¡Chi-chi-chi-le-le-le!

Michelle Bachelet incicará en marzo su segundo mandato presidencial.
Michelle Bachelet incicará en marzo su segundo mandato.

La victoria electoral de Michelle Bachelet en Chile reconforta a los argentinos que creemos en el proyecto de una América Latina unida, pues entendemos que la candidata socialista aportará más en este sentido que el saliente Sebastián Piñera (si es que alguna vez aportó algo) y que la derrotada Evelyn Matthei si hubiera ganado los comicios presidenciales. Por otra parte, dan ganas de celebrar el voto del país trasandino por un segundo mandato que promete «transformaciones de fondo» a favor de la «igualdad en oportunidades, respeto, dignidad, derechos».

Desde esta perspectiva, la renovada apuesta a Bachelet inspira tanta ilusión como las expresiones de confianza que el electorado de Bolivia, Uruguay, Brasil, Ecuador, Venezuela, Argentina depositó oportunamente en Evo Morales, Pepe Mujica, Lula Da Silva, Dilma Rousseff, Rafael Correa, Hugo Chávez, Cristina Fernández de Kirchner. Los argentinos en cuestión respiramos más tranquilos ante el anuncio de los resultados que confirman no sólo el triunfo del candidato favorito sino la derrota del rival temido (en honor a la verdad, a veces lo segundo pesa más que lo primero).

Dicho esto, hay quienes elegimos la prudencia por dos motivos fundamentales. El primero, los antecedentes poco felices que constituyen los mandatos de los -en principio reformistas- Barack Obama en los Estados Unidos y François Hollande en Francia (menudo desencanto sentimos los desprevenidos que confiamos en la apariencia progresista de ambos jefes de Estado). El segundo, la conciencia de nuestras limitaciones a la hora de conocer/entender lo que sucede en territorio extranjero, independientemente de cuán cercano nos resulte, de cuántas veces lo hayamos visitado, de cuántos lugareños conozcamos, de cuánto lo hayamos seguido o sigamos a través de los libros, la prensa, eventualmente el cine.

La fragmentación que parece caracterizar a la sociedad chilena se reproduce en la opinión que los argentinos tenemos del país vecino. De hecho, mientras una porción de compatriotas admira la nación modelo que Augusto Pinochet supo sacar adelante luego de erradicar la plaga marxista, la otra lamenta las heridas dictatoriales que todavían perduran: desde la impunidad que protege a los autores ideológicos y materiales del terrorismo de Estado hasta la desigualdad social que el acceso pago a la educación y a la salud contribuye a mantener, incluso agravar.

Este segundo grupo de argentinos se entusiasma con la promesa de innovación profunda, justamente porque los considera necesarios en los tres sectores más resistentes al cambio: la justicia, la salud y la educación. ¿Acaso sirva gritar, también de este lado de la cordillera y a modo de hinchada fraterna, Chi-chi-chi-le-le-le?

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