Agrotóxicos: ¿nueva musa inspiradora del terror rural?

La ficción de Gabriel Grieco desembarcó el jueves 27 de febrero en el Cinema City General Paz, en el Cine Cosmos UBA y en distintos complejos de las cadenas Cinépolis, Cinemark, Hoyts y Showcase. A fines de 2019, se exhibió en el 20° Festival Buenos Aires Rojo Sangre, donde ganó el premio a la mejor fotografía.

La progresiva conscientización en torno a las consecuencias nefastas del uso de agrotóxicos parece estar renovando, por lo menos en Argentina, el subgénero literario y cinematográfico que explota la sensación de vulnerabilidad que una buena porción de citadinos experimentamos cuando nos trasladamos a la naturaleza o, en términos porteños, al medio «del monte» o «del campo». Quizás apresurada, la hipótesis se basa en los estrenos recientes –y bastante seguidos– de El rocío de Emiliano Grieco y Respira de Gabriel Grieco: la primera película se estrenó a fines de noviembre de 2019; la segunda, el jueves pasado.

Cuesta hallar información sobre el eventual vínculo parental y/o creativo entre estos realizadores. Lo cierto es que uno y otro reconocieron un nuevo agente del mal en los plaguicidas industriales –o, mejor dicho, en quienes los aplican– y un semillero heróico en las familias de a pie: una joven madre y su niña en el film de Emiliano; una pareja treintañera y su hijo púber en aquél de Gabriel.

Desde su llegada a un pueblito ignoto de la Provincia de Buenos Aires, Leonardo y los suyos padecen el destrato que merece todo forastero y bravuconadas suplementarias porque el esposo y padre, hasta entonces desempleado, aceptó un trabajo non sancto. Respira combina elementos del western y del thriller de suspenso con algunos trucos del cine de terror.

Gabriel Grieco sabe crear un clima de tensión progresiva entre los nacidos y criados y los porteños caídos del catre que encarnan Lautaro Delgado Tymruk, Sofía Gala Castiglione y Joaquín Rapalini. El realizador transforma la confrontación idiosincrática o cultural en un combate cuerpo a cuerpo con riesgo de vida. La transición de un extremo al otro constituye la porción más sabrosa del largometraje, acaso porque el summum del enfrentamiento es muy estereotipado (para evitar adelantos frustrantes, basta decir que Gerardo Romano encarna por enésima vez a un funcionario patotero y corrupto) y además incluye una subtrama apenas desarrollada: el conflicto –por momentos armado– entre los lugareños que combaten las fumigaciones tóxicas y aquéllos que las comandan o realizan para llenar sus arcas.

Gracias a la fotografía de Diego Poleri y al sonido de Jésica Suárez, una plantación de maíz, un gallinero, un auto atrapado en el barro, tractores conducidos a toda velocidad, un perro bravo, una noche tormentosa asustan más que los personajes border interpretados por Leticia Brédice, Nicolás Pauls, Walter Jakob, y que los malvados a cargo del mencionado Romano, Daniel Valenzuela y Chucho Fernández.

La música de Diego Hensel y Ale Kurz le imprime un sello argentino, si se quiere chacarero, a una ficción que podría transcurrir en las inmediaciones de una fazenda brasileña o en tierras cultivadas de Paraguay, Uruguay, México. Después de todo, el nuestro es un continente infestado por los agrotóxicos.

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