Las cinéphilas, de María Álvarez

La opera prima de María Álvarez participa de la competencia argentina del 19° BAFICI.

¿Por qué lleva ph el sustantivo que María Álvarez convirtió en título de su opera prima? El entrañable documental sobre seis mujeres mayores que padecen de cinefilia no ofrece una respuesta explícita para la inquietud ortográfica, pero sí invita a barajar algunas hipótesis sobre la importancia que el amor por el séptimo arte a veces adquiere en tiempos de vejez, soledad y/o nostalgia.

La realizadora argentina visitó, entrevistó, acompañó a Norma y Estela en Buenos Aires, a Lucía y un poquito a Leopoldina en Montevideo, a Paloma y Chelo en Madrid. Así como sólo se conocen (circunstancialmente) las señoras que viven en la capital uruguaya, las seis coinciden en mirar películas casi a diario y –atención– siempre en alguna sala, en general externa al circuito comercial.

El rostro y la voz de Álvarez se cuelan apenas en este retrato coral irreductible a la categoría Adultos mayores. Acaso la joven directora se haya concedido un pequeño espacio a la vista para dar cuenta de la identificación que todo cinéfilo, sin importar edad ¿ni género?, establece con las entrevistadas a partir de las distintas declaraciones que describen esta suerte de neurosis inofensiva: por ejemplo, el frenesí por armar el mejor cronograma de funciones festivaleras, la fruición por evocar escenas y parlamentos enteros, el fastidio que algunos realizadores provocan con el tiempo, la devoción incondicional por otros, la discusión en torno al cine como refugio o como ventana a un mundo ilimitado.

El primer gran acierto de Álvarez radica en la elección de sus entrevistadas (le habrá llevado un tiempo, imaginamos los porteños que hace tiempo observamos una llamativa cantidad de mujeres mayores en las salas). El segundo, en la capacidad para fotografiarles el alma.

Es especialmente elocuente y conmovedora la sucesión de rostros bañados por la luz blanca que emana de la pantalla grande en una función en marcha. La expectativa en los ojos, la sonrisa a flor de labios dan cuenta de una entrega probablemente incomprensible para los espíritus indiferentes a la comunión que tiene lugar en esas otras catedrales que son las salas de cine.

En este punto sí se vislumbra una brecha ¿generacional? entre los cinéfilos a la vieja usanza y los consumidores compulsivos de películas en una computadora, tablet o teléfono celular. Ante esta división, qué mejor que un dígrafo de origen latino para identificar a seis representantes del grupo que –además de los embates de la vejez, la soledad, la nostalgia, el miedo a la muerte– también resiste el avance de los nuevos modos de adicción al cine.

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María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

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