7 cajas, con garantía de calidad

Nueve reinas, Fargo, Todo por un sueño… Aún cuando resultan odiosas las comparaciones que amenazan con retacearle originalidad a una película recién descubierta, cuesta ignorar la tentación de relacionar 7 cajas con los tres largometrajes mencionados. Con el primero porque Fabián Bielinsky también propuso un retrato de la viveza en un escenario urbano acotado; con el segundo porque los hermanos Coen también filmaron las consecuencias de un secuestro extorsivo intra-familiar mal encaminado; con el tercero porque la fama mediática también es el gran motor de los personajes que imaginó Gus Van Sant.

Vale insistir por si fuera necesario… Con la mención de estos antecedentes nadie busca desmerecer el trabajo de Juan Carlos Maneglia y Tana Schembori. Al contrario, la intención es recomendarlo a partir del diálogo que los directores paraguayos parecen haber entablado, quizás sin habérselo propuesto, con los autores de estas tres obras capaces de entretener sin recurrir a fórmulas light o a la asepsia ideológica que suele arrogarse la industria del entertainment.

La obsesión del protagonista con la visibilidad televisiva, con los celulares, con la posibilidad de cobrar -al menos una vez en su vida- en dólares constituye una suerte de ventana por donde nos asomamos no sólo a las desventuras de Víctor sino a cierta realidad social. Concretamente a un retrato de la dependencia económica, tecnológica, cultural por un lado, y del sometimiento a una vigilancia policial permanente y a la desigualdad social por el otro, que el capitalismo provoca en general y de manera exacerbada en los países periféricos.

Maneglia y Schembori acatan con talento algunos de los requisitos narrativos sugeridos/exigidos por el mercado cinematográfico internacional sin por eso convertir su película en un producto más de la serialización global. En otras palabras, la dupla de realizadores adhiere a la tendencia de jugar con la ubicación de las cámaras y con trucos de montaje para ofrecer un relato ágil, cuyas secuencias aceleradas, fragmentadas, subjetivadas parecen inspiradas en un cuarto antecedente: Corre, Lola, corre. Al mismo tiempo consiguen preservar la identidad cultural y el subtexto crítico de la historia protagonizada por un changarín del famoso Mercado 4 de Asunción del Paraguay.

En este sentido, 7 cajas es más osada que La Salada, largometraje que Juan Martín Hsu pre-estrenó en el último BAFICI. El film ambientado en la feria popular de Lomas de Zamora retrata con más idealismo que realismo deseos, nostalgias y temores de ciudadanos extranjeros que vinieron a habitar suelo argentino en pleno siglo XXI.

Uno o dos flashbacks innecesarios es lo único que puede reprochársele a este trabajo desde el punto de vista formal. Por lo demás, la ficción de Maneglia y Schembori presenta las mismas agilidad y capacidad de sorpresa que Nueve reinas, un sentido del humor similar al desplegado en Fargo, igual intención crítica que Todo por un sueño.

A veces, las comparaciones dejan de ser odiosas para convertirse en prueba o garantía de calidad.

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