Buitres

En su libro La Pachamama y el humano, Eugenio Raúl Zaffaroni invita a observar que «pese al presupuesto de que los animales son inferiores, el humano les atribuyó virtudes y defectos propios y exclusivos de él. La torpeza del asno, la fidelidad del perro, la nobleza del caballo, la satanidad del gato, la abyección del cerdo, etc. son valoraciones humanas conforme a las que se jerarquizó a los animales (…), y que permanecen vigentes para injuriar o exaltar a otro humano»…. El reconocimiento de esta costumbre ancestral que quizás haríamos bien en abandonar no impidió, sin embargo, que el lunes pasado sintiera la imperiosa necesidad de buscar material audiovisual sobre/con buitres ‘de verdad’ para ayudarme a digerir el fallo de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, adverso para la Argentina y favorable para NML, Aurelius, Blue Angel y otros fondos usureros mal llamados holdouts.

Entre los videos que encontré en YouTube me impresionó éste a nombre de Tracking the Wild. La cámara muestra durante minuto y medio a siete buitres que primero empiezan compartiendo y luego terminan disputándose los despojos de un búfalo que apenas adivinamos en el pastizal. Presten atención al ademán adusto que en especial uno de los pajarracos ejecuta cuando consigue imponerse sobre sus pares.

La combinación entre movimientos calculadamente lentos y cogote estirado confunde (todavía más) los tantos entre comportamiento animal e inconducta humana. Ya sabíamos que -como los Paul Singer o los Thomas Griesa– los buitres también se alimentan de presas desahuciadas. Lo que no sabíamos es que -al menos ante cámara- ambas clases de carroñero despliegan una coreografía similar, digna del tai chi chuan.

La homologación humano-animal que constata Zaffaroni desplaza, en este caso, la necrofagia de los buitres al terreno del canibalismo. Si estas aves llegan a engullir los restos de algún igual, será ocasionalmente, cuando la escasez de alimento es muy grande. Distinto es el caso de los bonistas usureros, cuyos hábitos antropofágicos distan de conformar un fenómeno excepcional; de ahí que constituyan una amenaza para poblaciones enteras.

En otras palabras, para estrechar el parecido con los fondos homónimos, los buitres de verdad deberían comerse más a menudo entre ellos, o al menos ensañarse con una subespecie vulnerable, acostumbrada a sobrevivir apenas, lo justo para ser alimento fresco de la subespecie más fuerte. Los científicos del Primer Mundo bien podrían diseñar un prototipo transgénico de buitre caníbal; seguro encontrarían inspiración en los Singer y en los Griesa.

En mi afán por encontrar algún digestivo audovisual contra el fallo de la Corte Suprema estadounidense, el lunes también di en YouTube con el capítulo ‘Buitres en la llanura’ de la versión animada (y más nueva) de Lucky Luke. En este episodio, el sindicato de funebreros le encomienda al inescrupuloso Deadflower la tarea de incrementar la bajísima tasa de mortalidad que registra Coffin Gulch o Quebrada del Ataúd. Escoltado por un buitre igual de cretino, el emisario viaja dispuesto a matar a nuestro héroe, garante de convivencia pacífica en ese pequeño pueblo.

Aunque desprovistos del genio de René Goscinny y Morris, los autores de esta aventura cumplen con dos reglas básicas de la historieta original: hacer que el cowboy triunfe más por astucia que por su legendaria destreza con las armas y sancionar al villano con un castigo de tipo moral, que esta vez consiste en expulsarlo del pueblo en el mismo ataúd donde se escondió por temor a la reacción de los habitantes de Coffin Gulch que le descubrieron el juego.

Desde mis años de infancia, siento un gran cariño por Lucky Luke. El lunes encontré otro motivo para quererlo en ese final que más de un compatriota elegiría para Singer, Griesa y demás buitres caníbales ansiosos por comer las entrañas no sólo de nuestra Argentina sino de todo país que les huela a sabroso despojo de la viciada economía mundial.

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