Escándalo americano, de David Russell

Escándalo americano no ganó ninguno de los diez Oscar por los que compitó la noche del domingo pasado, ni siquiera los correspondientes a dos categorías con tan escasa prensa como «vestuario» y «producción». Quizás los miembros de la Academia hayan entendido que la nueva película de David Russell tiene demasiadas similitudes con las predecesoras El ganador y El lado luminoso de la vida. De ahí que las desventuras del estafador Irving Rosenfeld hayan entusiasmado menos que la historia del boxeador Micky Irish Ward y la del docente bipolar Pat Solitano.

Desde esta perspectiva, el realizador neoyorkino habría sido lo suficientemente distinguido en 2011 cuando The fighter obtuvo dos de las siete estatuillas que disputó (una fue a parar a manos de Christian Bale por su desempeño como actor coprotagónico) y en 2013 cuando Silver linings playbook retuvo una de las ocho nominaciones (a manos de Jennifer Lawrence como actriz protagónica).

Bale trabajó con Amy Adams en El ganador, y Lawrence con Bradley Cooper en El lado luminoso… Reencontrar a ambas duplas en Escándalo americano refuerza la sensación de déjà vu que se consolida a medida que avanza el relato sobre otro personaje marginal cuyo entorno y avatares revelan la contracara oculta del american dream.

Hasta aquí la lógica que en principio justifica el dictamen de la Academia, y que por lo tanto subestima las diferencias entre una producción efectivamente serial y una filmografía tal vez digna de la etiqueta «cine de autor». Al parecer, Russell comete el doble pecado de mostrarse especialmente sensible a cierto tipo de personaje y de dejar en claro sus preferencias actorales. ¿A qué cineasta se le ocurre ejercer de manera tan explícita?

Si nuestras hipótesis son acertadas, causa un poco de gracia que justo Hollywood sancione la repetición de fórmulas. Acaso sean otros los motivos por los cuales la Academia terminó restándole mérito a American hustle (éste es el título original): ¿el sentimiento de desconfianza que suelen provocarle los antihéroes sin voluntad de adaptarse al sistema?, ¿la caracterización burlona del FBI?, ¿la mención de otros escándalos americanos -como el Watergate y la Guerra de Vietnam- que cuestiona la pretendida peligrosidad de sujetos como Irving?, ¿la alusión a un Estados Unidos viciado por el crimen organizado y ajeno al modelo de democracia virtuosa que dice encarnar?

Como Catch me if you can, American hustle ridiculiza el desempeño del FBI ante las correrías de un estafador profesional. Sin embargo, a diferencia de Steven Spielberg (y, dicho sea de paso, también del Martin Scorsese que dirigió El lobo de Wall Street), Russell no rescata del oprobio al agente encargado de representar a la oficina de investigación gubernamental. Al contrario, le depara un final humillante: quizás esta decisión narrativa haya conspirado contra las chances iniciales de ganar algún Oscar.

Escándalo americano pierde puntos cuando la comparamos con otros dos largometrajes sobre estafas geniales: El golpe de George Roy Hill -que, nobleza obliga, la Academia premió con siete estatuillas justo cuarenta años atrás– y Nueve reinas de Fabián Bielinsky. El guión que Russell escribió con Eric Warren Singer no alcanza la perfección de estas predecesoras, y las actuaciones -sobre todo de Cooper y Lawrence- resultan burdas al lado de las de Paul Newman y Robert Redford, incluso de aquéllas de nuestros Ricardo Darín y Gastón Pauls.

En cambio, esta comedia recupera puntaje ante las favoritas Gravedad y 12 años de esclavitud. Sin dudas, entretiene más que el gran simulador espacial y la clase de Historia elemental. Por un lado, apela a un sentido del humor que contrarresta la tóxica solemnidad de los productos de Alfonso Cuarón y Steve McQueen. Por otro lado, nos complace con una recreación de los años setenta, que poco debe envidiarles a las series Mad men y That ’70s show.

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