Capitán Phillips, de Paul Greengrass

– Debe haber otra cosa además de ser pescador o secuestrar gente.
– Quizás en los Estados Unidos, Irish, quizás en los Estados Unidos».

Algunos espectadores pegamos un respingo cuando escuchamos este mini-diálogo en el trailer de Capitán Phillips, tanto que lo esperamos ansiosamente mientras vemos la película nominada a seis premios Oscar. En otras palabras, nos intriga el alcance de esta referencia a la actualidad internacional que, en caso de extenderse demasiado, terminaría atentando contra la potencia de este relato clásico, concebido para que el público se identifique con el héroe (que, no por casualidad, encarna Tom Hanks).

Ya lo demostró con Vuelo 93: además de un muy buen narrador («storyteller«, dicen los norteamericanos), Paul Greengrass es un tipo inteligente. Por lo pronto entiende que una contextualización -mínima, eso sí- contribuye en términos de verosimilitud.

Sin el intercambio de palabras transcripto al principio de este post, sin ese comienzo que apenas sugiere (pero que basta para señalar) el contraste entre la vida de Richard Irish Phillips en los Estados Unidos y la sobrevida de Muse en Somalía, la crónica del secuestro -primero del Maersk Alabama, luego del protagonista- podría haberse convertido en uno de esos relatos maniqueos que Hollywood produce para justificar la cruzada contra, en términos de George W. Bush, «el Eje del Mal«.

Dicho de otro modo, el director británico toma los recaudos necesarios para humanizar a estos piratas africanos: desde hacerles aclarar que no son Al Qaeda (a no confundirlos con esos villanos inexcusables) hasta concederles el derecho de explicar su accionar a partir de la conducta depredadora de los Estados Unidos en aguas y territorios extranjeros. En esta instancia, el realizador expone otro gran contraste: aquél entre la escasez de recursos que utilizan los asaltantes somalíes y la parafernalia tecnológica que despliegan los civiles y militares americanos.

Igual que en Vuelo 93, aquí también Greengrass sugiere que los artefactos de última generación distan de asegurar una defensa eficiente. Esta relativización del poderío estadounidense también contribuye a evitar el riesgo de maniqueismo: así como los agresores quedan afuera de la categoría «malos», los agredidos y sus rescatistas tampoco son impolutos.

Además de contribuir en términos de verosimilitud, los matices suman puntos a favor de la tensión narrativa. En general, los duelos entre el Bien y el Mal resultan más previsibles -por lo tanto menos interesantes- que los enfrentamientos a escala humana. En este sentido cabe destacar la escena donde los piratas intentan abordar el Maersk Alabama desde una lancha precaria, con una escalerita de morondanga y sacudidos por los enormes chorros de agua que les escupe la embarcación monumental: aún cuando compartimos el miedo de la tripulación estadounidense, algunos espectadores sentimos piedad por estos desheredados de la Tierra que las circunstancias convirtieron en secuestradores.

Dicho esto, Greengrass nunca deja de contar la historia desde el punto de vista de Phillips. De hecho, en la entrevista que le concedió a The Economist, el realizador atribuyó esta coherencia narrativa a sus inicios profesionales, cuando dirigía documentales: «(en ese entonces) aprendí a sostener un punto de vista sólido, a definir la manera en que voy a contar la historia, qué importa, qué incluir y qué descartar para que el largometraje conserve cierto sentido de urgencia».

Por su calidad narrativa y técnica (son escasas las películas de acción filmadas en pleno océano), Capitán Phillips atrapa a la mayoría de los espectadores. Aún a quienes consideramos que USA comete delitos mucho más graves que el secuestro recreado. Aún a quienes entendemos que el verdadero objetivo de las referencias a la actualidad mundial no es denunciar la responsabilidad del Primer Mundo por los monstruos que engendra y luego intenta controlar, sino aprovechar el potencial de un relato de acción y suspenso, «inspirado en la vida real».

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