Sobre el peso lapidario del mandato heterosexual

De Agustina Comedi.

Es merecida la mención especial que Agustina Comedi ganó en la competencia de Derechos Humanos del vigésimo BAFICI por su documental El silencio es un cuerpo que cae. Sin dudas, la realizadora cordobesa expone desde una perspectiva sensible, contundente, atípica el daño que la heteronormatividad causó en la población LGBT argentina entre las décadas del ’70 y ’90.

«Cuando vos naciste, una parte de tu papá murió para siempre». Comedi reconoce en esta suerte de oráculo contemporáneo el disparador de la investigación que se propuso llevar adelante para dar con ese pasado anterior –hasta entonces ignorado– de su padre. La documentalista lo rastrea en archivos familiares y en testimonios, a veces crípticos, a veces explícitos, de parientes, amigos, ex amantes.

Esta búsqueda evoca el recuerdo de aquélla que Renate Costa Perdomo emprendió para reivindicar a un tío que la heteronormatividad también desapareció (en Paraguay). Esa otra indagación devino en el largometraje 108. Cuchillo de palo que se proyectó en el 12º BAFICI.

Como la documentalista paraguaya, Comedi descubre la dimensión nacional de ese pasado individual que el entorno calla o apenas farfulla. La realizadora cordobesa relaciona la primera muerte de su padre –ese deceso parcial y anticipado– con la supremacía de un poder punitivo históricamente entrenado para sancionar el incumplimiento del mandato patriarcal con estigmatizaciones, razzias, detenciones o internaciones, torturas, ejecuciones. También con la homofobia de la Izquierda donde Jaime militó en la prehistoria de su vida heterosexual.

Comedi cuenta con un valiosísimo material del que Costa Perdomo careció: 150 horas de registros audiovisuales de viajes y reuniones sociales que su progenitor filmó antes y después del nacimiento que lo cercenó «para siempre». Mientras proyecta algunos segmentos en su propio documental, la hija señala hilachas de verdad en encuadres azarosos y voces en off.

El silencio es un cuerpo que cae comienza con un fragmento de la filmación que Comedi padre le dedicó al imponente David durante unas vacaciones familiares en Florencia. La atención acordada a los detalles de la estatua de Miguel Ángel exuda un homoerotismo que desmiente la muerte de esa «parte» sepultada para ejercer la paternidad como Dios manda.

De ésta y otras revelaciones sutiles está hecha esta película intimista y a la vez política. Y además extremadamente estremecedora como toda historia de sujetos enterrados vivos.