El chico del acordeón

El film de Zolotukhin se encuentra disponible en la plataforma Mubi, hasta el próximo 30 de mayo.

Ojalá Un joven ruso se proyecte en nuestras salas comerciales cuando éstas reabran sus puertas. Seguro la pantalla grande realzará las virtudes de la película que el ucraniano Alexander Zolotukhin filmó con el apoyo de su maestro Aleksandr Sokurov, y que circuló por varios festivales de cine en 2019, incluidos la 69º Berlinale y el primero de Cine Ruso en Argentina.

Malchik russkiy transcurre en dos grandes escenarios y en dos tiempos: un frente de batalla ruso-alemán durante la Primera Guerra Mundial y una sala de ensayos de música en pleno siglo XXI. Pasado y presente conviven a partir de un montaje paralelo que invita a imaginar la relación entre un soldado adolescente que resiste la brutalidad bélica y los jóvenes integrantes de una orquesta atentos a las indicaciones del director.

¿Estamos asistiendo a la musicalización de la trama central, que protagoniza el conmovedor Alexei? ¿O la interpretación de dos piezas de Sergei Rachmaninoff apunta a contrastar el aquí-y-ahora entusiasta de un grupo de millennials con la existencia desgraciada de los muchachos uniformados que Erich Maria Remarque inmortalizó en su libro Sin novedad en el frente?

La exhibición en pantalla grande permitirá apreciar mejor el trabajo de Ayrat Yamilov a la hora de recrear el pasado. El director de fotografía evita los recursos típicos –imagen en sepia o blanco y negro– y en cambio combina al menos dos técnicas: una parecida al puntillismo; otra tributaria del documental (impresionan los planos detalle acordados a las botas hundidas en el barro de las trincheras y a la aparición progresiva de gas mostaza en el aire).

Asimismo apreciaremos todavía más los primeros planos de quienes conforman el debilitado batallón del Ejército Imperial Ruso, que lleva entre sus filas a Alexei; parecen retratos pintados en aquellos años pre-revolucionarios. Y seguro conmoverán más Vladimir Korolev, a cargo del rol protagónico, y el resto del elenco (en este punto corresponde señalar la falta de formación y experiencia actoral en la mayoría de sus integrantes).

Con perdón de la obviedad, vale recordar que en una sala de cine serán más significativas, por un lado, la melodía que el chico del acordeón toca para levantar la moral de sus superiores y, por otro lado, la ejecución fragmentada de las Danzas sinfónicas y del Concierto para Piano Nº 3 de Rachmaninoff. En estas circunstancias, la música elegida evoca la candidez, vehemencia, desesperanza que la denominada Gran Guerra provocó en las tropas.

Acaso porque comenzaron a proyectarse en el mismo 2019, resulta inevitable comparar Un joven ruso con la híper promocionada 1917 de Sam Mendes, que también nos retrotrae a la Primera Guerra Mundial pero con una clara intención épica, a favor de Gran Bretaña. La obra de Zolotukhin la supera en términos de originalidad, estética y de análisis histórico; aquélla del realizador británico queda (todavía más) reducida a una batería de efectos especiales.

Sin dudas, Malchik russkiy es consecuente con la noción de cine que Sokurov difunde en talleres y entrevistas, y que lleva a la práctica cuando dirige sus propias películas: se trata de un arte menor que, para superarse, debe nutrirse de la literatura, la música, la pintura, la escultura, incluso la arquitectura.

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De Rusia con amor
La civilización, a prueba
Fausto de Aleksandr Sokurov. Preestreno porteño