Hazte la fama…

Cobertura especial de Espectadores.
Cobertura especial de Espectadores.

«Hazte la fama y siéntete libre de traer cualquier engendro a un festival de cine independiente». Vale parodiar burdamente el conocido refrán para comentar en un mismo post los largometrajes que Mariano Cohn y Gastón Duprat por un lado y la gente de El Pampero Cine por el otro presentaron en esta nueva edición del BAFICI: los primeros en la sección ‘Vanguardia y género’; los segundos en la competencia nacional. De hecho, quienes seguimos la trayectoria de estos realizadores argentinos sabemos que ambas películas constituyen una obra menor en comparación no sólo con trabajos anteriores (Yo PresidenteEl artista, El vecino de al lado, Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo en un caso y Balnearios, El amor. Primera parte, Historias extraordinarias, El estudiante en el otro caso) sino con otros films proyectados en este 16º encuentro cinéfilo porteño.

Living stars, de Mariano Cohn y Gastón Duprat
¿Qué impresión causará Living stars en quienes desconocen los orígenes de Cohn y Duprat con Televisión Abierta? ¿Cuánto apreciarán el antecedente de la presentación en el Festival de Cine de Sundance?

Pocos le negarán originalidad a la idea de encender una cámara fija delante de gente ‘común’ dispuesta a bailar en el patio, jardín, living, cocina, dormitorio de su casa (un dentista eligió su consultorio) al ritmo de una canción favorita (All night long de Lionel Richie es aquélla del odontólogo), a veces con familiares, amigos, mascotas presentes en la escena. La sucesión de rostros satisfechos y coreografías entusiastas recuerda alguna teoría antropológica sobre el poder catártico de la danza.

Desde su título mismo, Living stars también evoca la remanida predicción de Andy Warhol sobre los quince minutos de fama que el futuro nos depararía a todos los mortales, y que nuestro presente ofrece -la mayoría de las veces- en bandeja televisiva. El audio del aplauso grabado que los realizadores insertaron al final del último plano-secuencia confirma la intención ilustrativa (con una pequeña cuota de sorna) de esta filmación experimental.

Ahora bien, la duración de una hora y cuarto resulta excesiva para esta suerte de catálogo académico filmado. Si este trabajo hubiera sido realizado por desconocidos, más de un espectador lo habría considerado una chantada antes que un hallazgo al servicio de la teoría antropológica o sociológica. Tampoco cuesta imaginar a los programadores del BAFICI solicitando una versión menos extensa para incluirla en algún foco de cortos.

El escarabajo de oro, de Alejo Moguillansky
¿Cuán divertida le resultará El escarabajo de oro al público sin la cuota de admiración necesaria para excusar/acompañar/celebrar el arranque narcisista que inspiró la ocurrencia autoparódica dirigida por Alejo Moguillansky y de producción coordinada por Mariano Llinás? ¿Cuánto estará dispuesto a aguantar en nombre de la fascinación que -lo comentamos días atrás– suele provocar el cine autorreferencial?

Como a Cohn y a Duprat, a los muchachos de El Pampero Cine tampoco puede reprochárseles falta de originalidad. Por lo pronto, si bien Woody Allen imaginó algo remotamente parecido cuando escribió Ladrones de medio pelo, y si bien Ben Affleck contó en Argo la historia real de unos agentes de la CIA que simularon producir una película de ciencia ficción para rescatar a compatriotas rehenes en Teherán, cuesta encontrarle un antecedente más explícito a este largometraje sobre un falso rodaje que un grupo de cineastas pone en marcha para camuflar la búsqueda de un tesoro antiguo.

Sin dudas, Moguillansky le dio rienda suelta a su creatividad cuando imaginó la fábula donde él y sus colegas amigos toman fondos extranjeros obtenidos para filmar la biografía de una ignota feminista danesa, y en cambio los reinvierten en la realización del supuesto rodaje de otra biografía -la de Leandro N. Alem- que los traslada a un pueblito homónimo situado en la provincia de Misiones, donde se encuentra enterrado el mencionado botín. Sobre todo al principio, el delirio resulta entretenido por la explicación entreverada del plan (en boca del siempre entrador Rafael Spregelburd) y por las características desopilantes del relato que rescata del olvido generalizado al fundador de la Unión Cívica Radical.

El problema surge -y crece- a medida que la crónica del rodaje avanza y el juego de superposiciones narrativas cede terreno al ejercicio de autoadulación. De ahí la necesidad de una cuota mínima de admiración para entender El escarabajo de oro como otra prueba del ingenio, la gracia, la capacidad reflexiva, la cultura que distinguen a la gente de El Pampero Cine, y no como una de esas fiestas concebidas para exclusiva complacencia y diversión del anfitrión.