Aire libre, de Anahí Berneri

Crónica de des/amor, retrato generacional, aproximación a un tipo de argentino (porteño, profesional independiente, con poder adquisitivo suficiente para costearse el sueño de la casa propia con perros, jardín y pileta). Todo esto es Aire libre, película de Anahí Berneri que enseguida evoca el recuerdo cinéfilo de El campo de Hernán Belón, y que sin embargo sabe distinguirse de éste y otros precedentes.

En efecto, ambos realizadores cuentan la historia de un matrimonio con un hijo, que emprende el proyecto de reciclar y mudarse a una casa en las afueras de la ciudad (los personajes de Belón, un poco más lejos que los de Berneri). La puesta en marcha de una vida distinta (en el campo en un caso, con más aire libre en el otro) supone la renovación de los votos por una vida en común, por la consolidación de una familia que, en realidad, emprende un camino de desintegración.

Además de relatar una crónica parecida, Belón y Berneri también convocaron a Leonardo Sbaraglia para el rol protagónico masculino. Cuando a esta coincidencia le sumamos el antecedente del Martín que el mencionado actor encarnó en la primera y segunda temporada de En terapia, entonces algunos espectadores tememos que el estreno nacional del jueves pasado no provoque más que una indigesta sensación de déjà-vu.

Estas capturas de 'El campo', 'En terapia', 'Aire libre' justifican el temor al déjà vu.
Estas capturas de ‘El campo’, ‘En terapia’, ‘Aire libre’ justifican el temor al déjà vu.

Por suerte conjuran el presagio, por un lado, la precisión e intensidad con la que Berneri retrata a Lucía y Manuel (la directora ya demostró ser una especialista en estados de ánimo con las anteriores Un año sin amor, Encarnación, Por tu culpa), por otro lado la entrega de Sbaraglia y Celeste Cid, absolutamente dispuestos a desnudar cuerpo y alma al servicio del proceso de fastidio, distanciamiento, separación, desamor que transitan sus personajes.

Aire libre deja de evocar el recuerdo de El campo en cuanto nos absorbe la puesta en escena en general caótica, con ruido ambiente acorde. Es notable el contraste con la estética casi publicitaria que Belón eligió para su largometraje.

Quizás en este punto radique la mayor diferencia entre ambos films. Por momentos, el de Berneri se convierte en un pequeño ensayo sociológico que excede el fenómeno de la crisis de pareja. Nos asomamos entonces a la neurosis de porteños nacidos en la década del ’70, todavía afectados por el síndrome de Peter Pan (todavía sensibles a las fantasías que despertaron la letra, ritmo y coreografía de ‘Provócame’ de Chayanne), y reconocemos algunas hilachas de nuestra burguesía empleadora en cuanto la escuchamos pronunciar la expresión «esta gente».

Crónica de des/amor, retrato generacional, aproximación a un tipo de argentino, Aire libre espanta el temor inicial al déjà vu. Con su cuarta película, Berneri termina de abrirse paso entre los referentes del cine de autor nacional.

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