El intocable

Dr. Emmett Brown: A ver, muchacho del futuro, ¿quién es el Presidente de Estados Unidos en 1985?
Marty McFly: Ronald Reagan.
Dr. EB: ¿Ronald Reagan? ¿El actor? [Risita socarrona] ¿Y quién es el Vice: Jerry Lewis? [mientras va y viene en su laboratorio]. ¡Supongo que Jane Wyman es la Primera Dama!
MMcF: [siguiendo al Doc] ¡Ey, Doc, espere!
Dr. EB: ¡Y Jack Benny es el secretario del Tesoro…!”.

Ronald Reagan, sheriff en La Ley del Oeste.
Ronald Reagan, sheriff en La Ley del Oeste (1953).

A juzgar por el inolvidable gag que Robert Zemeckis y Bob Gale deslizaron en el guión de Volver al futuro, el triunfo del republicano Ronald Reagan en las elecciones presidenciales de noviembre de 1980 habrá provocado más de un reparo en los Estados Unidos. La mención del antecedente hollywoodense era un buen camuflaje para disimular las razones políticas de tal aprehensión, por ejemplo, aquéllas basadas en ocho años de gobernación californiana y/o aquéllas ancladas en la condición de informante al servicio de la caza de brujas mccarthista. En una época menos farandulizada que la nuestra, habrá resultado o muy cómica o muy trágica la sola idea de que justo ese actor tomara las riendas de la primera potencia mundial y, en plena Guerra Fría, del bloque occidental.

Tres décadas después del éxito de taquilla que protagonizaron Michael J. Fox y Christopher Lloyd, el ya fallecido Ronnie inspira otra broma, mucho más osada que la anterior. La pregunta “¿Y si el destino de América hubiera estado en manos de un enfermo de Alzheimer?” podría ser el gancho promocional del primer largometraje que escribió Mike Rosolio, siempre y cuando algún apellido ilustre consiga sacarlo de la paródica -y no tan paródica- lista negra que 250 ejecutivos de la industria cinematográfica confeccionaron el año pasado.

Un colega de Rosolio, Jon Spaihts, presentó la síntesis del film en este video: cuando Reagan muestra los primeros síntomas de demencia al comienzo de su segundo mandato presidencial, un ambicioso becario de la Casa Blanca debe convencerlo de que en realidad está interpretando el rol de Jefe de Estado en una película.

Cuando a fines de abril los medios norteamericanos anunciaron que Will Ferrell estaba por firmar contrato para producir y protagonizar Reagan, enseguida protestaron los hijos del ex Presidente y la Alzheimer’s Association (que contó entre sus miembros distinguidos al mandatario y a su esposa Nancy). Ambas partes advirtieron que, como el cáncer, el olvido patológico tampoco admite humoradas. Gracias a la repercusión de estas declaraciones en la prensa internacional, consiguieron que quien hizo tantas veces de George W. Bush en Saturday Night Live abandonara el proyecto.

Casi dos meses antes del escándalo, James Brolin encarnó el rol polémico en la lectura del guión de Rosolio, que la gente de Black List organizó en el Montalban Theater de Hollywood, California. Lo secundaron Lena Dunham, John Cho, Chris Parnell, John Michael Higgings entre otros actores. Ninguna voz indignada irrumpió en ese momento.

A través de este artículo escrito por Seth Abramovitch, The Hollywood Reporter se preguntó cuán ofensiva es la sátira de Rosolio. Antes de deslizar su desacuerdo con la reacción de los Reagan y de la Alzheimer’s Association, el periodista adelantó fragmentos y características del guión. Espectadores traduce la siguiente porción.

El protagonista es Frank Corden, asistente de bajo escalafón en la Casa Blanca, con una visión idealizada de la democracia americana. Los primeros indicios de que Reagan anda mal de la cabeza aparecen temprano: mientras prepara café para los miembros del staff presidencial, Frank escucha la acalorada conversación telefónica que el secretario del Tesoro Don Regan (representado como una figura influyente) mantiene con el secretario de Defensa Caspar Weinberger (descripto de manera caricaturesca, con venas sobresalientes en la frente, como el protagonista de la publicidad de la gomina Brylcreem).

“Anóteselo” dice Regan. “Anótele todo. ¡Incluso su propio nombre de pila!”.

En la escena siguiente, Frank visita el hogar paterno para cenar en familia. Aquí se deja constancia de una pieza clave de la trama: el papá de Frank, Jack, padece los primeros síntomas de demencia. La experiencia le enseñó al protagonista que puede comunicarse mejor con su padre cuando lo conecta con su tema favorito: el baseball.

Esta misma experiencia lo ayudará más tarde, por ejemplo, cuando en los prolegómenos de un acto oficial, Regan, Weinberger y el asesor en seguridad nacional Robert Bud McFarlane (nervioso y paranoico) buscan a un tal Mark a pedido del Presidente. Frank se da cuenta de que lo que Reagan está buscando es la marca de la cámara (camera mark en inglés) porque cree estar dirigiendo una película -es más, se cree Frank Capra- y necesita saber cuándo gritar ‘Acción’.

En otro episodio, Reagan confunde a Mijaíl Gorbachov con Ernest Borgnine y exclama “¡Ey, muchachos, bombardeemos Rusia!”. Sus generales se preguntan si está bromeando, y la realidad es que sí: cree estar bromeando con un colega de Hollywood.

Más adelante, Reagan se queja de Libby, una asistente de vestuario imaginaria. “Basta de Libby. No más Libby”, exige y así desata el bombardeo a Libia”.

Por lo visto, Rosolio parece haber retomado la ocurrencia que Jerzy Kosinski desarrolló en Desde el jardín (Being there es el título original): imaginar los entretelones del ejercicio del poder cuando un disminuido mental se convierte en exponente de ese poder. En ese caso, Reagan correría menos riesgo de resultar ofensiva si cargara las tintas sobre las alteraciones que el Alzheimer provoca -no en el Presidente enfermo- sino en el entorno sano (los demás integrantes del gabinete) y por lo tanto en las acciones de gobierno.

A su manera, el guionista también reedita el chiste de Zemeckis y Gale: Reagan no puede ser Presidente porque es actor de Hollywood. Como el viaje de Marty McFly, la enfermedad también lo redujo a ese rol del pasado.

El New York Times fue uno de los pocos medios que en marzo de 2015 informaron sobre el estudio que científicos de la Universidad de Arizona hicieron de 46 conferencias de prensa del Presidente Reagan, en el marco de una investigación sobre los primeros indicios discursivos de la demencia. La escasa atención acordada al trabajo que condujo el ingeniero Visar Berisha es coherente con la resistencia de la opinión pública estadounidense a enfrentar la posibilidad de que Ronnie haya ejercido su segundo mandato en la Casa Blanca con un Alzheimer moderado a cuestas.

América en manos -o a merced- de un enfermo mental es una hipótesis indigesta aún para quienes vivimos lejos de ese país que se proclama continente, cuando no mundo. Por ahora, no hay chances de sopesarla ni siquiera con humor.

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Publicado por

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

4 thoughts on “El intocable

  1. Querida María, la fantasía de nuestros enfermos a veces nos lleva a situaciones en la vida real, que de no ser tan trágicas, nos hacen sonreir con amor. Hoy, en algunos momentos tengo atisbo de “celos” del joven del que estuvo enamorado y posiblemente está mi esposa y que ya no soy yo. Ella recuerda como fuí hace 54 años y me platica de su amor por aquél Jesús. Gracias por el artículo.
    Le mando un abrazo con cariño.
    Jesús

  2. Gracias por darse una vuelta por Espectadores, Jesús, y por compartir una anécdota tan entrañable.

    El humor en torno al Alzheimer es una cuestión delicada. Quienes convivimos con un ser querido enfermo de demencia lo sabemos bien, y podemos entender el enojo de los hijos de Reagan.

    Dicho esto, no estoy de acuerdo con la suerte de lobby mediático que provocó el alejamiento de Ferrell, primero, porque nadie vio la película (ni siquiera el guión entero o algún adelanto) como para determinar su naturaleza ofensiva, segundo, porque -si resultara nefasto- el largometraje finalizado ofrecería una buena oportunidad para (volver a) señalar el camino que falta recorrer en términos de concientización social.

    Por otra parte, existe la posibilidad de que Reagan termine siendo una sátira inteligente, un poco como la que el belga Xavier Teron le dedicó al cáncer de mama con Je me tue à le dire.

    Un abrazo para usted.

  3. ¡Hola María! Tanto tiempo desde la última vez que comenté en tu blog.

    No estoy muy de acuerdo con ponerle límites al humor. Sí hay humor sobre el cáncer (ahora por ejemplo me acuerdo del “Niño Burbuja” de la película de The Kids in the Hall, “Brain Candy”). Hay humor sobre la muerte, el holocausto, sobre casi cualquier cosa. Obviamente hay temas que a uno no le causan ninguna gracia, demasiado sensibles, desagradables o que tocan demasiado cerca, y uno está en su derecho de evitar ese humor e incluso de ofenderse, pero… ¿prohibirlo?

  4. ¡Hola Andrés! ¡Qué bueno reencontrarte por acá!

    Por si hiciera falta, aclaro que yo tampoco estoy de acuerdo con la prohibición. Mucho menos con la suerte de censura previa que parecen haber ejercido los hijos de Reagan y la gente de la Alzheimer’s Association.

    Como bien sugerís, quien se sienta ofendido podrá no mirar, o mirar y criticar.
    ¡Saludos!

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