La conveniencia de (re)leer a Edward Said, veinte años después

La primera edición en inglés de estas conversaciones data de 1994. La primera edición en castellano, responsabilidad de Siglo XXI, data de 2001.

El sábado pasado, miles de palestinos salieron a la calle en la ciudad de Belén para conmemorar el décimo aniversario de la muerte de Yasser Arafat y el Día de la Independencia de Palestina, que el Consejo Nacional Palestino y su entonces presidente (el homenajeado Arafat) declararon en 1988. La manifestación popular tuvo lugar mientras la Unión Europea en general y algunos de sus integrantes en particular deciden si adhieren o no a un reconocimiento formal que en principio contribuiría a la pacificación de Medio Oriente.

La coincidencia entre las fechas-aniversario y la aparente intención del Viejo Continente de incrementar el respaldo internacional a un reclamo histórico evocan el recuerdo del libro que Common Courage Press editó dos décadas atrás con la transcripción de las entrevistas que David Barsamian le hizo a Edward Said entre marzo de 1987 y febrero de 1994, sobre el conflicto israelo-palestino y sobre la responsabilidad que les compete a las potencias occidentales. Aunque las reflexiones del músico y ensayista jerosolimitano se mantienen tan vigentes como entonces, cabe sospechar que el autor de Orientalismo y Cultura e imperialismo habría recortado su (ya por esos años limitada) reserva de esperanza si, todavía vivo, hubiera asistido a la masacre que la operación Border Protector provocó a mediados de este año y a la serie de atentados que Hamas sigue cometiendo o celebrando (por ejemplo aquél perpetrado en una sinagoga de Jerusalén que medios nacionales y extranjeros reportaron ayer martes).

En la introducción que escribió para el mencionado libro –La pluma y la espada es el título-, Eqbal Ahmad cuenta que Said fue el primer intelectual palestino en reunirse con sionistas israelíes y estadounidenses. «Creo que no hay un solo activista por la paz en Israel que no se haya entrevistado con él», sostiene el periodista pakistaní antes de agregar: «fue asimismo el primer intelectual árabe reconocido en criticar abiertamente el terrorismo palestino, por consiguiente una estrategia de liberación equivocada y contraproducente».

Ojalá la transcripción de este extracto desacredite de antemano, o al menos reduzca, las descalificaciones previsibles contra Said, fundadas en su nacionalidad. Por si hiciera falta más antecedentes para desarticular los prejuicios de quienes se niegan a reconocer la legitimidad de esta voz, cabe recordar la entrañable amistad con Daniel Barenboim, motor de la Fundación Barenboim-Said, que hoy sigue trabajando por la conciliación entre las culturas israelí y palestina a través de la orquesta West-Eastern Divan entre otras iniciativas hechas a pulmón.

En respuesta a las preguntas de Barsamian, Said aborda temas que por momentos exceden la cuestión palestina, pero que terminan contextualizándola, poniéndola en perspectiva. Los distintos tipos de colonialismo y de estrategias para resistirlo, el rol de los medios de comunicación, el rol de los intelectuales, la importancia de la memoria colectiva son algunas de las lentes con las que este egresado de las universidades de Princeton y Harvard y luego profesor de Humanidades en la Universidad de Columbia analiza un conflicto de larga data y sumamente complejo.

En este sentido, cabe destacar el uso reiterado que Said hace del sustantivo contrapunto para recordarnos cuán importante es distinguir el árbol del bosque (o, mejor dicho, cuán importante es reconocer la relación entre el árbol y el bosque que lo rodea). Por otra parte, con el décimo aniversario de la muerte de Arafat en mente, corresponde subrayar la severidad con la que Don Edward critica el desempeño del líder palestino tiempo antes, durante y después del acuerdo que la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) firmó con Israel en Washington el 13 de septiembre de 1993.

A continuación, este post ofrece una síntesis de las reflexiones más interesantes del intelectual palestino, en diálogo con el periodista radial estadounidense. A criterio de quien suscribe, son las más interesantes pues cuestionan y sugieren la fragilidad de muchas «verdades reveladas» que difunde la prensa occidental.

Desde este punto de vista, asomarse al pensamiento de Said puede resultar una experiencia tan reveladora y enriquecedora como asomarse al pensamiento de Eugenio Raúl Zaffaroni en La cuestión criminal. En cambio, quienes hayan detestado ese libro -o más bien detesten al penalista y juez de la Corte Suprema que lo redactó- encontrarán igual de revulsivas las consideraciones transcriptas en La pluma y la espada.

La pata cultural del imperialismo
 Creo que una de las principales fallas en la extensa literatura sobre economía, ciencia política e historia del imperialismo radica en que se presta muy poca atención al papel de la cultura para mantener un imperio… Lo que distingue a los imperios antiguos (el romano, el español o el árabe) de los imperios modernos, de los cuales los más sobresalientes fueron el británico y el francés en el siglo XIX, es que éstos últimos son empresas sistemáticas que reinvierten constantemente. Ya no llegan a un país, lo saquean y lo abandonan cuando el botín se agota. Los imperios modernos, como diría Joseph Conrad, incorporaron la idea de servicio, de sacrificio, de redención. De ahí se derivan las grandes nociones de la «misión civilizadora»: no estamos aquí para beneficiarnos sino para hacer algo por los nativos.

 Si bien la fuerza, la coerción, la intimidación mantuvieron unido al imperio, con frecuencia el ejército -por ejemplo el ejército inglés en la India- tuvo un papel bastante reducido si consideramos el inmenso territorio administrado. En cambio hubo un programa de pacificación ideológica: el sistema de educación que se promulgó alrededor de 1830, y cuyo propósito era dejar en claro que debía enseñarse a los indios la superioridad de la cultura inglesa .

 En caso de revueltas no se escatimaba el uso de la fuerza, y las revueltas se aplastaban brutalmente. Después de eso se reconstruía la fachada y otra vez se argumentaba que estaban ahí por su bien. Sí, había fuerza. Pero, en mi opinión, mucho más importante que la fuerza -ya que ésta se administraba selectivamente- era la idea inculcada en la mente de los colonizados: que su destino era vivir gobernados por Occidente.

 Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se consideró heredero de los británicos y de los franceses, los grandes imperios de Occidente… Tanto en los medios de comunicación como en la academia, empezó a circular la teoría sobre la ciencia desarrollista. En los decenios de 1950 y 1960 los teóricos del desarrollo (Walt Rostow entre otros) propusieron la necesidad de salir al mundo a desarrollar a los no desarrollados para proporcionarles modelos de despegue económico. El resultado es un sistema ideológico poderosísimo del que Noam Chomsky ha hablado con gran lucidez, y que marca la educación de cualquier estadounidense. Está sustentado en una gran ignorancia del resto del mundo y en un escaso conocimiento geográfico.

 Estados Unidos está tremendamente aislado. Es un país muy provinciano en muchos sentidos… Por otra parte ha habido un destierro, una especie de exclusión intelectual de la noción de imperialismo. «Los imperialistas son los británicos y los franceses», sostienen. «Nosotros somos distintos; no tenemos un imperio; no tenemos una India». Sin embargo la realidad es que, a través de las grandes transnacionales, de los medios de comunicación, del ejército, Estados Unidos tiene lo que Richard Barnet llama «alcance global».

La experiencia palestina, singular en el marco de la colonización
 El sionismo es el primer movimiento de liberación que provoca la desliberación de otro pueblo… No hablamos de los colonos blancos en África… Hablamos de víctimas clásicas de la opresión y la persecución, que llegan a Palestina y crean otra víctima. Nuestra situación es única debido a que somos las víctimas de las víctimas.

 El historiador sudafricano Colin Bundy es autor de una teoría para manejar el problema de Sudáfrica. Lo llama «colonialismo de un tipo especial» (CST por sus siglas en inglés) debido a la existencia de una clase blanca nativa, no de colonos. Podríamos aplicar esta teoría a los palestinos, salvo que habría que llamarla «colonialismo de un tipo aún más especial». Se trata de una carga enorme.

Barsamian entrevistó a Said en marzo de 1987, octubre de 1991, enero y septiembre de 1993, febrero de 1994.
Barsamian entrevistó a Said en marzo de 1987, octubre de 1991, enero y septiembre de 1993, y febrero de 1994.

 Nosotros estamos sujetos a un colonialismo único porque a los israelíes no les somos útiles para nada. Para ellos, el mejor palestino es el que está muerto o en el exilio. No es que quieran explotarnos o mantenernos en calidad de subclase, como sucedió en Argelia o en Sudáfrica. Eso hacen en la Ribera Occidental o en Gaza donde los palestinos construyen las casas para la gente que los despoja. Con la excepción de unos cuantos individuos, nadie tiene idea de qué hacer con los palestinos como seres humanos.

 En Israel unos cuantos visionarios (los profesores Shahak y Liebovitz, los miembros de B’Tselem, el grupo de observadores de Derechos Humanos) creen en la coexistencia con los palestinos en igualdad de condiciones. Pero la premisa sionista básica es que los palestinos son inferiores y, de ser posible, deben marcharse.

 La idea de deshacerse de los palestinos ha sido una constante en el pensamiento sionista desde principios del siglo XX, ya sea de gente de derecha, izquierda o centro. Los principales filósofos sionistas han hablado de transferir a los palestinos, de expulsarlos, de deshacerse de ellos, de desaparecerlos. Por lo tanto es un continuo que ha estado presente desde los inicios; no es una aberración de un dirigente contemporáneo.

Fundamentalismo(s)
 Actualmente el Islam es el cuco para Occidente. De hecho, se convirtió en algo monolítico e indistinguible, en el receptáculo de todos los males del mundo. No se le reconoce las diversas corrientes, las diversas oposiciones. Hay laicos que intentan combatir las hermandades. Los jihads, Hesbollah, Hamas son muy distintos entre sí. El movimiento en Sudán, organizado por Hassan al-Turabi, es muy distinto de la hermandad musulmana en Egipto por ejemplo.

 Me sorprendió que durante la conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América los países árabes de Occidente se preocuparan tan poco por describir la civilización andaluza, uno de los puntos medulares en la historia de la humanidad debido a su ecumenismo, al esplendor de sus logros estéticos e intelectuales. Este antecedente proporciona una especie de contramodelo del Islam: un Islam que fomenta la coexistencia de diversas comunidades.

 En mi opinión, la actual imagen del Islam decidido a destruir al Otro nunca ha sido refutada por los musulmanes de Occidente, que la consideran sólo como propaganda. Soy muy crítico de la política de comunicación de los países árabes, que no muestra que esto no sólo es equivocado sino absolutamente refutable.

 Se les presta muy poca atención a las otras formas de fundamentalismo. Israel también es un país fundamentalista en muchos sentidos. Está gobernado conforme a leyes teocráticas que prohiben ciertas cosas del Sabbath, que censuran cierta música porque la consideran demasiado cristiana, que proscriben a compositores como Wagner, que deciden de la manera más estricta quién es judío y quién no. Y esto se excluye por completo de la discusión principal.

La contribución mediática
 No me cabe la menor duda del poder de los medios. CNN tiene una cobertura impresionante pero no en términos de información. Simplemente confirma el sistema ideológico mundial, ahora bajo control de Estados Unidos y unos cuantos aliados en Europa Occidental.

 Existen dos facultades que debemos ejercer ante los bombardeos mediáticos. La primera es la memoria: debemos recordar lo que los medios dijeron el día anterior, que en general contradice lo que sostienen hoy. La segunda es el escepticismo: hay que preguntar más de lo que se pregunta en los veinte minutos que ahora se legitiman como La hora de las noticias en televisión. Siempre hay fuentes alternativas de información.

 Debemos negarnos a ser un vegetal que tan sólo absorbe información empaquetada, preideologizada.

 En mi opinión, la mayoría de los periodistas occidentales que cubre el Medio Oriente no son realmente periodistas. No hacen investigación; no hablan los idiomas; en caso de crisis salen volando del lugar. Cubren los temas de rigor: terrorismo y levantamientos. Por lo demás, no se ocupan de los países ni los consideran interesantes.

 En los medios de Occidentes abundan los reporteros perezosos y mediocres que reducen, comprimen y caricaturizan el Islam. El cine, por su parte, contribuye a legitimar la idea de matar musulmanes y árabes.

Advertencia sobre el nacionalismo
 Me parece importante recordar que en Medio Oriente son muy recientes los cambios que dividieron a los países de la región (Siria para los sirios, El Líbano para los libaneses; Jordania para los jordanos; Egipto para los egipcios). Cuando crecí, podías mudarte de un país a otro y cruzar por tierra. En todas las escuelas donde asistí había niños de distintas razas, y para mí era completamente natural estar en un grupo con armenios, musulmanes, italianos, judíos y griegos porque estábamos en Levante y así crecimos.

 En mis escritos recientes me he manifestado en contra de la idea imperante en varias agendas intelectuales y políticas de los oprimidos de que, cuando lleguen a la cita de la victoria, se la cobrarán a otros. Es contraria a la idea de liberación. Es como si parte del privilegio de ganar consistiera en aprovecharse de los demás.

 Frantz Fanon se refirió a este fenómeno como la «trampa de la conciencia nacional». Ocurre cuando la conciencia nacional se transforma en un fin, y cuando las particularidades étnicas o raciales o alguna esencia nacional inventada se tornan en el programa de una civilización o cultura o partido político. En ese momento sabemos que ha llegado el fin de la comunicación humana y estamos frente a otra cosa.

 Una de las mayores tragedias históricas es lo que aconteció en el Tercer Mundo con la llegada del nacionalismo. Un nacionalismo distinto al nacionalismo del tipo triunfalista que vemos hoy en los Estados Unidos donde un nosotros (no sé quiénes conforman ese nosotros) se pavonea a partir de su victoria en la Guerra Fría, del derecho que se arroga para intervenir en los asuntos de Panamá, Irak entre otros países.

 El nacionalismo del Tercer Mundo es aquél que Fanon menciona en Los condenados de la tierra, que se opone al colonialismo e imperialismo y que, una vez que logra la independencia, se revierte a una especie de tribalismo, atavismo, estatismo. Junto con ello, este nacionalismo se convierte -como sucede hoy en día en muchas partes del mundo árabe- en un Estado neoimperialista, controlado por poderes extranjeros, y donde la élite gobernante actúa como agente y cliente de uno de los poderes dominantes.

 El protagonismo político del Islam en Argelia, Túnez, Jordania y especialmente en Egipto nace del fracaso de los movimientos modernizantes laicos que llegaron al poder después de la Segunda Guerra Mundial en reacción contra el imperialismo occidental. Estos movimientos proporcionaron muy pocas soluciones frente a la explosión demográfica, a la democratización y al poder que adquirió la población tras la liberación. En otras palabras, la revitalización del Islam ocurre sobre todo en países donde se ha abrogado la democracia en aras de la seguridad nacional.

 La sensación de que Estados Unidos e Israel victimizan a piacere el territorio árabe ha llevado a la gente a refugiarse en sus raíces, en su cultura nativa que es el Islam.

 Ninguna universidad árabe alberga un solo centro que se dedique exclusivamente al estudio de Occidente en general y de Estados Unidos y de Israel en particular. Además de expresar chauvinismo, este fenómeno forma parte del legado del imperialismo: la ausencia de espacios para el análisis y el cuestionamiento.

El acuerdo del 13 de septiembre de 1993, Yasser Arafat y la dirigencia palestina
 El acuerdo firmado en Washington es un parteaguas histórico de enormes proporciones. Es, sobre todo, un instrumento de capitulación… La OLP ha aceptado la idea de que no está negociando por los derechos nacionales y la autodeterminación de los palestinos, sino por el limitado autogobierno interino de los residentes de la Ribera Occidental y de Gaza. Por ello ni el intercambio de cartas ni la declaración de principios firmada aquel 13 de septiembre mencionan a los palestinos que habitan fuera de la Ribera Occidental y de Gaza. Se trata de más del cincuenta por ciento de la población palestina, gente sin país que habita en Líbano, Siria, 1.4 millones en Jordania y otros más.

 El discurso que Arafat pronunció en la ceremonia fue escrito por empresarios en un tono netamente empresarial, con todos los giros de un contrato de arrendamiento… El discurso, la ocasión, la ceremonia, todo estuvo perfectamente adecuado al contenido del acuerdo, que convierte a los palestinos en subordinados de los israelíes, que seguirán controlando la Ribera Occidental y Gaza en un futuro próximo.

 Para Arafat fue un momento de gloria en muchos sentidos. Desde entonces le ha dicho a la gente -y lo ha declarado ante la prensa árabe: «¿Se dan cuenta de lo que significa ser invitado a la Casa Blanca?». Es una mentalidad de negro propiedad de hombre blanco, al que por fin aceptan y le dan una palmadita en la cabeza. Al mismo tiempo, para muchos palestinos -no me refiero a los que salieron a las calles en Jericó y en Gaza, a los que tal vez se les pagó para hacer una manifestación- fue un acto de sorpresiva indignidad y subordinación permanente, como si Estados Unidos tuviera la llave de nuestro futuro, lo cual denota una absoluta amnesia de lo que este país le ha hecho a nuestra gente desde 1948.

 Nuestros dirigentes en general y los de la OLP en particular cambiaron sustancialmente después de 1982, es decir, después del desastre de la invasión de Israel al Líbano, y de que los líderes palestinos fueran obligados a abandonar el Líbano y a permanecer en Túnez a instancias y con la cooperación de los Estados Unidos. Durante el decenio de 1980, nuestros líderes refugiados en Túnez perdieron contacto con su gente y -creo también- con su misión original.

 Arafat no sabe nada de Occidente; nunca ha vivido ahí. Mahmoud Abbas, el hombre que firmó el convenio, ni siquiera habla inglés. Arafat apenas puede leer y escribir en inglés… En otras palabras, el acuerdo fue negociado en inglés por personas que no hablan inglés y sin ningún abogado.

 Este acuerdo le devuelve a Estados Unidos el timón del barco y el status de superpotencia. Además le permite asegurar su acceso a los mercados y recursos del Golfo, para lo cual Palestina es una importante puerta de entrada.

 Las negociaciones palestinas, tal como se presentan con Israel, son un escándalo por su desorganización. La OLP no ha generado un solo dato sobre la ocupación. Esta realidad remite a la existencia de una comunidad totalmente fragmentada, a la que no le queda una sola institución social (educativa, de salud pública). Se trata de una masa de palestinos destituidos en lugares como Gaza y Beirut, Damasco y Amman, a la que no se le presta la menor atención.

 La tragedia es que la OLP (o la de Arafat) representa a los palestinos pero sin la popularidad ni la legitimidad o, podríamos decir, sin el empuje ni la fuerza que alguna vez tuvo. Se trata de una OLP despojada de todo menos del nombre, y es por esta última pizca de legitimidad que Israel la reconoce. Me parece que hay una discrepancia fundamental entre el papel que la OLP se adjudica frente a Israel y lo que Israel tiene en mente para la OLP.

Barenboim y Said, una amistad al servicio de la conciliación entre israelíes y palestinos.

El derecho a narrar la propia Historia
 En el plano internacional, cuando Palestina intenta narrar su Historia interrumpida y su relación con la historia de Israel, se la ataca sistemáticamente. Siempre somos la otra parte de la otra parte, y esto ha dado cierta incoherencia al discurso palestino

 Da la impresión de que están hablando de gente sin historia, y eso es también una política deliberada de la era de la comunicación y de la era que Chomsky llama «consenso fabricado».

 La discrepancia entre el maldito papel y la historia de despojo, sufrimiento y pérdida que forma parte intrínseca de la historia palestina es tan grande que debe mencionarse. Hace varias semanas escribí una columna en árabe donde preguntaba quién era responsable del pasado. Ciertamente, ya no la OLP pues su gente en las Naciones Unidas, y en colaboración con los israelíes, está revisando algunas de las antiguas resoluciones de la ONU sobre la base de «Olvidemos el pasado y aprendamos a vivir juntos». Entre tanto, hay entre doce mil y trece mil prisioneros palestinos que mueren en las cárceles israelíes, y literalmente millones de refugiados palestinos a quienes no se ha restituido por el daño, y cuyo status es aún incierto… Con frecuencia recuerdo a varias personas que conocí (familiares, amigos, socios, compañeros) que sufrieron y murieron por una causa que ahora se quiere mandar al cajón del olvido.

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