Elogio de la hermenéutica

El nuevo film de César desembarcó el 25 de junio en el Gaumont.
La nueva película de César desembarcó el 25 de junio en el cine Gaumont.

Intenciones y resultados por un lado, forma y contenido por el otro conforman las dos binomios con los que algunos espectadores lidiamos cuando miramos Los dioses de agua, película nacional que transita su segunda semana de exhibición en el cine Gaumont. Como Hunabkú años atrás, este otro largometraje de Pablo César también presenta deficiencias narrativas serias, que digerimos mejor cuando tomamos distancia del relato bipartito que protagoniza el obsesivo Hermes, y nos concentramos en aspectos estéticos e intelectuales de una obra que a priori llama la atención por tratarse de la primera co-producción cinematográfica entre Argentina y Angola.

En 2007 César escribió con Jerónimo Toubes la historia de un adolescente porteño que se muda con sus padres a nuestra Patagonia y aprende a identificar y comprender las voces silenciadas de la naturaleza. Nueve años después, el realizador convoca a Liliana Nadal para imaginar la historia de un antropólgo -también porteño; también sensible a una suerte de más allá– que viaja a Angola con el propósito de descifrar información ancestral sobre el verdadero origen del hombre y su lugar en éste y/u otro mundo.

El objetivo de ambos ejercicios de redacción es similar: elaborar una fábula que invite a reflexionar sobre la condición humana, sobre la evolución (o involución) de la relación que la civilización occidental mantiene con la Pachamama, sobre la necesidad de valorar, recuperar, eventualmente resignificar los viejos relatos destinados a explicar nuestra aparición en el planeta Tierra. Más allá del cambio de co-guionista, los resultados también son parecidos: tendencia al estereotipo, a la declamación, a la metáfora explícita, a una superficialidad narrativa a contramano de la pretensión de profundidad teórica, filosófica, existencial.

No hay musa inspiradora que valga. El Hermes a cargo de Juan Palomino y el misterioso Esteban que encarna Boy Olmi (personaje tan misterioso como el Nicolás de Hunabkú) parecen creaciones de la revista Reader’s Digest al lado de los antropólogos homenajeados en la dedicatoria final: Marcel Griaule, Germaine Dieterlen y Deborah Lifchitz.

La fotografía de Carlos Ferro (sobre todo cuando captura los hermosos paisajes formoseños, angoleños, etíopes), la música original de Gabriel Carbone y Fernando Sande Dallas, la participación de Charo Bogarín constituyen los aspectos estéticos/formales que ayudan a digerir las dos horas de duración de Los dioses de agua. Algo de eso sucedió con Hunabkú en el Festival de Biarritz de 2007, cuando una parte del público relativizó las deficiencias narrativas del film porque se sintió especialmente conmovida por la fotografía -en aquella oportunidad, obra de Abel Peñalba- del majestuoso glaciar Perito Moreno entre otros escenarios naturales de nuestra Patagonia.

Tras lidiar con el cine de César, sobre todo con el tironeo que provocan los binomios Intenciones/Resultados y Forma/Contenido, algunos espectadores preferimos celebrar la actividad del realizador a favor de la cooperación cultural entre los países llamados «periféricos» (dicho sea de paso, el director participará justo hoy de la conferencia El cine y la cooperación Sur-Sur en el Festival Nacional de las Artes de Grahamstown, Sudáfrica). En otras palabras, nos quedamos con esta suerte de embajador extraoficial antes que con el cineasta afecto a la hermenéutica.

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Contenido complementario
 Hunabkú de Pablo César (mini-reseña publicada en el marco del festival de Biarritz de 2007)