Contra las estatuas de sal

La opera prima de Llorens desembarcará el jueves 30 de enero en el cine Gaumont.

Por ser nieta de Nelly Ruiz de Llorens, Valentina Llorens podría haberle dedicado un documental a la legendaria Madre de Plaza de Mayo, y de hecho al principio eso parece prometer La Casa de Argüello. Sin embargo, la directora de arte cordobesa eligió transitar un sendero pedregoso con su debut autoral: mientras avanza (y retrocede), encuentra, restaura, coteja, encastra piezas de un rompecabezas familiar íntimamente ligado a uno de los episodios más cruentos de nuestro pasado nacional. De esta manera, también se reconstruye a sí misma.

«La noche de la sinrazón» dice Nelly en alusión a la primera de las violencias que ella, su esposo y su prole sufrieron a manos del Estado terrorista en sus tres presentaciones vernáculas recientes: Alianza Anticomunista Argentina, Operativo Independencia, Proceso de Reorganización Nacional. Antes, y así comienza este largometraje, una voz en off lee un testimonio judicial que resume años marcados por la persecución, la desaparición, la tortura, la prisión, el exilio y la explosión del hogar mencionado en el título del film.

Del tono monocorde y de los términos leguleyos se desprende una versión desafectada de la historia que Llorens nieta oyó en sordina hasta su temprana juventud. Éste es el punto de partida de un recorrido en primera persona del singular con varias escalas, todas dolorosas, algunas reparadoras. A medida que avanza la película, la aridez del discurso administrativo inicial cede paso a otras expresiones: cartas, dibujos, pinturas, fotos, el canto del crispín, los versos de al menos tres canciones: Clandestino de Manu Chao, Añoranzas de Julio Argentino Jerez, Plegaria para un niño dormido de Luis Alberto Spinetta.

En algunos espectadores, La casa de Argüello evoca el recuerdo de La casa de Wannsee de Poli Martínez Kaplun. Esta otra realizadora argentina también se piensa a sí misma mientras repasa la historia de sus mayores a partir de la suerte desgraciada que corrió la casa de sus bisabuelos maternos. Si bien reconstruyen familias, tiempos, incluso países distintos, ambas documentalistas coinciden en exponer la envergadura del daño que el terrorismo de Estado les causa, no sólo a sus víctimas directas. Los estilos difieren: Llorens explora una veta poética; su colega se ubica más cerca del oficio periodístico.

Abuela Nelly, mamá Fátima, hija Frida constituyen los nudos afectivos de la línea que Llorens traza, obviamente integra, y camina en más de un sentido. Las intervenciones de las dos mujeres que la precedieron y la niña que engendró enriquecen la mirada subjetiva de la autora y al mismo tiempo dan cuenta de la trayectoria de algunas de las esquirlas que saltaron en 1974.

A esta nieta de una Madre de Plaza de Mayo, sobrina de desaparecidos, hija de una presa política, beba nacida en cautiverio, le llevó más de quince años unir las piezas maltrechas de un rompecabezas incompleto. El trabajo sentido y minucioso conjura la maldición divina que recayó sobre la mujer de Lot, e incomoda a los promotores de las estatuas de sal en nuestra Argentina.

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Contenidos complementarios
La otra casa de Wannsee