Olvido patológico y memoria periodística

Con el tiempo, el Alzheimer supo adquirir un notable protagonismo mediático, no necesariamente saludable.

En el transcurso del recién iniciado septiembre, la prensa europea, estadounidense, canadiense -la nuestra, de manera más espasmódica- le recordará a su público que éste es el Mes y que el 21 es el Día Mundial del Alzheimer o, mejor dicho, le recordará la existencia de un día/mes mundial de la lucha contra el Alzheimer. Como campañas periodísticas similares, ésta también difunde cuatro tipos de contenidos básicos: infografías que explican las características principales de la enfermedad (o los “síntomas que hay que tener en cuenta”); cifras relativas a la cantidad de enfermos y al costo de la enfermedad (para las familias, para los Estados, para los laboratorios); testimonios de familiares que revelan cuán duro es el calvario; declaraciones de expertos que ofrecen consejos sobre prevención y/o que enumeran los principales avances y desafíos científicos en la materia.

La Alzheimer’s Disease International estableció el Día Mundial del Alzheimer en 1994, diez años después de que la hija de Rita Hayworth la fundara en Londres. Recién en 2012 la ADI extendió el esfuerzo de concientización a todo septiembre, quizás porque recién entonces los medios empezaron a prestarle atención al olvido patológico.

En el transcurso de estos treinta años, el apellido Alzheimer fue sonándole distinto a la opinión pública. Primero como enfermedad rara, prácticamente desconocida. Luego como deteriorio propio de la vejez (definición que aún hoy sigue inspirando más de una humorada). Por fin como proceso neurodegenerativo imparable que puede convertirse en pandemia si la ciencia sigue sin encontrar un buen método de prevención y/o una cura.

El olvido patológico tuvo escasa -acaso nula- prensa mientras se creyó que afectaba a pocos, y más tarde cuando se lo entendió como otro achaque de la tercera edad. Algo similar sucedió con el sida en los incipientes años ochenta: el periodismo le retaceó visibilidad cuando parecía que la “peste rosa” afectaba a una minoría y cuando se pensaba que la desaparición de esa minoría podría beneficiar a la humanidad (como los viejos hace algún tiempo, los homosexuales constituían -entonces más que ahora- un segmento poblacional más bien molesto que vendría bien eliminar).

En uno y otro caso la realidad cambió cuando los medios abandonaron toda ilusión higiénica y comprendieron que la enfermedad en cuestión avanzaba hacia otras franjas de la población mundial. El Alzheimer tiene la particularidad de amenazarnos a todos sin excepción, pues todos cumplimos con el requisito mínimo para desarrollarlo: envejecer.

Atención… Requisito mínimo, no determinante (existen casos de Alzheimer precoz que se manifiestan alrededor de los cuarenta años) ni condenatorio (hay quienes envejecen sin enfermarse). Lo único cierto es que las chances de desarrollarlo aumentan con la edad: vaya sorpresa para la ciencia orgullosa de haber ampliado la esperanza de vida.

Como el sida cuando adquirió protagonismo mediático, el Alzheimer tambien inspira tres grandes tipos de coberturas. Dos apelan al morbo: la primera da cuenta de las figuras públicas o famosos que conviven o murieron con esta enfermedad (por supuesto, vale difundir rumores sin fundamento); la segunda explota el fondo apocalíptico del término ‘pandemia’. La tercera, en cambio, opera al servicio de los intereses comerciales de los laboratorios que compiten por encontrar -y sacarle rédito a- la terapia capaz de terminar con el problema, o al menos controlarlo.

Entre octubre y agosto de cada año, la prensa occidental anuncia con bombos y platillos cada droga, vacuna, análisis que los investigadores prueban con suma cautela, y que los Estados nunca terminan de aprobar a través de sus Ministerios de Salud y/o de los organismos responsables de regular y administrar la comercialización de medicamentos. Estos artículos solapadamente promocionales rara vez recuerdan que la ciencia sigue sin identificar (todos) los factores que provocan la aparición del olvido patológico. La ausencia de este dato inhibe o dificulta la pregunta de rigor que dicta el sentido común: ¿cómo van encontrar la cura mientras reconozcan a medias las causas?

Ni entre octubre y agosto, ni durante el mes conmemorativo, los medios informan sobre la existencia -mucho menos sobre el desempeño- del Consejo de Demencia Mundial que el Grupo de los Ocho creó en la Cumbre Mundial sobre Demencia, realizada a fines del año pasado. Ningún gran diario cuenta que el principal referente de este comité es el billonario Dennis Gillings, socio fundador de Quintiles, multinacional que hace décadas asesora a grandes corporaciones farmacéuticas. Tampoco que, apenas asumió su cargo, este embajador o “enviado” del World Dementia Council reclamó la necesidad de presionar a los gobiernos para que “liberen regulaciones” y entonces sea posible “probar drogas nuevas y evaluar si conviene extender el período establecido para la explotación de la exclusividad comercial“.

Como en septiembres anteriores, en éste de 2014 la prensa europea, estadounidense, canadiense -la nuestra, de manera más espasmódica- volverá a publicar infografías, cifras y estadísticas, testimonios de familiares, declaraciones de expertos. Estos contenidos reiterados y reiterativos constituyen el aporte de los medios de comunicación al esfuerzo de concientización social sobre la lucha anti-Alzheimer. Frente a este tema, la memoria periodística se revela tan recortada y vulnerable como aquéllas que el olvido patológico carcomió en estos últimos treinta años.

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María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

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