Je me tue à le dire, de Xavier Teron

Cobertura de Espectadores.
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Si llegara a estrenarse en nuestras salas comerciales, habría que elegir con cuidado el título en castellano para la tragicomedia que Xavier Teron filmó en un discreto blanco y negro. Ante todo, convendría evitar la traducción literal de Je me tue à le dire porque Me mato por decirlo suena parecido a la expresión “Me muero por decirlo”, y en esta película a nadie le urge revelar un secreto. Por otro lado, Me mato diciéndolo no alcanza para cumplir con el objetivo original de adelantar el síndrome de profecía autocumplida que padece un tal Michel Peneud.

Los juegos de palabras cumplen un rol fundamental en este largometraje protagonizado por un treintañero hipocondríaco que además es hijo único de madre soltera, siempre absorbente y ahora -encima- enferma de cáncer de pecho. Por eso la advertencia de más arriba también vale para los subtítulos: sin una buena traducción, más de un gag pasará desapercibido (en las proyecciones del 18º BAFICI sucede eso cuando Michel le dice “Me voy a morir” a un kiosquero de origen paquistaní, y éste le contesta “Sí, claro, tengo Philip Morris”).

Este film participa de la competencia internacional del 18º BAFICI.
Esta película participa de la competencia internacional del 18º BAFICI.

En el prólogo que la productora Novak publicó en su sitio web, el realizador belga describe la trayectoria de Peneud (apellido que en francés suena a ‘Neumático’ o, peor aún, al tilleniano ‘Goma’) a partir de los sustantivos homófonos sein (seno), sain (sano) y saint (santo). En efecto, Michel vive obsesionado por la enfermedad de su madre, por el quiste que detecta debajo de una de sus tetillas y que intuye maligno, por una Parca al acecho de ambos. La escena final ilustra el tipo de canonización que Minou o Gatito -así lo llama su mamá- imagina para sí mismo.

Xeron también despliega gags visuales, por ejemplo el montaje en paralelo destinado a equiparar al protagonista con un hamster. A través de ocurrencias como ésta, reduce la graduación corrosiva -eventualmente dañina- del humor negro que práctica siempre con respeto e incluso piedad por sus personajes. Algo similar consigue el actor Jean-Jacques Rausin, responsable de componer a un Michel entrañable más allá de sus pequeñas miserias y debilidades.

Son infrecuentes las obras que bromean con altura sobre la enfermedad, la vejez, la muerte de la propia madre. También es un tópico sensible la relación simbiótica que algunas mujeres sin esposo mantienen con su único hijo varón. Sin dudas, Je me tue à le dire merece un lugar en esta lista de excepciones.

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María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

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