Adiós a la Hermana Bernarda

La noticia de la muerte de la Hermana Bernarda empezó a circular ayer por la tarde, días después de que Diario Veloz levantara un tweet con el pedido de una oración a favor de la recuperación de la monja, víctima de un ACV. Tras haber descartado el riesgo de que aquel anticipo fuera la antesala de una trampa similar a la que otro tweet -entonces falso- tendió en abril de 2011, nuestra prensa despide hoy a la monja y cocinera, inolvidable conductora de Dulces tentaciones.

Aquí, en Espectadores, recordamos fragmentos del viejo post que le dedicamos al programa emitido por El Gourmet. Además de aquella «invitación ineludible para estómagos golosos y manos reposteras», celebramos la presencia televisiva de Florentina Seitz (éste era su nombre de bautismo) porque «supo cautivar a una audiencia acostumbrada a cocineros fashion y grandilocuentes».

Sin dudas, la trayectoria y los modos de la religiosa de ascendencia alemana tenían poco que ver con la conducta generalmente ególatra y prepotente de quienes suelen causar sensación en nuestra pantalla chica. En cambio, evocaban la estampita tradicional -a esta altura anacrónica- de la abuela dedicada a su cocina y a su familia.

Por al menos dos razones, la Hermana Bernarda se parecía a más de una nona de carne y hueso: trabajaba con utensilios artesanales (nada de batidoras modernas ni hornos industriales, ¡mucho menos microondas!), y utilizaba las porciones y cantidades justas y necesarias (jamás derrochaba ingredientes, mucho menos comida).

A algunos espectadores nos gustaba verle las manos a Sor Bernarda. Nos gustaba cuando adornaba los platos con florcitas silvestres mientras hablaba de la importancia de agasajar a los seres queridos. Nos gustaba cuando se despedía a cámara con un beso esparcido en el aire, antes de desaparecer de escena.

Antes que un programa de la TV gastronómica, Dulces tentaciones nos resultaba un «pedacito de alma sensible, serena, generosa, cuyo brillo superaba al de las rutilantes luces catódicas». Con la muerte de la Hermana cocinera, nuestra memoria incorpora otro rinconcito en el refugio donde conviven recuerdos hechos de aromas y sabores entrañables.

Allí se encuentran Florentina/Bernarda y esa abuela que hace rato extrañamos. Apenas se reconocen, ambas se saludan con un beso volador, de ésos que atraviesan distancias, ventanas, pantallas.

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