Jorge Rivas, encargado de la presentación formal en el Congreso.

El diputado del Frente para la Victoria, Jorge Rivas, presentará este mediodía en el Congreso de la Nación el proyecto de ley «de Fomento para la Producción Autogestiva de Comunicación Social por Medios Gráficos y de Internet». Cuatro años llevó la elaboración de esta propuesta que busca proteger a las publicaciones de interés cultural, ajenas a la lógica comercial impuesta por las empresas periodísticas y editoriales dominantes del mercado, y con escasa capacidad de supervivencia sin la debida protección del Estado. 

El trámite pautado para las 13.30 en el salón Delia Parodi cuenta con el apoyo de los legisladores Agustín Rossi, Héctor Recalde, Mara Brawer, Adriana Puiggrós, Liliana Ríos, Remo Carlotto, Juan Carlos Junio, Carlos Heller, María del Carmen Bianchi, Silvina García Larraburu, Edgardo Depetri y Omar Plaini y la Asociación de Revistas Culturales Independientes de Argentina (AReCIA), que reúne a unas 241 publicaciones de todo el país. También respaldan la iniciativa las carreras de Comunicación Social de la Universidad de Buenos Aires (UBA), de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQUI) y de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ).

El proyecto declara «patrimonio cultural argentino» al sector de revistas culturales y tiene como objeto a las «empresas sociales» de comunicación de «producción independiente y autogestiva». Básicamente contempla, según informa La Vaca, tres aspectos fundamentales: «la desgravación impositiva como reconocimiento del esfuerzo autogestivo, la creación de un fondo equivalente al 20% de la pauta oficial y la protección de los derechos de libre circulación, en los últimos tiempos interferidos por las mafias corporativas que intentan dominar los circuitos de venta y distribución».

A fines de marzo Arturo Puig estrenó la adaptación local de la obra de teatro original. Un mes más tarde, la versión cinematográfica hecha en Francia llegó a nuestras salas, que siguen exhibiéndola tal vez con la intención de aprovechar una infrecuente oportunidad de comparación. De esta manera, El nombre se presenta por partida doble en Buenos Aires, particularidad favorable en términos de promoción.

Quizás porque le prestaron especial atención a esta convivencia entre versiones, la mayoría de nuestros críticos pasaron por alto un antecedente reciente inevitable a la hora de apreciar (mejor) las virtudes de la película Le prénom: Un dios salvaje de Roman Polanski. Por lo pronto, ambos largometrajes coinciden en desenmascarar con sorna la corrección política de la burguesía primermundista, a partir de la crónica en tiempo real de un fallido encuentro social entre cuatro o cinco personajes según el caso.

La elección del living como escenario principal -casi único- donde se desarrolla la acción, el privilegio acordado al duelo verbal entre los protagonistas, el foco puesto en la (des)articulación de alianzas circunstanciales conforman la estructura narrativa desde donde Alexandre de La Patellière y Matthieu Delaporte ahora -y Polanski antes- disparan con dardos de ideología explícita. La gran diferencia entre una y otra propuesta radica en la dosificación y combinación de los ingredientes que establece la receta.

En el transcurso de esta última semana Zero Dark Thirty recuperó una porcioncita del gran protagonismo mediático que perdió cuando la Academia de Hollywood terminó bajándole el pulgar en la última entrega de los Oscar, cuando (enseguida después) el Comité de Inteligencia del Senado estadounidense decidió dejar de investigar las sospechas de filtración informativa por parte de la CIA, cuando la opinión pública se cansó de discutir sobre el presunto pronunciamiento pro/anti tortura de la película de Kathryn Bigelow. Efectivamente, el film que recreó la captura de Osama Bin Laden volvió a ser noticia el lunes pasado cuando el sitio Gawker informó sobre la desclasificación de un memo de la agencia de inteligencia que prueba su intervención censora –orientadora, corregiría el guionista Mark Boal- en la realización del polémico largometraje.

La primicia de Gawker llamó la atención de emprendimientos periodísticos tan disímiles como The Dissenter y The Hollywood Reporter. También cruzó fronteras: cabe destacar la cobertura del diario australiano The Sidney Morning Herald y del sitio francés Ciné Chronicle. Los lectores que prefieran prescindir de toda editorialización encontrarán aquí el memo en bruto.

La desclasificación del documento fue aprobada el pasado 22 de abril. Se trata de dos páginas y piquito, con una síntesis de las observaciones que agentes de la Oficina de Asuntos Públicos de la CIA le hicieron a Boal en cuatro conversaciones telefónicas realizadas en el último trimestre de 2011: una a fines de octubre, dos en noviembre y una cuarta a principios de diciembre.

Ayer miércoles Pyramide Distribution estrenó en Francia Infancia clandestina, película de Benjamín Ávila que produjo Luis Puenzo y que las salas porteñas proyectaron a principios de la primavera pasada, meses después de una presentación formal en el Festival de Cannes. Entre la cálida bienvenida que le dio la prensa gala (la gran mayoría de los críticos la recomendaron), llama la atención esta entrevista del Nouvel Observateur al director argentino.

A simple vista, choca un poco el título «‘Mi cámara no es una Taser'». Incluso algún espíritu malpensado pondrá en duda la presunta neutralidad del editor (o del mismo autor de la nota, Bernard Achour) que decidió destacar justo esas palabras de Ávila: por las dudas, cabe aclarar que Taser es una marca de pistolas disparadoras de electricidad… o picanas eléctricas en nuestro discurso cotidiano.

En segundo lugar, más de un lector experimentará cierta sensación de (interesante) incomodidad ante el siguiente intercambio de preguntas y respuestas que incluso en un momento invierte roles.

Nouvel Observateur: Es la primera vez que una película argentina aborda la dictadura militar desde un enfoque espectacular, onírico, propio del melodrama. ¿Por qué eligió esta aproximación?
Benjamín Ávila: Porque, en mi opinión, el cine conduce a la emoción. Si bien Infancia clandestina es un film político, no era cuestión de teorizar fríamente sin tener en cuenta el placer del público. Mi trabajo consiste entonces en vehiculizar emociones y en contar una historia que «manipule» lo más dignamente posible la gramática cinematográfica, sin nunca perder de vista el zócalo realista del guión. Hacer llorar a la gente, cosa muy fácil de lograr, no es mi objetivo. Arrancarle lágrimas es como someterla a descargas eléctricas, y yo no concibo mi cámara como una Taser.
Prefiero la estrategia de la impregnación, convocar a todos los técnicos, ponerlos al servicio de mis actores y de mi propósito, y luego embeber a aquéllos que me hacen el honor de asistir a las salas.

NO: De acuerdo, pero usted no es dueño de las reacciones del público…
BA: Sin embargo, es mi intención. De hecho pongo lo mejor de mí para orientarlo en -a mi juicio- la buena dirección, sin nunca traicionarme ni recurrir a procedimientos que podrían avergorzarme. A partir de ahí, si a alguien no le gusta mi película o si la interpreta de una manera distinta a la mía, no diré que está equivocado ni avanzaré sobre su libertad de pensamiento o sobre su subjectividad. Simplemente pensaré que me equivoqué y que, frente a este espectador, soy enteramente responsable de no haber sabido llevarlo a mi terreno… Pero usted, ¿cómo percibió Infancia clandestina?

En el documental que Robert Weide le dedicó a Woody Allen, y que por suerte la dupla televisiva Max/HBO reproduce cada tanto, uno de los entrevistados sostiene que el realizador neoyorkino les presta poca atención a los críticos porque, cuando éstos opinan sobre el estreno más reciente, él ya está escribiendo, produciendo o dirigiendo una nueva película. Quien entienda que la constatación de esta hiperactividad creativa alcanza para explicar la indiferencia al dictamen mediático también comprenderá el afán del periodismo de Espectáculos por conseguir alguna primicia sobre el presente del cineasta, y así revertir el indeseado fenómeno de prescindibilidad.

A esta altura de 2013, la prensa internacional oscila entre adelantar detalles de una producción en marcha (sin título pero, la opinión pública celebra, ambientada en la Costa Azul y protagonizada por Colin Firth y Emma Stone) y preparar el terreno para la promoción del film Blue Jasmine que Sony Pictures Classic distribuirá a fines de julio en los Estados Unidos (Espectadores estima que el desembarco porteño tendrá lugar uno o dos meses después).

Salvo por las primeras fotos del rodaje en Nueva York y San Francisco y por la identificación de los integrantes del elenco (Cate Blanchett, Sally Hawkins, Alec Baldwin, Peter Sarsgaard, Bobby Cannavale entre otros), es escasa la información sobre el largometraje ya terminado. No por casualidad el blog The Play List recuerda en este breve informe que Allen trata de mantener en secreto la trama de sus películas durante el mayor tiempo posible.