Thor, dios del dinero

Unos 38 mil compatriotas vieron Thor. Un mundo oscuro el mismo jueves 14 de noviembre en que el film del más bien televisivo Alan Taylor desembarcó en las salas argentinas. Para ese entonces, Impulso Negocios informó (aquí) que la nueva adaptación de la historieta de Marvel ya había recaudado 100 millones de dólares en los Estados Unidos, a seis días del estreno oficial en ese país, y 345 millones en total gracias a la exhibición mundial. En aumento desde entonces, las cifras locales y globales legitiman la definición de «éxito» y respaldan la intención de rodar una tercera entrega cuyo esbozo promocional -que anuncia nuevo villano a cargo de Benicio del Toro– se cuela al término de esta segunda parte. 

Sin duda, los récords taquilleros constituyen el aspecto más impresionante para los espectadores insensibles al furor generalizado que la versión hollywoodense del dios del trueno provoca desde 2011, cuando Chris Hemsworth le puso el cuerpo por primera vez. Si bien dista de ser excepcional (Batman, Superman, El hombre araña, Iron Man sentaron precedente), este batacazo descoloca porque el producto es de baja calidad, sensiblemente inferior a la factoría Nolan o Raimi por citar los dos referentes por excelencia.

Tal vez porque perdió la doble identidad atribuida en el comic, el Thor cinematográfico es todavía más unidimensional que sus colegas superpoderosos. Lejos de cederles espacio a otros conflictos más interesantes, la desaparición del alter ego Donald Blake parece abrirle paso a cierta práctica de simplificación: por lo pronto esta segunda parte relativiza/atenúa la rivalidad con Loki, reduce el desencuentro con Jane Foster a un contratiempo espacio-temporal, convoca a un enemigo circunstancial (al menos sin aparente continuidad) para coquetear con el apocalipsis universal.

No existe efecto visual que pueda disimular la inconsistencia narrativa. Ni la espléndida caracterización de Christopher Eccleston y Adewale Akinnuoye-Agbaje como el resentido Malekith y su incondicional Algrim/Kurse, ni la escena del martillazo que Thor le pega al titán rocoso, ni la recreación de la elipsis gravitacional desaparecedora de objetos contundentes consiguen animar el patchwork de historias tan desabridas como el presunto amor entre el protagonista y su novia humana. 

A lo sumo causan gracia la actuación de Stellan Skarsgård en tanto científico loco y algunos pocos guiños típicos de esta rama del entretenimiento, por ejemplo el infaltable cameo de Stan Lee y el bolo de Chris Evan cuando encarna a un Loki autotransformado en Capitán América. En cambio, es poco lo que la habitual versatilidad de Anthony Hopkins, Tom Hiddleston y el mencionado Eccleston puede hacer con un guión (sobre todo parlamentos) extremadamente flojo(s).

Prevalecen, en cambio, la condición maderoide de Hemsworth y el desempeño displicente de Natalie Portman. En cuanto a la aparición de Rene Russo, da pena que su reina Frigga apenas aparezca en escena (de hecho ocupa menos espacio que la prescindible Sif, a cargo de Jaimie Alexander).
 
Anoche la revista Variety le atribuyó a Thor. Un mundo oscuro una recaudación mensual de 559 millones de dólares y destacó el aporte de esta secuela para que Disney pudiera superar su propia marca de recaudación anual: los cuatro mil millones de dólares que la compañía ya habría alcanzado a esta altura de 2013 superan los 3.71 mil millones acumulados en 2010. Otra vez los récords provocan -siempre en los espectadores ajenos al furor generalizado- la sensación de que Hollywood se especializa cada vez más en disociar éxito y calidad y, en este caso específico, en desvirtuar la mitología nórdica y convertir al dios del trueno en dios del dinero.

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Contenido complementario
 Capitán América. El primer vengador (reseña)
 El hombre de acero (reseña)
 Batman. El caballero de la noche asciende (reseña)
 El hombre araña 3 (reseña)
 Los cuatro fantásticos y Silver Surfer (reseña)