Mandela, lejos de la santificación

Una de las cosas que considero frustrante, en tanto persona que lo conoce mucho, es la canonización de Mandela. Como si fuera una especie de Madre Teresa que combatió el apartheid. El hecho es que es un hombre muy fuerte que fundó el movimiento guerrillero asociado al Congreso Nacional Africano, y que impulsó a este CNA a abrazar la violencia como estrategia de resistencia. No olvidemos que en los años ’50 y ’60 Mandela fue considerado un terrorista por Occidente y un comunista por los Estados Unidos y el Reino Unido.

Entre otros objetivos, mi libro apunta a que la gente deje de verlo como un abuelito bondadoso. Igual que cualquier hombre, Mandela posee defectos y debilidades; la diferencia es que supo vencerlos. En última instancia, es un pragmático, un pragmático muy duro».

Este pasaje de la entrevista que Richard Stengel le concedió a la versión estadounidense del Huffington Post en marzo de 2010 recupera pertinencia en plena despedida mediática al ayer fallecido Nelson Mandela. El periodista y editor de la revista Time que en ese momento presentaba su libro El legado de Mandela. 15 enseñanzas sobre la vida, el amor y el valor es reconocido por haber acompañado al líder sudafricano a principios de los años ’90 mientras lo ayudaba a escribir su autobiografía. Las notas que tomó entonces inspiraron la redacción del ensayo cuya comercialización en Argentina estuvo a cargo de la editorial Planeta.

Stengel también se desempeñó como productor asociado del documental Mandela, que Angus Gibson y Jo Menell estrenaron en Sudáfrica en 1996 y un año después en Gran Bretaña y los Estados Unidos. Se trata, evidentemente, de una de las personas que más conocieron a Madiba.

También en 2010 la cadena norteamericana NBC News publicó online un extracto de Mandela’s way (título original del libro en cuestión). A continuación Espectadores traduce los párrafos más reveladores, en un intento de homenaje libre de intención santificadora.   

Los seres humanos anhelamos contar con héroes pero tenemos muy pocos en realidad. Acaso Nelson Mandela sea el último héroe puro en el planeta. A este símbolo sonriente de sacrificio y rectitud, millones lo soñaron como un santo vivo. Sin embargo, esta imagen es unidimensional: él mismo sería el primero en definirse lejos de la santidad, y esto no es falsa modestia.

Nelson Mandela es un hombre con muchas contradicciones. Tiene piel gruesa, y sin embargo es fácilmente vulnerable. Es sensible a lo que otros sienten pero a menudo ignora a sus seres más cercanos. Es generoso pero cuenta sus centavos antes de dar propina. Nunca va a pisar un grillo o una araña pero fue primer comandante del ala militar del Congreso Nacional Africano. Es un hombre del pueblo pero se deleita con la compañía de celebridades. Se empeña en complacer pero no teme decir ‘no’. No le gusta dar algo por sentado, pero lo advierte cuando le corresponde hacerlo. Les da la mano a todos los empleados de la cocina pero no conoce el nombre de todos sus guardaespaldas. En su persona conviven la realeza africana y la aristocracia británica. Es un hombre victoriano enfundado en un dashiki de seda. Sus modales son cortesanos; después de todo, los aprendió en escuelas británicas de la colonia, de maestros que leían a Dickens cuando Dickens todavía escribía.

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Es un hombre encantador, cualidad de la que es consciente y que explota de todas las maneras posibles. Es atento, cortés, seguro y seductor (palabra que detesta). Y siempre trabaja sobre estas virtudes. Aprende cuanto puede sobre vos antes de encontrarte. Cuando lo liberaron por primer vez, alabó con lujo de detalles los distintos artículos periodísticos que había leído. Como todo gran encantador, se deja encantar fácilmente: basta con hacerle ver que supo conquistarte.

Su encanto es político y personal. En última instancia la política es persuasión, y él se considera no tanto como un gran comunicador sino como un gran persuasor. Te conmoverá o bien por medio de la lógica y la argumentación o bien por medio del carisma, aunque suele combinar ambas cosas. Prefiere convencerte de que hagas algo a ordenártelo, pero te lo ordenará si eventualmente debe hacerlo.

Le gusta despertar admiración; detesta decepcionar. Quiere que después de conocerlo pienses que efectivamente es todo lo que imaginaste. Esto requiere una energía tremenda, y él da lo mejor de sí en este sentido. Casi todo el mundo conoce la versión full de Mandela, salvo cuando está cansado: ahí sus ojos se entrecierran y uno cree verlo dormir parado. Dicho esto, nunca conocí a un hombre capaz de revivir tanto después de una noche de descanso. Puede parecer agotado a las diez de la noche, pero ocho horas después, a las seis de la mañana, parece animado y con veinte años menos.

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Mandela es indiferente a casi todo bien material. No retiene marcas de autos y relojes, pero lo he visto pedirle a un guardaespaldas que conduzca una hora en busca de su lapicera favorita. Cuando de dinero se trata, es generoso con los chicos pero no con los mozos…

Siempre defiende lo que considera correcto con una testarudez inflexible. Muchas veces lo escuché decir «Esto no está bien»: el tono que utiliza siempre es el mismo, así se trate de algo mundano como de una cuestión de relevancia internacional. Escuché esa expresión cuando se la dijo tanto a un guardia de seguridad que no podía abrir una oficina como al Presidente sudafricano F. W. de Klerk en plena negociación constitucional. La utilizó durante años en Robben Island cuando se dirigía a un guardia o a algún jefe de la prisión. «Esto no está bien». De un modo muy básico, esta intolerancia a la injusticia es lo que siempre lo motivó: era el motor de su descontento, y el veredicto sobre la inmoralidad básica del apartheid. Vio que algo estaba mal y trató de corregirlo; vio injusticia e intentó una reparación.

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El Nelson Mandela que salió de la prisión a los 71 años de edad era diferente a aquél encarcelado a sus 44 años. Escuchen cómo describen al joven Mandela sus amigos más cercanos y su socio Oliver Tambo, devenido en jefe del CNA cuando Mandela estaba preso: «Nelson Mandela es un hombre apasionado, emotivo, sensible, vulnerable al insulto y al maltrato».

¿Emotivo? ¿Apasionado? ¿Sensible? ¿Vulnerable? El Mandela que emergió de la prisión no es nada de esto, al menos no en la superficie. De hecho, hoy encuentra que estos adjetivos son cuestionables. Incluso una de las críticas más filosas que puede hacerle a alguien es calificarlo de «emotivo» o «demasiado apasionado» o «sensible». En cambio los adjetivos que le he escuchado decir cuando quiere elogiar son «equilibrado», «medido», «controlado». La manera en que alabamos a los demás refleja la manera de autopercibirnos, y precisamente estos adjetivos son los que él utilizaría para describirse.

¿Cómo este revolucionario apasionado se convirtió en un estadista mesurado? En la cárcel, aprendió a temperar sus respuestas. Era muy poco lo que un prisionero pudiera controlar. La única cosa que podés -y debés- controlar en esas circunstancias sos vos; no hay espacio para el arrebato, la autoindulgencia o la indisciplina.

Mandela no tenía ninguna privacidad. La primera vez que ingresé a su vieja celda en Robben Island, sentí que me ahogaba. No es un espacio hecho a escala humana, mucho menos a escala de Mandela. No podía estirarse cuando estaba acostado. Era obvio que la prisión lo moldeó literal y metafóricamente: no había espacio para movimientos involuntarios ni para la irrupción de alguna emoción; había que podar y ordenar todo. Cada mañana y cada noche, Mandela acomodaba cuidadosamente las escasas pertenencias que los guardias le permitían tener en su pequeña celda.

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Una y otra vez le pregunté de qué manera la prisión lo había cambiado, cuán diferente era el hombre liberado en 1990 de aquél encarcelado en 1962. Estas preguntas lo molestaban. O bien las ignoraba, o bien las contestaba con algún comentario automático, o bien negaba la premisa. Finalmente, un día me dijo con exasperación: «Me convertí en un hombre maduro».

«Me convertí en un hombre maduro».

¿Qué significaba eso? André Malraux escribió en sus memorias que un hombre maduro es la cosa más infrecuente del mundo. Mandela habría estado de acuerdo con él. Para mí, esas seis palabras constituyen la clave más profunda para entender quién es Nelson Mandela y qué aprendió. Porque, lejos de haberse esfumado, ese joven sensible vive en el Nelson Mandela que conocemos hoy.

Con el término ‘maduridad’ quiso decir, no que dejó de sentir dolor y enojo, sino que aprendió a controlar aquellos jóvenes impulsos. El sustantivo tampoco significa que Mandela siempre sepa qué hacer y cómo hacerlo, sino que es capaz de aplacar la emoción y ansiedad que le impiden ver el mundo tal cual es…

Al mismo tiempo, se dio cuenta de que no todo el mundo puede ser Nelson Mandela. La misma prisión que lo fortaleció, quebró a muchos otros. Entender esto lo convirtió en alguien con más empatía, no menos. De hecho, nunca subestimó a quienes no pudieron superar la experiencia del encierro. Nunca acusó a nadie de rendirse porque rendirse era algo humano.

Con los años, Mandela desarrolló un radar y una profunda compasión por la fragilidad humana. De alguna manera, estaba luchando por el derecho de toda persona a no ser maltratada como ocurrió en el pasado. Nunca perdió la sensibilidad del joven que fue; en todo caso se forjó una coraza más dura y resistente para preservarla».

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