Resistir el cambio regresivo

Las fotos de este post fueron tomados durante el festejo de anoche y fueron extraídas del sitio web Clarín.com HD.
Las fotos que ilustran este post fueron tomadas durante el festejo de anoche y extraídas del sitio web Clarín HD.

Si el ballottage o balotaje programado para fines de noviembre termina consagrando a Mauricio Macri como próximo Primer Mandatario de la Argentina, habrán sido tres las fórmulas presidenciales que voté y resultaron ganadoras en el transcurso de 25 años de vida cívica: 1) Fernando De la Rúa – Carlos Chacho Álvarez; 2) Néstor Kirchner – Daniel Scioli; 3) Cristina Fernández de Kirchner – Amado Boudou. Voté con entusiasmo sólo a la tercera dupla, y celebré la victoria electoral de 2011.

Acompañé al kirchnerismo sobre todo a partir de la primera gestión de CFK, o mejor dicho, a partir de la confrontación con El Campo. Aunque en 2007 no la había votado, en 2008 fui sola a Plaza de Mayo para expresar mi apoyo a la flamante Presidenta electa, a su gobierno, al sistema democrático contra los embates desestabilizadores de la sociedad agro-mediática.

Sobre todo desde entonces me siento identificada con la gestión K, a partir del reconocimiento de varias medidas implementadas. Enumero las que más valoro: la renegociación de la deuda externa; la recuperación de los fondos de las AFJP para la ANSES; la implementación de la Asignación Universal por Hijo; la convocatoria a paritarias; la renovación de la Corte Suprema de Justicia de la Nación; la anulación de las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final; el impulso a los juicios por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura de 1976-1983; la recuperación de YPF; la promulgación de las leyes de Servicios de Comunicación Audiovisual, de Matrimonio Igualitario, de Derecho a la Identidad de Género; la creación de un Ministerio de Ciencia y Tecnología; el lanzamiento de los Arsat 1 y 2; la conformación de la Unasur y el trabajo a favor de la constitución de un bloque regional.

Seguro, la empatía habría sido mayor si hubiera habido un desplazamiento formal de Boudou; si se hubiera conservado a Jorge Taiana y a Nilda Garré en el gabinete; si no hubieran existido designaciones como las de Sergio Berni, César Milani, Martín Insaurralde y como las de los ahora opositores Julio Cobos, Sergio Massa, Martín Lousteau, Martín Redrado, Alberto Fernández; si la Ley Antiterrorista no hubiera prosperado; si la renovación de la red ferroviaria se hubiera realizado a tiempo y no después del choque fatal en Once; si se hubiera protegido (más) nuestro suelo de la explotación minera y sojera, sino no se hubiera desatendido programas sólo en teoría federales como ‘Las víctimas contra las violencias‘, si se hubiera respaldado algún proyecto de ley a favor de la despenalización del aborto.

Este año, me fastidió la progresiva imposición del principal candidato oficialista a contramano del espíritu de la Ley de Democratización de la Representación Política, la Transparencia y la Equidad Electoral, que nació de un proyecto de la propia Cristina. El anuncio del compañero de fórmula Carlos Zannini me retrotrajo a 1999, cuando aposté al -a mi juicio inconsistente- De la Rúa, convencida de que Álvarez representaba una suerte de garantía de lucidez y gobernabilidad.

Ayer domingo voté temprano, escoltada por ese fantasma de fines de siglo pasado. En el transcurso de la jornada, lidié además con el presentimiento de que la nueva concesión no ayudaría a conquistar la victoria electoral en primera vuelta o, en otras palabras, a detener el avance del PRO y sus aliados.

La impresionante performance de Cambiemos en la carrera presidencial, en la Provincia de Buenos Aires y en otros distritos nacionales redujo a la mínima expresión mis esperanzas ya recortadas. La euforia que hoy expresó Wall Street atentó todavía más contra mis esfuerzos por encontrar algún punto de encuentro con los referentes del frente multicolor, con su manera de entender el país, el ejercicio de la política, la gestión estatal, la realidad internacional.

Pasaron sesenta años y nuestra sociedad parece haber madurado desde 1955. Sin embargo, el recuerdo de la topadora que pusieron en marcha los ejecutores de la denominada ‘Revolución Libertadora’ engendra un segundo fantasma que también enfrentamos quienes tememos la concreción del tantas veces anhelado y anunciado «fin de ciclo«.

Me preocupan especialmente las consecuencias del eventual mandato macrista en el plano geopolítico, la suerte que correrán la mencionada Unasur y demás esfuerzos por apartar a la Argentina de la tutela primermundista o, mejor dicho, por darles a nuestro país y a nuestra región cierto margen de acción soberana en un escenario dominado por un poder transnacional que también manda en el cada vez más tambaleante Primer Mundo.

La posibilidad de que Mauricio obtenga la mayoría de votos el 22 de noviembre me provoca una profunda desazón. Para paliarla un poco revivo el entusiasmo cívico experimentado en aquella otra antesala de recambio presidencial, y me propongo recuperarlo con la esperanza de que me ayude a resistir el proceso regresivo que algunos argentinos creemos vislumbrar detrás del imperioso cambio conjugado en primera persona del plural.

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