El rastro en los huesos. Homenaje a Clyde Snow y a sus discípulos

León Arslanian, atento a la exposición que Clyde Snow hizo en el juicio a las Juntas en 1986.
A la izquierda de la foto, León Arslanian le presta atención a la exposición de Clyde Snow, de espaldas, en el juicio a las Juntas en 1986.

El rastro en los huesos es el título de la suerte de retrato colectivo que la cronista argentina Leila Guerriero les dedicó a los integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense años atrás. La revista mexicana Gatopardo publicó el artículo en 2008 y la prestigiosa Fundación Nuevo Periodismo -que entonces dirigía Gabriel García Márquez- lo premió en 2010. Hoy, Espectadores transcribe cinco fragmentos de esta pieza periodística (cuya versión completa se encuentra disponible aquí), en homenaje no sólo al texano Clyde Snow -padre del EAAF que falleció el viernes pasado– sino a los discípulos que actualmente siguen trabajando para identificar y restituir los restos óseos de ciudadanos víctimas del terrorismo de Estado en Argentina, Chile, Guatemala, México, Sudáfrica, en la ex Yugoslavia entre otros rincones de nuestro sufrido planeta.

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Fragmento 1
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Entre 1976 y diciembre de 1983 la dictadura militar en la Argentina secuestró y ejecutó a miles de personas que fueron enterradas como NN en cementerios y tumbas clandestinas. En mayo de 1984, ya en democracia, convocados por Abuelas de Plaza de Mayo, siete miembros de la Asociación Americana por el Avance de la Ciencia llegaron al país. Entre ellos, un antropólogo forense -un especialista en la identificación de restos óseos: alguien que puede leer allí los rastros de la vida y de la muerte- llamado Clyde Snow.

Nacido en 1928 en Texas, Snow tenía su prestigio: había identificado los restos de Josef Mengele en Brasil. Por lo demás, bebía como un cosaco, fumaba habanos, usaba sombrero texano, botas ídem y estaba habituado a vivir en un país donde los criminales eran individuos que mataban a otros: no una máquina estatal que tragaba personas y escupía sus huesos. En ese viaje -el primero de muchos- dio una conferencia sobre ciencias forenses y desaparecidos en la ciudad de La Plata y la traductora, abrumada por la cantidad de términos técnicos, renunció en la mitad. Entonces un hombre rubio, todo carisma, dijo: «yo puedo; yo sé inglés».

Así fue como Morris Tidball Binz, 26 años, estudiante de medicina y dueño de un inglés perfecto, se cruzó en la vida de Snow. Durante las semanas que siguieron, Snow participó de algunas exhumaciones a pedido de jueces y familiares de desaparecidos, siempre en compañía de su nuevo traductor.

En el mes de junio, cuando tuvo que exhumar siete cuerpos de un cementerio del suburbio, decidió que iba a necesitar ayuda y envió una carta al Colegio de Graduados en Antropología solicitando colaboración. Pero no tuvo respuesta. Y fue entonces cuando Morris Tidball Binz dijo: «Yo tengo unos amigos».

Los amigos de Morris eran uno: se llamaba Douglas Cairns, estudiaba antropología en la UBA, y esparció el mensaje -“Hay un gringo que busca gente para exhumar restos de desaparecidos”- entre sus compañeros de estudio.

− «Yo estoy habituada a desenterrar guanacos, no personas», dijo Patricia Bernardi, 27 años, estudiante de antropología, huérfana de padres, empleada en la empresa de transporte de su tío.

− «A mí los cementerios no me gustan», puede haber dicho Luis Fondebrider, estudiante de primer año de antropología, empleado de una empresa de fumigación de edificios.

− «Yo nunca hice una exhumación», dijo Mercedes Doretti, estudiante avanzada de antropología, fotógrafa y empleada de una biblioteca circulante.

Clyde Snow fundó el EAAF. Antes supo identificar los restos de Mengele en Brasil.
Clyde Snow fundó el EAAF. Antes supo identificar los restos de Mengele en Brasil.

Pero después pensaron que no perdían nada si iban a escuchar, y así fue como a las siete de la tarde del 14 de junio de 1984, Patricia Bernardi, Mercedes Doretti, Luis Fondebrider y Douglas Cairns se encontraron con Clyde Snow y Morris Tidball Binz en un hotel del centro de Buenos Aires llamado ‘Hotel Continental’.

«Clyde nos pareció un tipo raro, pensábamos Cómo toma este viejo, cómo fuma» dice Patricia Bernardi. «Nos invitó un trago, y cuando nos explicó lo que quería hacer creí que se nos iba a ir el apetito. Pero después nos llevó a comer, y nosotros éramos estudiantes, nunca habíamos ido a un restaurante elegante. Comimos como bestias. Pero teníamos miedo. El país estaba muy inestable, y pensábamos Si acá vuelve a pasar algo, este gringo se va a su país, pero nosotros nos tenemos que quedar”.

Esa noche se despidieron de Clyde Snow con la promesa de pensar y darle una respuesta. “Me sentí conmovido, pero no tenían experiencia», contaba Clyde Snow años después al diario Página/12. «Les dije que el trabajo iba a ser sucio, deprimente y peligroso. Y que además no había plata. Me dijeron que lo iban a discutir y que al día siguiente me iban a dar una respuesta. Pensé que era una manera amable de decirme chau, gringo. Pero al día siguiente estaban ahí”.

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Fragmento 2
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Mercedes Salado es española, bióloga, trabajó en Guatemala desde 1995, forma parte del equipo desde 1997 y durante mucho tiempo sus padres, dos jubilados que viven en Madrid, creyeron que el oficio de la hija no era un oficio honesto.

Un día me llaman y me preguntan: Oye, Mercedes, lo que tú haces… ¿es legal?. Claro, cuando yo empecé con esto no se sabía muy bien qué cosa era Latinoamérica, y meterse en las montañas a sacar restos de guatemaltecos… Mis padres tendrían miedo de que los llamaran diciendo Su hija está presa porque se ha robado a uno.

Ahora en Madrid los vecinos me saludan, como uau, es legal. Lo que me sorprende del equipo es la coherencia. Se mantiene con proyectos, pero también hay un fondo común. Cada uno que sale de misión internacional pone ese salario en el fondo común. Y es un sistema comunista que funciona. Se hace porque se cree en lo que se hace.

Nadie hubiera estado veinte años cobrando lo que se cobra si esto no le gusta. Pero este trabajo tiene una cosa que parece como muy romántica, como muy manida. Y es que esto no es un trabajo, sino una forma de vida. Está por encima de tu familia, de tu pareja, por encima de tu perspectiva de tener hijos.

Nos hemos olvidado de cumpleaños, de aniversarios de boda, pero no nos hemos olvidado de una cita con un familiar. Y en el fondo es tan pequeño. ¿Qué haces?  Encuentras la identidad de una persona. Es la respuesta que la familia necesitaba desde hace tanto tiempo… y ya. Y eso es todo. Pero cuando le ves el rostro a la gente, vale la pena. Es una dignificación del muerto, pero también del vivo».

Después, con una sonrisa suave, Mercedes dirá que tiene un trauma: que no puede meter cráneos dentro de bolsas de plástico, y cerrarlas. «Me da angustia. Es estúpido, pero siento que se ahogan».

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Fragmento 3
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Analía González Simonett es, con Mariana, una de las últimas en llegar al equipo.

A mí lo que me sigue pareciendo tremendo es la ropa. Abrir una fosa y ver que está con vestimenta. Y las restituciones de los restos a los familiares. Acá una vez hubo una restitución a una madre. Ella tenía dos hijos desaparecidos, y los dos fueron identificados por el equipo.

La llevamos donde estaban los restos. Antes de ponerlos en una urna los extendemos, en una mesa como ésas. Josecito, decía y tocaba los huesos. Ay, Josecito, a él le gusta…”. La forma de tocar el hueso era tan empática. Y de repente dice ¿Le puedo dar un beso en la frente?.

El 6 de enero de 1990 los restos de Marcelo Gelman fueron velados en público. Pero antes su madre, Berta Schubaroff, quiso despedirse a solas. A puertas cerradas, en las oficinas del equipo, trece años después de haberlo visto por última vez, al fruto de su vientre lo besó en los huesos.

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Fragmento 4
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Patricia Bernardi dice que tiene deformaciones profesionales. La más notoria: le mira los dientes a las personas.

«No me doy cuenta. Hablo y les miro la dentadura. Porque nosotros siempre andamos buscando cosas en los dientes. Y el otro día vino el contador con una radiografía, y le dije: Che, ¿por qué no dejás alguna acá? Por las dudas…».

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Fragmento 5
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Cuenta la misma Patricia Bernardi…

Leila Guerriero, autora del retrato colectivo del Equipo Argentino de Antropología Forense.
Leila Guerriero, autora del retrato colectivo.

– A mí lo que sí me marcó un antes y un después fue El Petén, en Guatemala. Ahí en 1982 un pelotón del ejército ejecutó a cientos de pobladores. Nosotros sacamos ciento sesenta y dos cuerpos, en su mayoría chicos menores de doce años. No tenían heridas de bala porque, para ahorrar proyectiles, les daban la cabeza contra el borde del pozo y los arrojaban.

Llega un momento en que te acostumbrás a los huesitos chiquitos porque son muy lindos, hermosos, perfectos. Pero lo que te traía a la realidad era lo asociado.

– ¿Lo asociado?

– Los juguetes.

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