Adiós a Carlos Moreno

Algunos espectadores lamentamos la muerte de Carlos Moreno no sólo porque nuestros escenarios y pantallas pierden a un actor, director y maestro de actores. También porque pensamos en la tristeza de su esposa, la entrañable actriz Adriana Aizemberg, y de su hijo, el prometedor cineasta Rodrigo Moreno.

Aunque nunca los conocimos personalmente, estos mismos espectadores nos compusimos una imagen idílica de los integrantes de esta familia. Los imaginamos amorosos, unidos, íntegros, laburantes, solidarios, ajenos a toda veleidad estelar.

Tras formarse con Carlos Gandolfo y Agustín Alezzo entre otros grandes, Carlos ejerció como actor, director de teatro y maestro de actuación. Por su vasta trayectoria, en 2010 recibió el título honorífico de «Ciudadano Destacado» de su ciudad natal, La Plata, además de una plaqueta testimonial y de un diploma enviados por el alcalde de un municipio de Cádiz en reconocimiento a su ascendencia andaluza.

Sin embargo, la mayoría de los argentinos lo recordará como actor de reparto, sobre todo de televisión. Los cabellos negros y la contextura retacona le depararon personajes en general funcionales a los estereotipos más difundidos del conurbano bonaerense. El intendente corrupto de El puntero es uno de los ejemplos más ilustrativos en este sentido.

Moreno y su familia rara vez expusieron su vida privada. A lo sumo en alguna entrevista se refirieron tangencialmente al transplante de hígado al que Adriana se sometió en 2003 y al infarto que Carlos sufrió en septiembre del año pasado.

Por lo demás, nunca buscaron los flashes y los flashes tampoco los buscaron a ellos. De ahí que la prensa le haya dedicado una cobertura tan escueta a este fallecimiento. De ahí que algunos espectadores despidamos al actor y director con la convicción de que, además de enamorado de su oficio, fue un buen maestro, colega, padre, marido. Como cuando muere un buen amigo, nos duele no sólo la partida sino el vacío que la ausencia provoca en la familia.