Entre Las Vegas y Mar del Plata, el problema de llegar tarde

Además de amigo de la casa, Julio Santamaría co-dirigió la miniserie Deporte, desaparecidos y dictadura y fue director de fotografía y cámara de Dixit. Hoy publica en Espectadores el siguiente artículo que escribió a principio de este mes, a pedido de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA) para una suerte de newsletter. El blog se permitió modificar el título original, La comunicación que viene.
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Quince años atrás viajé a Las Vegas con el propósito de asistir a la exposición de tecnología que se desarrollaba en esa ciudad norteamericana. Para un participante como yo, en realidad un visitante que estaba resolviendo el nuevo equipamiento para una productora de comerciales, era una experiencia más que interesante.

Algo llamó mi atención: un área muy importante dedicada a la realización de eventos con mucha concurrencia. Pregunté qué se debatía en ese espacio, puesto que suponía (mal) que la expo era sobre tecnología. Lo era, pero no exclusivamente: algunos foros discutían las nuevas normas para la era tecnológica digital que vendría.

Recién comenzaba la multiplicación de vías. A partir de entonces habría más espacio; las bandas digitales admitirían una multiplicación inimaginable -amén de imposible- en el espacio analógico. De ello devendría un sector comercializable del espectro radioeléctrico, y todos sabemos que dicho espectro pertenece a los Estados y que éstos deben regularlo.

Me llamó la atención eso de dictar reglas para algo todavía inexistente pero que la tecnología impulsaría a corto plazo. He aquí una diferencia importante de criterio: estaban legislando para el futuro, adelantándose al suceso tecnológico, poniendo las bases de control, montando las vías por donde se deslizaría el tren tecnológico.

Esto ocurría en los Estados Unidos, no en un enclave socialista.

Con el tiempo comprendí que, si no se quiere llegar tarde, el marco de situación debe ser definido antes que el tecnológico. Hay que anticiparse al conflicto, tratar de encuadrarlo antes de que se manifieste como tal. Entonces los jugadores tienen claras las reglas del juego antes de que el partido comience.

Más que deseable, esto es absolutamente necesario. A nadie se le ocurriría llegar a la final de un campeonato del mundo de cualquier deporte sin reglas claras sobre cómo jugar ese último partido.

Recordé aquella experiencia en Las Vegas cuando semanas atrás participé de las jornadas dedicadas a la comunicación en la reciente edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Pensé en la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, que la Corte Suprema de Justicia de la Nación declaró constitucional tras cuatro años de aplicación parcial, cuestionada y demorada. Advertí que la norma llega tarde, es decir, después de la consolidación del hecho tecnológico-fáctico que posibilita las comunicaciones digitales y que amplía su espectro de manera exponencial.

Ahora Internet y los teléfonos son fundamentales para la recepción de la comunicación, más que la radio y la televisión tal cual la concebimos hasta ahora, incluso con los canales de cable y los digitales.

Lo importante para los comunicadores es abrir la cabeza, estar al tanto de las nuevas tecnologías y utilizarlas para participar de la producción de sentido. De lo contrario, estaremos como yo en Las Vegas quince años atrás: mirando el partido desde la tribuna y viendo cómo juegan quienes siempre lo han hecho.

Seguiremos siendo espectadores pasivos, apretando los botones del mismo control remoto que sintoniza las imágenes y el audio habituales. La escenografía será mejor o peor, pero nosotros seguiremos sin poder intervenir en los contenidos.

Los llamados medios “de comunicación” son en realidad “de difusión”: reproducen un pensamiento todavía único y hegemónico. Debemos ser constructores de sentido crítico; para eso nos hemos formado y para eso debemos estar preparados. Lo demás es charlatanería mediática. ¿Impresa, radial o televisiva? Lo mismo da.

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