Al maestro, con cariño

Después de haber debutado en el 21° BAFICI, el film de Casanova y Scarone desembarcó el 9 de junio en el Malba. Desde entonces, se proyecta los domingos de este mes a las 18.

«¿Usted es la directora? Dirija» le dice José Martínez Suárez a una de las autoras de Soy lo que quise ser. Historia de un joven de 90. De esta manera, el realizador, maestro de directores, presidente del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, músico, hermano de Goldie y Mirtha Legrand en último lugar y «espectador ante todo» autoriza a Betina Casanova y a Mariana Scarone a proseguir con la entrevista ambientada en un rincón del Café Tortoni. Poco después, el hacedor de El crack, Dar la cara, Los chantas, Los muchachos de antes no usaban arsénico (cuya remake –a cargo de Juan José Campanella– se estrenó a mediados de mayo), Noches sin lunas ni soles aclara: «no vengo a dar trabajo sino a colaborar».

El registro de éstas y otras digresiones que les dan color a las entrevistas realizadas con reverencial respeto, acaso arrobamiento, constituyen la columna vertebral de este tributo al hombre casi centenario que se consagró al cine desde su temprana infancia en la localidad santafesina de Villa Cañás. El corpus adquiere musculatura gracias a la recopilación de testimonios –de colegas, de los actores Dora Baret y Pablo Moret, de amigos, de una hija, de una nieta–, de fotos del álbum familiar, de secuencias de películas, de portadas de libros, de registros de una rutina laboral y social y de algunos sucesos extraordinarios (por ejemplo, el rodaje de una escena donde el homenajeado encarna al chofer de un micro y el escandalete previo a la ceremonia de entrega de la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento en el Senado de la Nación).

Sin dudas, la ocurrencia narrativa que define con más fidelidad a la figura retratada es la filmación del encuentro con músicos convocados para componer y ejecutar el leit motiv de Soy lo que quise ser. En estas circunstancias, el imperativo «Dirija» suena más contradictorio que al principio de la película: es que Martínez Suárez toma la batuta no sólo para conducir a los integrantes del cuarteto, sino para sugerirles a las realizadoras que acerquen la cámara y les dediquen un plano detalle a la digitación del pianista.

Detrás del personaje, la persona asoma en contadas ocasiones: apenitas cuando bromea sobre su única hija peronista; con más nitidez cuando recuerda las gestiones que realizó para rescatarlos a ella y a su esposo del destino de desaparecidos por la dictadura, y cuando invoca a su otra hija muerta. El perfil mujeriego y racinguista es común al hombre y a la figura pública.

Desde esta perspectiva, el documental de Casanova y Scarone se revela como una biografía autorizada donde Martínez Suárez luce tan lúcido, memorioso, hiperactivo, elegante, pícaro, directivo como muchos espectadores lo imaginamos. Esta semblanza también confirma el título de referente ineludible para colegas contemporáneos (resulta conmovedor el pasaje sobre la relación con Manuel Antín), más jóvenes, nóveles, y para otros entendidos en cine argentino como el investigador, docente, curador, divulgador Fernando Martín Peña.

Soy lo que quise ser también les rinde homenaje a otros grandes de la escena cinematográfica nacional de antaño, además de los mencionado Antín, Baret, Moret. Por ejemplo, Mario Soffici, Raymundo Gleyzer, Leonardo Favio, Lucas Demare, David Viñas, Bárbara Mujica, Mecha Ortiz, Juana Hidalgo, María Concepción César, Héctor Pellegrini, Marcos Zucker, Tincho Zabala. Por lo visto, el micro que conduce Don Pepe sabe trasladarse –y trasladarnos– en el tiempo.