacional de Comunicaciones sobre «una falla en el software de Telefónica, en particular en el sistema de señalización que permite realizar llamadas, y que afectó a la telefonía móvil y en algunos casos a la fija».

¿Pero acaso esto es algo nuevo o excepcional?

La verdad es que son muy poco probables los desperfectos en programas informáticos de edad madura, y por lo tanto sometidos a años de control, de mejoras (parches), de evolución. Una aplicación es un proceso virtual, distinto por ejemplo de una plaqueta ordinaria que suele emanar un delgado hilo de humo para anunciar que no sirve más.

El software no falla, no se quema, no se rompe a menos que…

Antes de trasladarlo al barrio porteño de Barracas (unos ocho años atrás), Movistar tenía su centro de control en un primer piso ubicado en la zona de Flores. Era una oficina atiborrada de gente, que un vidrio dividía en dos compartimentos: en uno estaban los súper servidores Sun; en el otro trabajaba el personal contratado para evitar que se cayera la red.

Ahora bien, ¿por qué contar con estos empleados si el sistema es tan eficiente y estable como sostienen los voceros de la compañía? Pues porque los aplicativos encargados de mantener el balizamiento y el tráfico de la red se basan en programas que no fueron diseñados para espacios confinados.

Aquella oficina de Flores no sólo era pequeña para los trabajadores sino que resultaba insuficiente para los clientes. De hecho, por falta de inversión, los servidores operaban a pleno y lidiaban con enormes colas de tráfico que provocaban numerosos desbordes de memoria.

Por Horacio Portela
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– ¿Por qué no nos dijeron que esto podía pasar?
– Porque Japón es demasiado pequeño para escapar de la radiación.

El diálogo parece haber existido en algún sueño de Akira Kurosawa y fue recreado en su película de 1990. Se oye claro en un relato casi exento de parlamentos y donde priman las imágenes, lo cual hace que -para nosotros «los occidentales»- el ejercicio onírico del realizador nipón sea por momentos muy denso.

Peeeero (término extendido que se ha puesto mediáticamente de moda) lo que realmente me impactó del film fue encontrarme nuevamente con «El Monte Fuji en rojo”. Veamos lo que Wikipedia nos cuenta sobre este segmento del largometraje: “ésta es la segunda secuencia que trata de una pesadilla… Una central nuclear cerca de Monte Fuji ha empezado a fundirse, tiñendo el cielo de un horrendo color rojo y que hace que millones de ciudadanos japoneses huyan desesperadamente a través del océano cual aves migratorias. Tres adultos y dos niños son abandonados en la región, pero se dan cuenta de que la radiación los matará de todos modos en corto tiempo”.

A ver… Japón, una central nuclear que explota… Me suena… Me suena…

En 1990 Akira nos muestra lo que los medios de comunicación han tapado luego del incendio desatado en la central de Fukushima en 2011: que más de veinte mil personas han sido desarraigadas y que la planta atómica seguirá caliente entre por lo menos veinte y cuarenta años más.

“Japón es demasiado pequeño para escapar de la radiación”. Sin dudas la frase es no sólo apocalíptica en sí misma, sino lamentablemente cien por cien exacta y real. Las nubes radioactivas de estroncio, cesio o cobalto tienen en la película una coloración que según uno de los personajes “les fue dada para que podamos ver su peligrosidad”.

Rojo para una, amarillo para otra… Las nubes cubren a la gente y la gente escapa hacia el único lugar donde puede. Terminan todos ahogados en el mar.

En su visión apocalíptica de Japón, Akira profetiza sobre las enfermedades y el horrible destino que afectará a la población entera. Porque Fukushima es una realidad que los nipones no podrán eliminar por casi medio siglo.