Demasiada felicidad, de Alice Munro

Durante un tiempo traté de escribir novelas y no llegué a ningún lado. La novela se descalabraba a mitad de camino y yo perdía interés. Ante este fenómeno desalentador, preferí no insistir… Ahora siento que escribo historias ni muy largas ni muy cortas, algo que la gente llama ‘relato breve’ pero que en realidad no es ni breve ni tampoco un cuento en el sentido de relato compacto».

El extracto de esta entrevista concedida en 2009 a The Wall Street Journal corrobora una de las primeras sensaciones que la prosa de Alice Munro provoca en el lector neófito, al menos en quien se inicia en la obra de la autora canadiense con Demasiada felicidad. Efectivamente, los diez relatos que conforman el libro publicado ese mismo año consiguen concentrar la riqueza de matices y la intensidad atribuidas a la novela en una cantidad de páginas apenas superior a la que la teoría literaria suele adjudicarle al cuento.

La ganadora del premio Nobel de Literatura en octubre pasado desarrolla sus ficciones en extensiones que le son absolutamente propias. En términos científicos, monta una cámara Gesell a medida de las criaturas que imagina o recrea (recrea una sola vez: en el último cuento que le presta su título al libro). De esta manera, revela el «lado oscuro» de la condición humana (por momentos parece ilustrar los estudios académicos de Elisabeth Roudinesco) y, salvo por el mismo último relato, del lejano Canadá que nuestra opinión pública suele calificar como país ejemplar, casi perfecto.  

Algunos lectores sentirán especial debilidad por ‘Dimensiones’, ‘Juego de niños’ y ‘Radicales libres’. Primero porque estas tres piezas cautivan desde el punto de vista formal. Segundo porque dan acabada cuenta de la capacidad quirúrgica de la autora para alcanzar el tumor escondido detrás de la pretensión de corrección y normalidad.

Al margen de esa suerte de cámara Gesell personalizada, Munro parece suscribir a la tradición literaria norteamericana que se caracteriza por una prosa precisa y austera, un poco a la manera de Truman Capote y Jerome David Salinger. Como estos referentes estadounidenses, la autora canadiense necesita poco para crear personajes inolvidables, que siguen interpelándonos incluso días después de haber terminado de leerlos.

A modo de cierre de esta breve reseña, cabe recomendar a los compatriotas con sólidos conocimientos de inglés que busquen Demasiada felicidad en idioma original –Too much happiness es el título- antes de conformarse con la edición en castellano que Lumen trajo en 2010 a la Argentina. En ocasiones la traducción al español de nuestra madre patria suena un tanto artificiosa y atenta contra la ilusión de inmersión en el Canadá profundo (en este sentido el cuento homónimo se digiere mejor, quizás porque está ambientado en la Europa de principios de siglo XX). 

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