El (desa)tino de un estreno en tiempos de revelaciones canallas

La película de Ernesto Buchichio se estrenó el jueves pasado en salas de Buenos Aires, Rosario y Córdoba.
La película de Ernesto Buchichio se estrenó el jueves pasado en salas de Buenos Aires, Rosario y Córdoba.

Por obra y gracia del caprichoso destino, el desembarco de Zanahoria en salas de Buenos Aires, Rosario y Córdoba tuvo lugar el jueves pasado, justo cuando obtuvieron amplia repercusión mediática los presuntos datos que el represor Ernesto El Nabo Barreiro dio a conocer en el marco de la megacausa La Perla – Campo de la Ribera. El contexto de estreno juega a favor y en contra de esta coproducción uruguayo-argentina: por un lado, aumenta la pertinencia de un trabajo atento al fenómeno de las revelaciones tardías en boca de individuos al servicio del terrorismo de Estado; por otro lado debilita el -ya de por sí frágil- suspenso de un relato al que le cuesta sostener su pretendida condición de thriller.

El realizador Enrique Buchichio se inspiró en un hecho real anterior a las declaraciones de Barreiro. Mejor dicho, se inspiró en la crónica y en la nota editorial que dos periodistas del semanario uruguayo Voces del Frente -hoy Voces a secas- le dedicaron una década atrás a la serie de encuentros que en ese entonces mantuvieron con un ex agente de Inteligencia de la dictadura charrúa, después de que éste los contactara con la promesa de entregarles documentación secreta sobre víctimas y verdugos de la guerra sucia.

En el film, uno de los periodistas afirma algo muy parecido a lo que el fiscal Facundo Trotta sostuvo sobre Barreiro ante una consulta de Página/12.

Nosotros sabemos que él puede mentir. Tiene derecho a hacerlo para defenderse. Lo que tenemos que valorar es si hay algo de verdad en lo que él dice. Tenemos que investigar aún cuando supongamos que tal vez mienta. Hay cientos de familias que todavía buscan los restos de sus seres queridos y por ellos tenemos que agotar todos los recursos posibles».

Un poco como Barreiro, el informante que César Troncoso (irreconocible, el padre de Infancia clandestina) encarna en Zanahoria también dice y se desdice. Un poco como Jorge y Alfredo, nuestros periodistas tampoco saben hasta qué punto son ciertos los datos que el ex subalterno de Luciano Benjamín Menéndez adelantó a través de su abogado y de viva voz ante el micrófono de un par de medios de comunicación.

Además de retomar el nombre de un operativo que el informante menciona al pasar, el título del film alude a por lo menos tres zanahorias que los protagonistas persiguen cual burros amansados: el acceso exclusivo a una documentación en principio reveladora; la esperanza de que este material satisfaga las expectativas de los familiares de las víctimas; la ilusión de reconocimiento profesional asociada a la obtención de una primicia.

El intrigante Walter manipula mejor a la dupla protagónica que a los espectadores duchos en ficciones que ya trataron una de las mayores metidas de pata que puede cometer un periodista: «comprar pescado podrido» según reza la jerga. Por si la experiencia cinéfila resultara insuficiente, la irrupción mediática de Barreiro termina de desbaratar la estrategia de suspenso que Buchichio montó sobre la figura del informante.

De esta manera, las circunstancias de este estreno dejan de ser una pegada para convertirse en estocada letal contra las expectativas que los thrillers suelen generar en términos de entretenimiento. La dosis de reflexión sociológica, política, histórica corre por cuenta de los espectadores empecinados en mirar cine sin separarlo de su contexto.

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Post complementario

 Infancia clandestina de Benjamín Ávila (reseña)