La vida de Adèle, de Abdellatif Kechiche

A casi dos semanas de su estreno local, aún quienes no vieron La vida de Adèle saben que la película de Abdellatif Kechiche causó sensación primero en el Festival de Cannes del año pasado, luego en los países donde se estrenó comercialmente. Antes y después del desembarco en la Argentina, la prensa local se concentró en la naturaleza apasionada del largometraje, característica que excede la historia de amor inspirada en la historieta Le bleu est une couleur chaude (o El azul es un color cálido) que Julie Maroh publicó en 2010, tanto que provocó una fractura ¿irreparable? entre el director y las actrices protagónicas (sobre todo una de ellas disparó munición gruesa contra el realizador y éste amenazó con iniciarle acciones legales).

Si no lo hicieron ya, los lectores encontrarán una incontable cantidad de anticipos, entrevistas, críticas que anuncian/alaban (con razón) el talento de Kechiche, Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux a la hora de retratar esa suerte de amor visceral e inmanejable cuya inexorable extinción cuesta tanto aceptar y superar. De ahí que la autora del presente post se conforme con expresar una adhesión incondicional a ese elogio generalizado, y en cambio prefiera explayarse sobre otros aspectos del film que la cautivaron por igual y que nuestros medios no abordaron.

Parafraseando a Armando Manzanero, ese tipo de amor como no hay otro igual desconoce distinciones de raza, clase social, religión, nacionalidad, nivel de instrucción. El segundo talento del director consiste entonces en haber sabido colorear esta condición universal con las particularidades contextuales de la historia que protagonizan Adèle y Emma.

Desde esta perspectiva, La vida de Adèle también propone un interesante fresco de la indiosincrasia francesa, no sólo en relación con el amor en general (y con el amor homosexual en particular), sino también con la comida, con los libros, con la familia, con la educación formal. Por ejemplo, las escenas que muestran a un profesor y a sus alumnos de un tercer año de secundario cuando analizan La vie de Marianne de Pierre de Marivaux, aquella otra donde una profesora comenta Antígona y el fragmento de la marcha a favor de la escuela pública contribuyen a caracterizar a la protagonista más allá del eje narrativo principal y a un país que forma a sus ciudadanos de una manera diferente al nuestro.

La cámara de Kechiche se concentra especialmente en la mirada de las chicas enamoradas y de los personajes secundarios que las pretenden, a tono con la costumbre gala de seducir a partir del contacto visual antes que con la verba (a contramano de los argentinos más bien afectos al chamuyo). Éste es otro ejemplo de color local que, de paso, preserva a la película de la verborragia tan frecuente en el cine de mala calidad.

El contraste entre la importancia acordada a la sutileza de las miradas y la naturaleza explícita de las escenas de sexo que tanto desvelaron a nuestros críticos (y a más de un espectador) ilustra la capacidad del director para describir la trayectoria del amor pasional entre los primeros destellos de complicidad visual y la consumación orgásmica de carácter explosivo. Entre uno y otro extremo, Kechiche, Exarchopoulos y Seydoux hacen gala de su enorme ductilidad.

En las antípodas de los personajes cuya pasión retrata Hollywood (Tristan y Susannah por ejemplo), Adèle y Emma se revelan de carne y hueso. Lejos de estereotiparlas, Kechiche las muestra a escala humana, sin ahorrarles mocos, sudor, lágrimas… ni los retazos de idiosincrasia francesa que las definen con impresionante versatilidad.