Deshora, de Barbara Sarasola-Day

Entre los estrenos porteños previstos para el jueves próximo, Deshora llamará la atención de los espectadores en busca de algún refugio ante tanta película nominada para los premios Oscar. Por lo pronto, la ficción de Bárbara Sarasola-Day presenta tres características atractivas para este público atípico: su condición de opera prima (la experiencia de descubrimiento siempre resulta alentadora), el origen salteño de la directora (que evoca inexorablemente al cine de Lucrecia Martel), el antecedente de una primera proyección en la 63ª Berlinaleen el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente del año pasado (otra oportunidad para ponerse al día con la programación del 15º BAFICI, esta vez, en las salas Cosmos y Gaumont).

Sin duda, la ambientación del largometraje en una chacra del interior salteño y el disparador narrativo que supone la llegada de un pariente lejano (prácticamente desconocido) a este hogar conformado por un matrimonio en crisis parecen prometer, un poco a la manera de La ciénaga o de La mujer sin cabeza, la eclosión de un drama íntimo que pondrá de manifiesto algunas taras de la clase social a la que pertenecen los protagonistas. Sin embargo, la eventual influencia marteliana se diluye a medida que el largometraje avanza, y desaparece del todo cuando se empecina en sobredimensionar la naturaleza disruptiva del tercero en discordia.

Los espectadores se asomarán a la cotidianeidad de Ernesto y Helena a través de los ojos de Joaquín, cuyo acento extranjero y anatomía joven anuncian desde el principio su misión perturbadora en esta historia. Durante la primera mitad del relato, Sarasola-Day sabe retratar la tensión entre los personajes en un contexto de violencia contenida, es decir, admitida en circunstancias específicas como una práctica de tiro y una riña de gallos.

Por su parte, el siempre enérgico Luis Ziembrowski, María Ucedo (por fin a cargo de un rol protagónico) y el desconocido por estas tierras Alejandro Buitrago encuentran las medidas justas para expresar distintos matices de deseo, pasión, resentimiento, vergüenza, conflicto. Esta otra directora salteña también sigue a sus actores con una cámara tan atenta a los pequeños gestos como a la representación sexual de vínculos (auto)destructivos.

El único gran defecto de Deshora radica en la aparente necesidad de sorprender al público y, con este objetivo en mente, en la imposición de una vuelta de tuerca artificiosa que roza la caricatura, y que por lo tanto atenta contra la maduración del relato. A partir de este desafortunado traspié, las virtudes de un comienzo prometedor pierden consistencia y ceden espacio a un ejercicio narrativo menor sobre un despertar sexual contrariado.

Dicho esto, el debut profesional de Sarasola-Day no deja de ser un primer paso interesante, digno de la atención de aquellos porteños más sensibles a las nuevas propuestas del cine nacional que al desembarco serial de candidatas al Oscar. Quizás la directora salteña termine desencantando o gustando con algunos reparos pero, seguro, invita a esperar un segundo trabajo capaz de heredar las virtudes y erradicar los defectos del primero.

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Contenidos complementarios
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