La gran aventura Lego… de LEGO

Advertainment‘ es el neologismo inglés que usamos a mediados del año pasado en este adelanto sobre JOBS, y que hoy volvemos a invocar para comentar La gran aventura Lego, de reciente estreno global. De hecho, la película animada que la Warner Bros co-produjo con Village Roadshow Pictures y la mismísima LEGO es otra expresión de cine publicitario al servicio de grandes compañías, en este caso de la reconocida empresa danesa pionera en la producción y comercialización de mini-bloques, ladrillos, ruedas para armar libremente o con instructivo en mano.

El largometraje que dirigieron Phil Lord y Christopher Miller impresiona porque no disimula un ápice ni la intención publicitaria ni la colaboración con cierta estrategia audiovisual concebida para alimentar al consumidor compulsivo que todo espectador lleva dentro (o, mejor dicho, para engordar al primero y desnutrir al segundo). Acaso este descaro sea otra prueba de cuánto ha avanzado la mencionada estrategia: desde la experiencia positiva de Fed Ex y las pelotas Wilson con Náufrago, gran parte del público celebra que las empresas consideradas piolas también tengan presencia cinematográfica.

A poco de iniciada la película, mientras la voz de Lucy -alias ‘Estilo Libre’- explica el plan malvado del Sr. Negocios, la pantalla proyecta capturas de los mundos LEGO que corren peligro (la secuencia parece una presentación PowerPoint de las portadas de cajas exhibidas en vidrieras y estantes de jugueterías). Otro ejercicio de publicidad obscena es el desfile de personajes secundarios, que revela la variedad de muñequitos disponibles, y que recuerda la existencia de las series de TV emitidas por Cartoon Network y Nickelodeon (Lego Batman y Lego Star Wars por ejemplo).

Con una estética y un ritmo propios de los videojuegos (otra rama de la compañía), el film resulta abrumador para el adulto alérgico al exceso de despliegue audiovisual (el estribillo de la canción ‘Todo es increíble’ sigue retumbando en su cabeza horas después de terminada la función). En cambio, satisface al espectador de atención volátil que reencuentra las virtudes del zapping en la alternancia de escenarios, personajes y subtramas.

La gran aventura Lego ofrece el mismo entretenimiento fragmentado que los canales infantiles, donde los spots publicitarios, los adelantos de programación y/o los cortos institucionales segmentan el dibujo o serie central. La fábula que pergeñó Dan Hageman es una suerte de engrudo narrativo que une las diversas piezas de retórica promocional.

De ahí, quizás, la sensación pegajosa que producen las enseñanzas sobre la importancia de reconocernos personas especiales, sobre la necesaria articulación entre el trabajo en equipo y la creatividad individual, sobre la distancia -a veces abismo- entre niños y adultos (hijos y padres), sobre el ejercicio del poder (paterno/empresarial), sobre la peligrosa confusión entre autoritarismo y autoridad. Amén de la contradicción que algunos espectadores creemos percibir entre estos postulados y el espíritu masificador, machacador, acrítico, corporativo del cine publicitario.

Desde esta perspectiva, las desventuras de Emmet (dicho sea de paso, éste podría haber sido el título del largometraje si la gente de LEGO hubiera sido más recatada) no constituyen más que una herramienta para seguir vendiendo. La estrategia de marketing es, sin dudas, exitosa: así lo prueba el récord de taquilla que los medios -entre ellos, la revista Forbes (aquí) y The Washington Post (aquí)- revelaron a principios de esta semana.

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