Mirar «lo que está ahí»

Gustavo Fontán figura entre los escasos realizadores argentinos indiferentes a la recomendación de respetar la distancia «prudencial» –cuando no, presunta incompatibilidad– entre cine y literatura. Vale recordar este dato antes de invitar a mirar Jardín de piedra y Luz de agua, cortometrajes que el también autor de El limonero real filmó en el transcurso del aislamiento anti-COVID19, y que presentó –el primero– el 15 de diciembre pasado y –el segundo– hoy 21 de enero.

Quienes declaran su preferencia por los libros suelen asegurar que éstos liberan la imaginación, a diferencia de las películas que la condicionan. La máxima tambalea ante obras como este díptico destinado a combatir los efectos perniciosos del encierro sanitario. De hecho, uno y otro film ofrecen una aproximación poética a la vida que perdura allá afuera: el primero, a hojitas temerarias que se desplazan por techos, muros, ventanas, puertas, cableados y el segundo, al río y a la naturaleza litoraleña.

De esta manera, Jardín de piedra y Luz de agua recuerdan la existencia de un cine que evoca mucho más de lo que narra en el sentido ortodoxo del término. Para satisfacción de los amantes de la literatura, en sus cortos Fontán retoma textos de Héctor Viel Temperley y John Alec Baker: del escritor argentino, incluyó pasajes de Hospital Británico en el primer trabajo y de Legión extranjera en el segundo. Del inglés, transcribió extractos de Bosques y campos (sólo en Luz de agua).

En su libro consagratorio –El peregrino– Baker escribió «Lo más difícil de ver es lo que está ahí». Fontán parece decirnos lo mismo, quizás a modo de desafío.

Aunque son películas autónomas, cuando se las mira en serie Jardín de piedra y Luz de agua auspician un recorrido que comienza en la ciudad, concretamente en porciones edilicias deshabitadas, y termina a orillas del río. Desde esta perspectiva, el viaje arranca insonoro pero en el segundo tramo incorpora ruido ambiente y la voz de un pescador. En cambio, la imagen pierde nitidez a medida que abandonamos la urbe fantasmagórica, tal vez referente de un presente acechado por una enfermedad mortal, y seguimos el curso de la lluvia primero, del ¿Paraná? después.

Algunos espectadores sospechamos que Fontán también nos traslada a un pasado pre-pandémico, donde hombre y naturaleza convivían con algo de armonía o al menos con la histórica disociación a raya. La voz, el relato segmentado y las imágenes furtivas del pescador en cuestión remiten al esfuerzo que hacemos los seres humanos cuando buscamos reconstruir (y refugiarnos en) un tiempo añorado. Lo que está ahí nomás, a simple vista, revela entonces una verdad abrumadora.

Luz de agua mantiene además una relación estrecha con la mencionada El limonero real. De hecho, esta versión libre de la novela homónima de Juan José Saer consigue que asociemos el río con la pulsión vital y con una fuente de serenidad –acaso de salud mental– para las almas angustiadas.

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Jardín de piedra se encuentra disponible aquí.
Luz de agua se encuentra disponible aquí.

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Contenidos complementarios
La deuda según Fontán y Stantic
Penas del alma
El rostro de Gustavo Fontán