La llave de la felicidad

El cerrajero les escapa a las apreciaciones rápidas, a las calificaciones que la prensa de alcance masivo utiliza para sintetizar sus fallos cinematográficos. Es que, en pocas palabras, el segundo largometraje de Natalia Smirnoff pertence a esa clase de películas que gustan con reparos, o que suenan mejor cuando leemos algún anticipo que cuando las vemos, o que en el mejor de los casos se toman un tiempo para convencernos.

Nadie podrá negarle originalidad -y porqué no cierta condición poética- a la ocurrencia de acordarle a un cerrajero el don de vislumbrar verdades íntimas mientras trabaja sobre las cerraduras que debe destrabar. Estos secretos revelados competen a los dueños de -o allegados a- las puertas en problemas. La mayoría reconoce la pertinencia del mensaje (que nunca es del todo transparente) pero sólo un destinatario (una destinataria, en realidad) reconoce el don y el disgusto de su portador.

En este sentido, Smirnoff parece haber imaginado el reverso de la protagonista de su primer largometraje, Rompecabezas. A contramano de la reacción curiosa y apasionada de María del Carmen cuando descubre su talento para armar puzzles, Sebastián rechaza su talento telepático, tanto que ni siquiera considera la posibilidad de ejercitarlo para aprender a usarlo.

Dicho esto, ambos personajes comparten al menos tres características: una personalidad más bien solitaria, por momentos críptica; la obsesión por un hobby (armar cajitas de música en el caso del cerrajero); cierta toma de distancia respecto de los mandatos familiares, sobre todo del ejercicio de la maternidad/paternidad.

Quizás sean estas semejanzas las que atentan contra la integridad de El cerrajero. Por un lado, le retacean originalidad al relato (aunque sea en roles secundarios, la participación de los actores protagónicos de Rompecabezas -María Onetto y Arturo Goetz- aumenta la sensación de déjà vu). Por otro lado, al remitir a un antecedente cinematográfico libre de condimentos esotéricos, chocan con los escarceos surrealistas de esta segunda ficción.

La ocurrencia de relacionar la aparición de una capacidad extrasensorial con el avance de la nube o humo que en 2008 perturbó el olfato porteño parecía prometer algo más que la reformulación de temas abordados en una ficción anterior. Por momentos, da la sensación de que Smirnoff quiso filmar una fábula de corte existencialista como Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo de Mariano Cohn y Gastón Duprat o como Un cuento chino de Sebastián Borensztein. De ser así, algunos espectadores preferimos estos antecedentes por considerarlos más atrevidos.

El reencuentro con el mencionado Goetz cuando apenas digerimos la noticia de su muerte, la escena del duelo que Esteban Lamothe y Erica Rivas componen hacia el final de la película, la sola ocurrencia de un cerrajero vidente y empecinado en encontrarle una melodía «sublime» a la cajita de música que armó él solo, la alusión permanente a esa nube o humo sospechosos e inasibles hacen al encanto de El cerrajero.

Se trata de un encanto intermitente, que por momentos resulta artificioso o confinado a la condición de esbozo. En una fábula sobre el misterio de la felicidad (después de todo, las visiones y el hobby del protagonista contienen claves reveladoras en este sentido), vale preguntar si esta intermitencia es un defecto del guión o una herramienta narrativa para advertir sobre la representación artificiosa e incompleta que a veces le adjudicamos a cierto ideal del bienestar.

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