Cero en Comunicación y/o Educación Cívica para la AFIP

La segunda parte de la consigna falta del banner diseñado para la Web.
Falta la segunda parte de la consigna en este ‘banner’ diseñado para la Web.

«Registrá a la persona que trabaja en tu casa, dale derechos» es la consigna de la campaña de concientización ciudadana que la Administración Federal de Ingresos Públicos anunció en octubre pasado a través de su publicación digital, Diálogo Fiscal. La brevísima gacetilla de prensa invita a mirar los tres spots audiovisuales que, como las versiones gráficas y radial (¿no así online?) de esta iniciativa, tienen el tino de apostar a la dualidad del verbo «registrar» en tanto sinónimo de «inscribir» y de «reconocer», pero cometen la imperdonable falta comunicacional y/o de formación cívica que confunde la acción de «dar» con la de «respetar» (u otra vez «reconocer»).

El desacierto institucional inspira al menos tres hipótesis. La primera señala la irrupción de un acto fallido, que Sergio Sinay describió en su sitio web y que seduce a los detractores del Gobierno. Desde esta perspectiva, la campaña de la AFIP revelaría la verdadera ideología kirchnerista, que promueve la concesión de derechos siempre y cuando los beneficiarios paguen con algo a cambio: militancia, obsecuencia, subordinación, silencio, enumera el autor de las reflexiones ontológicas que La Nación publica en su revista dominical. Luego remata: «Así han gobernado, así ven el mundo».

En el polo opuesto de aquella interpretación, la segunda hipótesis seducirá a los compatriotas kirchneristas que se resisten a admitir errores, contradicciones, desmanejos en la actual gestión. Según este análisis, los autores de la campaña habrían entendido que la mejor estrategia para ganarse al destinatario -es decir al prototipo del patrón- consiste en interpelarlo con su propio discurso. En otras palabras, se trata de hablar su mismo idioma para que siga sintiéndose dueño -y por lo tanto administrador- de los derechos de sus empleados. Antes que educarlo (o recordarle que debe cumplir con sus obligaciones de empleador) importa convencerlo sin violentarlo, es decir, conservarle cierta ilusión de superioridad y de autoridad para que acate la Ley.

Curiosamente esta hipótesis comparte con su predecesora el reconocimiento de una mentalidad, aquélla que Sinay personaliza en su texto: «no creen en los derechos, (sino que) hay alguien que es más que el otro» y en el mejor de los casos ese alguien da porque quiere o le conviene, y no porque deba o le corresponda hacerlo. La diferencia radica, por un lado, en la identificación de los dueños de esa mentalidad (los «populistas y autoritarios» para el columnista de La Nación Revista; el patrón o empleador promedio en el imaginario de quienes respaldan el trabajo de los autores de la campaña). Por otro lado, también cambia la calificación de la estrategia comunicacional: fallida y a la vez sintomática de un gravísimo defecto enmascarado; pertinente pues busca dar en el clavo sin levantar la perdiz.

La tercera hipótesis deriva de la opinión crítica que algunos entendidos y legos en la materia tenemos sobre la estrategia comunicacional del oficialismo (aunque relacionados con otros temas, vale citar a modo de ejemplo este llamado de atención de Eduardo Aliverti en Página/12 y esta invitación al debate de Washington Uranga en el mismo diario). Desde este punto de vista, la campaña de la AFIP constituiría otro ejemplo de impericia, si se quiere retórica, que revela -no la mentalidad autoritaria y mafiosa que denuncia Sinay- sino la ignorancia de quienes desconocen que, en un Estado de Derecho, ningún ciudadano (por más empleador que sea) tiene la potestad de otorgarle o quitarle derechos al prójimo.

Desde esta perspectiva, la falta también es grave pues alimenta la creencia de que el empleado doméstico es un sujeto pasivo, a merced de la buena voluntad de su patrón que «da», esta vez porque el Estado se lo pide. La consigna de la AFIP subestima tanto la Ley y/o sobreestima tanto al patrón que evita toda alusión al cumplimiento cívico de una obligación y al eventual reclamo del empleado cuando su derecho (a estar en blanco) no es respetado.

Por si hiciera falta alguna otra prueba, los protagonistas de los tres spots que Diálogo Fiscal subió en octubre pasado (una mucama, un jardinero, una niñera) no protestan ante el ninguneo de sus empleadores. Al contrario, reaccionan con sentido del humor ante el destrato representado como distracción inofensiva y por lo tanto libre de sanción. 

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