Banalizar la violencia a través del idioma

Ante las cargadas por su «culo chato», un compañero de trabajo treintañero responde que lo tiene así desde siempre porque lo conserva «invicto», en clara alusión a la virginidad anal que nuestra sociedad patriarcal le exige al (verdadero) macho argentino. Un par de horas más tarde, en la línea D del subte, un estudiante apenas mayor de edad sostiene que el parcial de una materia difícil «fue una violación».

El chiste provoca risas entusiastas en el entorno del empleado. La advertencia académica impacta en otro muchacho que también viaja en subte y evidentemente cursa la misma carrera: «Tengo que ponerme las pilas para ese examen», dice.

Estas intervenciones ocurrieron ayer jueves por la tarde, mientras diarios, noticieros de radio y televisión, redes sociales revelaban detalles escabrosos del crimen de la adolescente Lucía Pérez. Al escucharlas, recordé los esfuerzos de algunos compatriotas por ridiculizar, desacreditar, minimizar el escándalo que provocaron, a principio de este mes, un gag de la serie Educando a Nina y, en agosto pasado, las declaraciones del cantante Gustavo Cordera en una escuela de periodismo.

Imaginé que me habrían tratado de principista, exagerada, malintencionada si hubiera señalado el desatino de bromear sobre culos rotos, o de equiparar un parcial con una violación, justo un día atravesado por la misoginia más brutal. También pensé en el desprecio generalizado que provocan las observaciones sobre la banalización de nuestro idioma, y sobre las implicancias de esa banalización en nuestra (in)conducta social.

Ayer vi todo negro, como este post.