Esa máquina de triturar

No sonreímos como Carlitos en este fotograma de Tiempos modernos pero nos desplazamos igual de alienados entre los engranajes de una maquinaria similar a la que Chaplin ideó para su sátira de 1936. El aparato que nos chupó a nosotros ostenta el adjetivo judicial, y sus entrañas trituran la osamenta de los ciudadanos rasos –es decir sin contactos influyentes– que nos atrevemos a reclamar amparo y reparación institucional ante daños sufridos a manos de terceros.

La primera persona del plural remite a mi familia, y el armatoste aludido emana gases tóxicos en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Para limitar las preocupaciones que puedan provocar estas líneas, aclaro que quedamos atascados a la altura del fuero civil tras algunos amagues de desvío hacia el sector penal.

La burocracia judicial también se asemeja al transformador que Charly García describió en Inconsciente colectivo: «te pide más y más», «te tira atrás», «te consume lo mejor que tenés». A escala personal, hace siete meses engulle el tiempo y el entusiasmo que le dedico a Espectadores desde abril de 2006.

Creí que el receso que me tomé en diciembre repondría la energía necesaria para encarar la temporada 2021 del blog. Sin embargo, la recarga de baterías alcanzó para la redacción de seis artículos: después de este adelanto, no pude escribir más ni reseñas de películas ni aproximaciones al presente del cine argentino.

En cambio adquirí experiencia en redactar cartas documento, denuncias al Ministerio Público Fiscal porteño, correos al (o a un) relator de la Fiscalía Penal, Contravencional y de Faltas N° 8, y varias versiones de la catarsis que los abogados llaman Relato y que los denunciantes legos en la materia llamamos Testimonio. En los distintos tipos de texto conté el mismo conflicto e hice el mismo doble reclamo de sanción y reparación.

El aislamiento anti-covid19 agravó el anquilosamiento de nuestro aparato judicial que hace rato socava la confianza ciudadana. Los datos más recientes de este desmoronamiento fueron relevados en noviembre de 2020 por la consultora Insomnia, a pedido de la agrupación Abogados de Pie. Según el informe que Hernán Cappiello publicó a mediados de febrero en La Nación, el 79 por ciento de los argentinos encuestados –dos mil en total– tiene poco o nada de confianza en la Justicia y sólo uno de cada diez acudió a Ella con la intención de dirimir algún conflicto. La mayoría de estos demandantes calificó la experiencia como «mala» o «muy mala».

En esta entrevista que le concedió a Tiempo Argentino a fines de 2020, el legislador porteño Leandro Santoro preguntó «quién conoce a alguien que haya resuelto sus problemas en la justicia de la Ciudad». A casi un año de lidiar sin éxito con la atención digital, telefónica y presencial del Ministerio Público Fiscal de la CABA, comparto la inquietud y aclaro por las dudas: la expresión sin éxito significa sin respuestas precisas a nuestras denuncias más allá del comentario «honesto» del mencionado relator: «todo lo que están haciendo (es decir, presentar datos, audios, textos, documentación oficial contra los denunciados) no sirve para nada».

En lugar de desalentarnos, declaraciones como ésta o como el comentario «Este país es un chiste» en boca de un agente de la Policía porteña refuerzan nuestro empecinamiento en reclamar un límite institucional a quienes dañaron nuestra salud física y mental, así como nuestro patrimonio. Esta determinación demanda una actividad absorbente en detrimento de las actualizaciones de Espectadores.

Cuando la maquinaria judicial nos libere, ojalá menos averiados que Carlitos una vez que abandonó la fábrica moderna, volveré a ocuparme de mi querido blog. Hasta entonces me despido de los lectores.

María Bertoni.-