El Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson

Tras abandonar la sala de proyección, la mayoría de los espectadores encontrará en El Gran Hotel Budapest una nueva razón para (volver a) adorar o detestar el cine de Wes Anderson. Curiosamente, admiradores y detractores justificarán sus opiniones a partir de observaciones sobre temas similares, por ejemplo, sobre cierta recreación nostálgica del ayer, sobre una narrativa y una estética de características extemporáneas para los parámetros actuales de la industria del entretenimiento (salvo, quizás, por la redacción de guiones verborrágicos), sobre el cruce del oficio cinematográfico con otras artes, sobre la apuesta a un elenco (cada vez más) multiestelar.

Quienes solemos disfrutar del trabajo del realizador norteamericano consideramos la película estrenada el jueves pasado como una oportunidad de reencuentro no sólo con el autor de Moonrise Kingdom, Vida acuática, Los excéntricos Tenenbaums, Rushmore sino con actores igual de apreciados: Bill Murray, Edward Norton, Owen Wilson, Jason Schwartzman, Tilda Swinton, Adrien Brody, Willem Dafoe, Harvey Keitel, Bob Balaban (que ya trabajaron con el director) y Ralph Fiennes, Jude Law, F. Murray Abraham, Jeff Goldblum, Saoirse Ronan, Tom Wilkinson, los franceses Mathieu Amalric y Léa Seydoux entre los debutantes.

Sin dudas, hacen a la gracia del largometraje la invitación a reconocer los rostros más o menos maquillados de las estrellas mencionadas, y la sospecha de que éstas habrán disfrutado mucho de los pequeños o grandes roles con los que contribuyeron a homenajear la condición inspiradora de los grandes hoteles de antaño. La estética tan delicada como artificiosa -por ejemplo el uso escenográfico de miniaturas- constituye otro atractivo a simple vista.

Anderson también le rinde honores a Stefan Zweig. Por si las citas sembradas a lo largo de la película (las escenas de apertura y cierre ambientadas al pie de una estatua, la caracterización de los personajes a cargo de Wilkinson y Law, la mención explícita antes de los créditos finales) resultaran insuficientes, este sitio subsidiario del sitio oficial del film destaca las siguientes palabras del escritor austríaco:

Aunque el mundo actual se aparte cada vez más de aquél que alguna vez conocí, el Zubrowka histórico de un ayer distante sigue ocupando mis pensamientos más profundos. Le dedico estas canciones a la gente de ese inolvidable lugar que desapareció y que, cuando mucho, sólo podemos imaginar».

Con algunos cambios, la declaración podría haber prologado las dos últimas películas de Anderson. De hecho, el título aquí reseñado y Moonrise Kingdom expresan nostalgia por un pasado que el realizador reconstruye sin ninguna intención documental, con absoluta -para algunos infantil e irritante- subjetividad.

En este punto vale recomendar la lectura de este artículo de The New Yorker que explica la afinidad del realizador texano con el escritor vienés de la primera mitad del siglo XX. Por otra parte, la definición de Zubrowka según Wikipedia confirma la coincidencia creativa entre ambas personalidades, es decir, cierta tendencia a resignificar un elemento de la realidad para convertirlo en eje de un mundo o pasado paralelo.

Entre otras cosas, la semblanza de Richard Brody cuenta que Hannah Arendt disparó municiones gruesas contra Zweig por repudiar al nazismo desde una postura que ella consideraba apolítica, producto del desconocimiento del contexto que ofició de caldo de cultivo para la asunción de Adolf Hitler al poder. Resulta interesante que algunos espectadores y críticos disconformes con El Gran Hotel Budapest le recriminen a su director algo parecido a aquella asepsia ideológica.

La observación vuelve a enfrentar a admiradores y detractores, esta vez en torno a la -nada original- discusión sobre la pertinencia de las lecturas políticas que podemos hacer del cine y sus diversos autores. Sin dudas, ésta es otra razón para recomendar el reciente -para algunos, encantador; para otros, anodino- estreno de Anderson.

————————————————————————————————————————————————————-
Posts complementarios
 Moonrise Kingdom de Wes Anderson (reseña)
 A propósito de Hannah Arendt