Festejo de graduados en la vía pública. Huevos sí, barro no

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En el transcurso de esta semana, estudiantes de la Universidad del CEMA usaron una franja de Reconquista al 700 para cumplir con la tradición de arrojarles huevos crudos a los alumnos recién recibidos. Escoltados por un par de adultos, los chicos respetaron a rajatabla la consigna que la institución inscribió en el afiche desplegado en la entrada a la sede ubicada sobre la misma peatonal: «¡Felicitaciones, te graduaste! Cuidemos la calle. Sumate a un festejo limpio».

Ayer al mediodía el rito se pareció bastante a un fusilamiento: el flamante egresado de turno se mantuvo de pie contra una pared, primero de frente, luego de espaldas a la línea de ejecución que conformaban entre siete y diez compañeros.

Los festejantes arrojaron sus municiones de manera muy ordenada, uno por vez. Al término de la balacera, algunos se acercaron al homenajeado para ducharlo con bebidas gasesosas y agua mineral. La idea era ayudarlo a sacarse un poco el engrudo y empezar a despejar el suelo de residuos.

A unos tres metros de la escena, yacía un muchacho apenas mayor que los chicos de la UCEMA. Parecía dormir a la sombra de uno de los arbolitos que el Gobierno de la Ciudad colocó cuando convirtió esta calle en peatonal.

Es posible que este joven sucio, melenudo, barbudo, harapiento haya escuchado en sordina las risas de sus congéneres, el ruido de los proyectiles avícolas contra el cuerpo del fusilado (o contra el paredón o el pavimento según la puntería de cada integrante del pelotón académico). Quizás el sonido le haya provocado alguna ensoñación donde compartía con amigos la suculenta tortilla que alguien podría haberle cocinado con tantos huevos.

A mediados de octubre pasado, una buena porción de la prensa porteña se rasgó las vestiduras ante el festejo de alumnos de quinto año del Liceo Francés en el Paseo de las Américas. La (sin dudas discutible) ocurrencia de cavar un pozo para convertirlo en pileta de barro donde enchastrarse a modo de catarsis inspiró varios artículos de opinión sobre vandalismo juvenil y sobre la estrecha relación entre poder adquisitivo y abusiva insolencia.

El escándalo mediático dividió aguas entre los egresados del ‘Jean Mermoz’. Muchos nos sentimos identificados con este texto que la ex alumna y madre de alumnos Cecilia Rabinovich publicó en La Gaceta Mercantil.

Si el movilero de algún canal de noticias hubiera asistido al festejo de ayer en Reconquista al 700, seguro le habría dedicado una nota de color a un festejo callejero enmarcado en la tradición nacional de bautizar a huevazos a los estudiantes recién recibidos. Tal vez habría recordado el barrial improvisado en el Paseo de las Américas y, por contraste, habría erigido en ejemplo a los universitarios respetuosos del espacio público.

Desde esta perspectiva, arrojar huevos a escasos metros de una persona en situación de calle es una travesura insignificante que las cámaras de TV habrían elegido ignorar. Una vez más, habrían acatado los criterios que nuestra opinión pública suele utilizar para denunciar vandalismo, violencia, indolencia, profanación, obscenidad.

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Post complementario

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