Otra lucha, de nuevo

“Muchos están afirmando que podremos encontrar al represor genocida en la calle o en un micro. Con seguridad podría pasar, ¿pero qué haremos nosostros? ¿Le diremos ‘Buen día señor represor’? ¿Le tiraremos un puntapié? No… Eso no sería correcto y además vamos presos.

¿Nos quedamos mirando absortos y lo dejamos pasar por delante nuestro?.. ¿Qué se nos ocurre que podríamos hacer? ¿Encararlo y decirle: ‘Atorrante, no deberías andar suelto?’. ¿Sería ésta una acertada venganza y/o sanción? ¿Lo querríamos sancionar nosotros?

¿Ellos se molestarían por nuestra opinión? ¿Por qué importa tanto decir ‘Nos vamos a cruzar con ellos en la calle’, suponiendo que van a andar trotando a diario por todas las calles de las que dispongan, o sea, del país?

En realidad se trata de habernos dado cuenta de nuestro desvalimiento frente a la ley que los liberó. Es un modelo de inermidad producto de una decisión jurídica. Una parálisis o el riesgo de meterse en una coyuntura frágil de enfrentamientos imposibles. Ese decir ‘Vamos a cruzarnos con ellos’ encierra el horror que producen, pero deja abierta la puerta para lo que sigue…”.

El texto que Eva Giberti escribió en su muro de Facebook días después de anunciado el fallo 2×1 de nuestra Corte Suprema de Justicia evoca el recuerdo del tramo final de La amiga de Jeanine Meerapfel, concretamente la escena ambientada en el restaurant donde la coprotagonista María festeja su cumpleaños en familia. Justo cuando está por brindar, el personaje a cargo de la gran Liv Ullmann reconoce, sentado a otra mesa, al cabecilla del grupo de tareas que una década atrás se llevó al hijo mayor de ella.

Con serenidad, María camina unos metros hasta posicionarse de cara al represor acompañado por su esposa y sus dos hijos pequeños. Él también parece reconocerla. Ambos se miran a los ojos sin pronunciar palabra.

En el trayecto, ella toma una silla vacía que coloca en la cabecera de la mesa de él. Después de permanecer algunos segundos de pie y en silencio, esta Madre de Plaza de Mayo camina a paso lento hacia la salida del restaurant.

Mientras ambos se miran a los ojos sin pronunciar palabra, María coloca una silla vacía en la cabecera de la mesa del represor.

Se estrenó en 1988 la película que Meerapfel escribió con Osvaldo Bayer, Alcides Chiesa y la realizadora polaca Agnieszka Holland. Desde el año anterior regían en Argentina las leyes de Punto Final y Obediencia Debida que el Presidente Raúl Alfonsín promulgó para interrumpir la búsqueda de memoria, verdad, justicia que él mismo impulsó al principio de su mandato, cuando creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) y apoyó el desarrollo del denominado ‘Juicio a las Juntas‘.

En la escena recordada, la silla vacía visibiliza al hijo desaparecido. También representa la falta de justicia y de verdad (o de información sobre la suerte que corrieron los ciudadanos chupados por el Estado terrorista). La contraparte de estas tres ausencias siniestras es la presencia del represor, que goza de la libertad concedida por un gobierno democrático.

Quizás para morigerar el dolor y la indignación que esas leyes de impunidad provocaron entre nuestra ciudadanía, Meerapfel retrató al secuestrador con una mirada levemente mortificada o al menos incómoda. Es decir, a contramano del relato de ex detenidos y familiares de desaparecidos que, en reencuentros igual de azarosos con sus propios verdugos, registraron expresiones gestuales, a veces verbales, de arrogante complacencia.

Horacio Verbitsky lo apuntó en este artículo reciente: sólo Adolfo Scilingo expresó arrepentimiento por los delitos cometidos, y aún así el ex marino purga una condena a diez siglos de cárcel (en España). ¿Cómo no temerle entonces a la liberación de secuestradores, torturadores, violadores, apropiadores, asesinos que además se jactan de sus crímenes?

Con el fallo 2×1, la hace meses renovada Corte Suprema volvió a abrir la puerta que cerró en 2005 cuando, con otros integrantes, declaró la inconstitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que el Congreso de la Nación ya había anulado dos años antes. Por ese acceso rehabilitado, asoma la impunidad que Meerapfel denunció en La amiga.

¿Qué haremos los argentinos que en 2017 recordamos a la María de Ullmann con su silla vacía? Empezar “otra lucha, de nuevo” escribió Eva Giberti en un segundo texto facebookeano.

“Con la misma energía, ahora con experiencia, habiendo superado las múltiples tristezas y la rabia que ya cumplieron su misión inicial, cercana al shock. Volvemos con la serenidad y la certeza con que se defienden las causas justas. Aunque nos hayan aplastado con la injusticia, estamos sanos y salvos para pensar en el rescate de la justicia. Ahora y siempre”.

Publicado por

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

One thought on “Otra lucha, de nuevo

  1. El apellido del juez supremo Rosenkrantz me resultaba conocido y llegó a perturbarme estos últimos días, hasta que ayer mi memoria lo ubicó: Rosencrantz (con c) es uno de los personajes aborrecibles de ‘Hamlet’, junto con su compañero Guildenstein. El Rey usurpador y tío de Hamlet les encargó el asesinato del Príncipe, que consiguió desarticular el complot.
    Como en la Dinamarca de Hamlet, también en nuestra Argentina agraviada hay un cortesano siniestro, cuyo apellido suena igual al personaje de Shakespeare. Por eso me permito recomendar leer o releer la tragedia entera, o por lo menos los actos III y IV.

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