Margarita no es una flor, de Cecilia Fiel

Con ‘Margarita no es una flor’, Cecilia Fiel le da una buena mano a nuestra memoria colectiva.

Aunque constituye un referente obligado a la hora de repasar los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el Estado terrorista de 1976, la masacre de Margarita Belén ocupa cuando mucho un espacio secundario en la memoria colectiva de los argentinos. Por si cupiera alguna duda, ahí están los “no sé” y los “ni idea” en boca de los compatriotas que Cecilia Fiel cruzó en la calle y abordó para Margarita no es una flor, opera prima que presentó en la 28ª edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y que esta noche se proyecta por segunda y última vez.

En este sentido, el documental excede la cuestión estrictamente cinematográfica. Vale, sobre todo, como ejercicio informativo y reflexivo -casi pedagógico- que profundiza (y actualiza) el reconocido trabajo previo de Juan Carlos Gronda, y que contribuye a combatir el silencio, el desconocimiento, el olvido, la indiferencia.

Margarita no es una flor transmite el compromiso intelectual y sentimental de la autora, también su indignación, su tezón, su compasión, su reclamo de justicia. Esto sucede, en parte, porque Fiel no se limita a reconstruir -por cierto, con notable constancia y minuciosidad- las circunstancias del fusilamiento clandestino que tuvo lugar a mediados de diciembre de 1976 en la mencionada localidad chaqueña. También comenta las dificultades que encontró durante la realización del largometraje y, de manera intermitente, encarna a una de las víctimas, la joven santafesina Ema Pelusa Cabral.

Algunos espectadores encontramos un tanto forzada esta convivencia entre crónica histórica, ejercicio poético (a partir de la identificación con la militante asesinada) y bitácora de filmación. Por tratarse de una opera prima, quizás habría convenido optar por un solo registro narrativo, aunque más no sea para reducir desprolijidades de principiante (por ejemplo la omisión de las clásicas placas o leyendas que presentan a cada entrevistado o que refuerzan las eventuales presentaciones de palabra).

La observación no pretende desmerecer el trabajo de Fiel y su equipo. A lo sumo sugiere la necesidad de un par de retoques formales antes de una próxima oportunidad de proyección, tal vez en el circuito administrado por el INCAA.

Reparos cinéfilos al margen, Margarita no es una flor vale por su aporte doble en términos de memoria colectiva. De hecho, además de conmemorar un episodio específico (en este caso la masacre de Margarita Belén), subraya la dimensión nacional del accionar represivo en tiempos de nuestra última dictadura cívico-militar. En este sentido, la documentalista también contribuye a combatir otra fuente de desconocimiento y/o indiferencia: el porteñocentrismo (con perdón del neologismo).

Publicado por

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

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