El Día del Periodista y el desafío de acortar distancias siderales

Empecemos por dejar de confundir 500 años luz con 500 millones de años luz.
Empecemos por entender mejor el Universo y dejar de confundir cifras astronómicas.

La proximidad del 7 de junio, Día del Periodista, evoca el recuerdo de la pequeña digresión con la que Mariano Ribas acompañó su nota central sobre el descubrimiento del «exoplaneta de tipo terrestre” Kepler-186 f, que el suplemento Futuro de Página/12 publicó en abril pasado. Aunque circunscriptas al rubro del periodismo científico, las observaciones allí vertidas son válidas para el ejercicio del oficio en general, sobre todo porque señalan un par de inconductas frecuentes además de la imperiosa necesidad de informar con responsabilidad.

Ribas cuenta en su recuadro que la noticia del hallazgo de Kepler-186 f «tuvo un ingrediente local sumamente raro, disparatado, completamente absurdo», relacionado con la difusión mediática. En efecto, parte de la prensa argentina se refirió a los “500 millones de años luz” que separan la Tierra de esta suerte de «planeta primo», cuando la distancia correcta es de 490 años luz.

El autor de la nota asegura que las fuentes originales de la noticia y los cables subsiguientes redondearon la cifra a 500 años luz. Por lo tanto -agregamos en Espectadores- la inserción del vocablo «millones» fue obra de un redactor o bien atolondrado o bien con ganas de magnificar el impacto noticioso del anuncio de la NASA (cuanto más lejos se encuentra el planeta, más exótico -o digno de la ciencia ficción- sonaría el descubrimiento en cuestión).

Para Ribas, «publicar y repetir -varias veces y sin chequear- esta cifra completamente desquiciada» implica al menos «dos grandes errores conceptuales». El «menos grave» desconoce la imposibilidad científico-tecnológica de identificar estrellas y planetas ubicados a 500 millones de años luz (de hecho, se trata de algo impracticable a distancias cien mil veces inferiores). El «más profundo» ignora las escalas del universo o, en otras palabras, que el diámetro de nuestra galaxia mide poco más de cien mil años luz… o cinco mil veces menos que 500 millones de años luz: el Kepler-186 f no sólo forma parte de nuestra vía láctea, sino que se encuentra «aquí nomás de nuestro sistema solar».

Pasó más de un mes desde la publicación de aquel recuadro, y en Internet sólo encontramos dos pruebas de la falta que señaló Ribas: una en Diario Popular (aquí) y otra en el sitio web de TN. Probablemente como otros medios, el canal de noticias eliminó la palabra «millones» ante la advertencia de algún lector o editor atento. No hay trazos de la corrección -mucho menos fe de errata- en el artículo que se mantiene online, pero el registro del artículo original que ofrece The Way Back Machine (atención, hay que bajar hasta casi el final de la página para verlo) deschava la metida de pata.

Probablemente al igual que otros medios, TN eliminó el error que cometió en abril, sin pronunciarse al respecto.
Probablemente al igual que otros medios, TN eliminó el error que cometió en abril, sin pronunciarse al respecto.

En su nota central, Ribas también se refiere a otra inconducta periodística, esta vez observada a escala global (pero sin dudas extensible a nuestra prensa vernácula):

Poco después del anuncio de la NASA, medios de todas partes del mundo salieron al ruedo con titulares, digamos, apresurados. Se habló de un ‘planeta gemelo de la Tierra’, de un mundo ‘donde puede haber vida’, de un ‘lugar donde podríamos vivir’ y cosas por el estilo. Sin embargo, sus propios descubridores nunca afirmaron semejantes cosas. Al contrario, pusieron las cosas en su justa medida.

‘Si bien es cierto que Kepler-186 f es un primer caso, no es un record con el que ya estemos conformes’, dijo la astrónoma Elisa Quintana (Instituto SETI / Ames Research Center de la NASA, en Moffett Field, California), principal autora del paper publicado en Science».

Algunos lectores considerarán desacertada la ocurrencia de citar estos dos artículos a propósito del día de mañana. Acaso esgriman el argumento de que el denominado «periodismo científico» es una variante delicada del periodismo, una suerte de apéndice incómodo porque lidia con -y recuerda la existencia de- otra disciplina que investiga y difunde (en principio) de manera más rigurosa y (en principio) menos condicionada por la exigencia de impactar/cautivar. Desde esta perspectiva, la comparación con el discurso científico-académico le juega en contra al periodismo a secas.

En cambio, hay quienes consideramos al periodismo científico como la especialización que eleva los estándares de la práctica profesional. Por lo pronto, la teoría (y el sentido común) indica(n) que -a la hora de simplificar el discurso de los expertos, de bajarlo al entendimiento de una opinión pública lega en la materia, de divulgarlo sin traicionarlo en nombre de la primicia, de las «expectativas de la gente», del dramatismo inherente a anuncios significativos- los periodistas deben esforzarse más cuando informan/opinan sobre ciencia que cuando lo hacen sobre otros temas.

Por eso los artículos de Ribas vienen bien para insistir –como algún 7 de junio anterior– en la necesidad de autocrítica y de corrección, no de errores circunstanciales, sino de inconductas sistemáticas. También para invitar a celebrar el Día del Periodista con una promesa en mente: aquélla que apunta a acortar esos (millones de) años luz que a veces nos separan del ejercicio honesto, responsable, idóneo del oficio.

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