Nebraska, de Alexander Payne

En esta entrevista que el diario Página/12 publicó el jueves pasado, Alexander Payne explica porqué filmó la recién estrenada Nebraska en CinemaScope y en blanco y negro.

Es la historia de un hombre viejo y, por lo tanto, es melancólica. Transcurre en otoño, cuando el viento sopla y los árboles parecen esqueletos de árboles. Yo quería filmar eso: el esqueleto de las cosas y el de la gente. No en sentido fúnebre, sino de despojamiento. La esencia misma de las cosas, el hueso.

El CinemaScope es justamente para captar el ambiente, para que el ambiente se sintiera en pantalla. Pero hay otro nivel de significación, que es que dos años atrás, cuando comenzamos a rodar, Estados Unidos se hallaba en plena crisis económica. Eso me hizo querer asociar visualmente la contemporaneidad con los tiempos de la Depresión de los años ’30. Y esos tiempos los vimos en blanco y negro».

La estética elegida para este fresco del Estados Unidos profundo. El protagonismo acordado a un hombre mayor, que parte de su entorno supone al borde de la chochera. El foco puesto en la relación entre este Woody Grant y su hijo menor David. La convocatoria a Bruce Dern para el papel principal. La recreación de un presente íntimamente conectado con un pasado poco conocido y apenas mencionado. Todos estos elementos convierten a Nebraska en la menos hollywoodense de las producciones estadounidenses nominadas para los premios Oscar.

Sin embargo, cabe señalar la curiosidad, el film compite en seis de las categorías con mayor reputación: mejor película, mejor dirección, mejor guión original, mejor fotografía, mejor actor protagónico, mejor actriz de reparto. Al parecer, los miembros de la Academia son tan sensibles a ese «hueso» que el director de Entre copas pretendió filmar como a las espaldas azotadas de 12 años de esclavitud y a los efectos especiales (o espaciales) de Gravedad.

En cambio, algunos espectadores preferimos el cine de Payne a aquellas grandes superproducciones seriales que, diferencias temáticas y creativas al margen, coinciden en contar fábulas edificantes protagonizadas por individuos con una resistencia y/o capacidad de (auto)superación suprahumana. A diferencia de estos héroes de celuloide, los mencionados Woody y David lidian a duras penas con un presente mucho menos traumático que los años de explotación que Solomon Northup soportó en una plantación sureña de mediados del siglo XIX y que la experiencia al filo de la muerte de la Dra. Ryan Stone durante su fallida misión extraterrestre.

Con el guión de Bob Nelson, la cámara de Payne consigue sacarle más de una radiografía al «esqueleto de las cosas y la gente». De ahí la condición universal de un relato sobre el paso del tiempo en términos individuales, vinculares, generacionales y sobre ese «volver» a un lugar y a un tiempo lejanos, en principio irrecuperables, que nuestros Alfredo Lepera y Carlos Gardel por un lado y Pedro Almodóvar por el otro supieron describir para la posteridad.

Como los compositores argentinos y el cineasta español, el realizador norteamericano también utiliza una lente local para su retrato. La alusión a la Guerra de Corea, la importancia atribuida al dinero y a los autos, la referencia a un presente acorralado por los fantasma del desempleo y del abandono estatal, la omnipresencia de las bebidas alcohólicas y de un televisor encendido siempre cerca, el acento red neck son algunos de los condimentos idiosincráticos que sazonan este otro fresco sobre la difícil convivencia entre el ayer y el hoy.

Sin dudas, los veteranos Dern y June Squibb merecen las nominaciones acordadas por la Academia de Hollywood. Más que eso, son dignos de los personajes que interpretaron a pedido del director. En este punto habrá que agradecer a Nelson el alumbramiento del matrimonio conformado por los aparentemente irreconciliables Woody y Kate.

Con razón, parte del público le reprochará a Nebraska cierta falta de originalidad (en efecto, ésta no es la primera road movie que auspicia un reencuentro reparador). Sin embargo, la nueva película de Payne evita los lugares comunes propios del ¿sub?género rutero; por eso quedará anclada en la memoria de algunos espectadores, acaso con más fuerza que su exitosa predecesora, la colorida -y bastante menos huesuda- Entre copas.

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