Dallas Buyers Club o El club de los desahuciados, de Jean-Marc Vallée

El club de los desahuciados es el título en castellano que UIP eligió para distribuir Dallas Buyers Club en los países hispanófonos. Desembarca hoy jueves en la cartelera porteña, y el próximo domingo 2 de marzo competirá por seis premios Oscar en las categorías «película del año», «guión original», «actor protagónico», «actor secundario», «edición», «maquillaje y peinado». Curiosamente, el nuevo largometraje de Jean-Marc Vallée se estrena y aspira a la obtención de alguna estatuilla dorada justo dos décadas después que la taquillera Philadelphia de Jonathan Demme.

La distancia temporal entre ambos retratos de un enfermo de sida parece explicar parte de las diferencias que juegan a favor del film coprotagonizado por los impactantes y casi irreconocibles Matthew McConaughey y Jared Leto. Por lo pronto, pocos espectadores habrán imaginado en 1993 que, veinte años después, un tal Ron Woodroof terminaría confinando al bueno y sufrido Andrew Beckett al depósito de personajes al servicio de la corrección política hollywoodense.

En aquel entonces, nadie se habría atrevido a abordar el sufrimiento asociado a la portación de HIV a partir de la experiencia de un paciente alcohólico, drogadicto, promiscuo, homófobo que además se permite desafiar las instituciones científica, médica, farmacéutica y la Food and Drug Administration (equivalente norteamericano de nuestra ANMAT). El brillante abogado Beckett tenía una sola mancha en su haber -una infidelidad circunstancial, presunta responsable del contagio fatal- y su lucha se circunscribía al desarrollo del juicio laboral contra los patrones que lo echaron alegando incompetencia cuando el verdadero motivo era su condición sidosa y gay.

Al siempre ascético Tom Hanks no le habría dado el cuero para encarnar al repelente (por lo menos al principio) Woodroof a cargo de McConaughey. A menos que hubiera trabajado para Pedro Almodóvar, Antonio Banderas tampoco habría podido con un personaje como la travesti heroinómana que compuso Leto.

Nobleza obliga, en este punto cabe preguntar si el espectador promedio de principio de los ’90 se habría bancado algo más osado que la visibilización de la pareja conformada por Andrew y Miguel. En todo caso, es poco probable que estuviera preparado para asistir al muestrario de excesos cometidos por Ron y Rayon.

Veinte años después, Philadelphia retumba en nuestra mente cinéfila como el recuerdo de una ficción destinada a cierto propósito concientizador, en esta ocasión, contra los prejuicios y la discriminación que engendró la desinformación en torno a la denominada «peste rosa». Superada esa instancia estigmatizadora, El club de los desahuciados arremete contra quienes se proclaman guardianes de la salud pública mientras lucran con toda enfermedad redituable.

Quienes seguimos a Vallée desde C.R.A.Z.Y (o Mis gloriosos hermanos) celebramos este reencuentro superador de la desilusión que sentimos años atrás ante La joven Victoria. Sin dudas, el director canadiense filma la conversión personal y militante de Ron con la misma rigurosidad y sensibilidad -en cambio no con la misma creatividad- que demostró en 2005 cuando contó el despertar (homo)sexual del joven Zachary Beaulieu.

A diferencia de Stephen Frears con Philomena, este realizador ofrece algo más que la prolija adaptación cinematográfica de una historia real. De hecho, Dallas Buyers Club consigue trascender la historia de vida singular para abordar el tema universal de la desprotección de los ciudadanos rasos ante algo peor que la enfermedad: los intereses económicos y corporativos que respaldan -o desatienden según el caso- la búsqueda de una cura al alcance de todos.

Acaso ésta también habrá sido una idea impracticable para la mentalidad hollywoodense de los incipientes ’90.

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