El color que cayó del cielo, de Sergio Wolf. Próximo estreno

‘Encantador’ es un buen adjetivo para definir El color que cayó del cielo, documental de Sergio Wolf que algunos espectadores descubrimos en abril pasado, en la 16° edición del BAFICI, y que se estrenará el próximo jueves 17 de julio en el Arte Multiplex de Belgrano y en el BAMA. ‘Encantador’ en un sentido literal, pues fascina o despliega un poder magnético el compendio de relatos recogidos sobre los meteoritos que cayeron -algunos siguen escondidos- en las localidades chaqueñas de Campo del Cielo y Mesón de Fierro.

El ahora ex director artístico del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente realizó un minucioso trabajo detectivesco que lo llevó -y en la pantalla nos lleva- desde el interior de la provincia del Chaco, cerca de la vecina Santiago del Estero, hasta Pittsburgh y Tucson en los Estados Unidos. La comparación con el género policial adquiere total legitimidad para el público dispuesto a adherir a la ilusión de cierta contraposición romántica entre el honesto geólogo William Cassidy y el inescrupuloso coleccionista Robert Haag (nombres dignos de representar a las figuras del bueno y del malo).

Wolf maneja muy bien el suspenso gracias a la diestra articulación de los testimonios que permiten reconstruir la historia de los meteoritos caídos, buscados, hallados, en ocasiones de traslado frustrado. No falta nada en esta recreación híperdocumentada: el rescate de la leyenda mocoví que parece aludir al fenómeno espacial ocurrido cuatro mil años atrás, la síntesis de la primera incursión con fines de explotación a manos del español Don Miguel Rubín de Celis (a fines del siglo XVIII), las entrevistas, por un lado, a dos protagonistas de la segunda incursión extranjera (norteamericana) con fines académicos (en los años ’60) y, por otro lado, al mencionado Haag y a los agentes de la policía provincial que lo detuvieron mientras intentaba apropiarse de una enorme pieza en los incipientes ’90.

El realizador nos envuelve en una aventura que excede los lineamientos del guión. Al menos ésta es la impresión que algunos espectadores nos llevamos cuando asistimos a la escena del hallazgo ante cámara de las filminas que Cassidy grabó durante su trabajo de campo en el Chaco, y que no recuerda si alguna vez reveló.

La fotografía de Fernando Lockett y Guido De Paula contribuye al vuelo poético de este trabajo irreductible a mero documental. Los cielos estrellados, nubosos, apenas rasgados por los primeros rayos del sol susurran la otra historia de los meteoritos, aquélla relacionada con su origen extraterrestre y con cierta ilusión de divinidad.

La voz en off de Wolf y los escasos planos que lo muestran en su rol de entrevistador trasuntan la pasión del realizador, en apariencia contenida pero no menos febril que la observada en los cazadores y protectores de un tesoro atípico para la mayoría de los mortales. Al calor de tanta intensidad se cocinó El color que cayó del cielo, relato de relatos que ejerce una irresistible atracción magnética, hipnótica, encantadora en el sentido literal del término.