Vomitar odio

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Imagen extraída de la página de Facebook ‘AntiK Total’, con más de 26 mil seguidores. Clic para ampliar.

Convertido en adalid de la medicina al servicio del periodismo independiente, Nelson Castro criticó el «secretismo» oficial en torno a la salud de Cristina Fernández de Kirchner como otra prueba de cuán intrigante, calculador, mentiroso es el Gobierno nacional. En este mismo sentido, los medios opositores invocaron el derecho a la información para combatir el silencio malsano del oficialismo, y de paso advertir sobre el agravamiento de la pretendida crisis institucional que la Argentina viene sufriendo mucho antes de la detección del hematoma y de la cirugía en la Fundación Favaloro.

La polémica sobre los (des)aciertos de la comunicación oficial nos retrotrae cuatro meses atrás a la discusión en torno a la cobertura que la prensa sudafricana e internacional le dedicó a la aparente agonía de Nelson Mandela. Recordemos el siguiente extracto de las declaraciones que la hija mayor de Madiba hizo contra el periodismo -sobre todo contra el extranjero- ante la cadena sudafricana SABC News. «Cuando Margaret Thatcher estaba en el hospital, el gobierno británico no informaba a diario sobre la salud de su ex Primer Ministro; no difundía detalles escabrosos sobre su internación».

En la vereda de enfrente, este artículo publicado en el Daily Maverick sintetiza la postura mediática. «La psiquis nacional de Sudáfrica parece totalmente consumida por el estado de salud de Mandela y por la manera en que se comunica ese estado a la población» escribió J. Brooks Spector. Luego señaló que la angustia generalizada empezó «a principios de 2013, cuando algunos funcionarios sugirieron, admitieron, negaron, deslizaron, volvieron a negar que Mandela se encontraba internado en Gauteng, antes de que la información precisa por fin llegara de manera extraoficial».

Curiosamente, al final de la nota el autor recomienda la lectura de este informe que el Health Media Lab elaboró sobre el tratamiento informativo de la salud de los Presidentes Chester Arthur, Warren Harding, Dwight Eisenhower, John Kennedy y Lyndon Johnson. Vale la pena leerlo porque, tal vez sin proponérselo, el texto relativiza los defectos del «secretismo» y las virtudes de la «transparencia»: en otras palabras, ni los comunicados escuetos y/o espaciados responden indefectiblemente a una conducta siniestra; ni la difusión sistemática es siempre garantía de honestidad.

El mismo Spector reconoce que en 1981, enseguida después de que operaran a Ronald Reagan tras un atentado fallido contra su persona, los médicos brindaron una breve conferencia de prensa donde siempre esquivaron las preguntas sobre el estado de conciencia del Primer Mandatario. Décadas antes, Franklin Roosevelt, sus asesores y los periodistas acreditados en la Casa Blanca nunca se refirieron a la salud presidencial; ni siquiera lo hizo su contrincante electoral cuando la enfermedad avanzó visiblemente en 1944.

«Cristina y el infierno tan temido del ACV» se titula el artículo que Jorge Boimvaser publicó el lunes pasado en el Diario Veloz, y que constituye una de las versiones más burdas de la inconducta de nuestro periodismo canalla frente al segundo traspié de salud que Cristina Kirchner enfrenta en el transcurso de dos años. Mientras tanto, en las redes sociales, la ubicación del hematoma y la delimitación del campo quirúrgico -justo en la cabeza- inspiraron y siguen inspirando todo tipo de expresiones ofensivas contra la cordura, lucidez e integridad física de la Presidenta.

Algunos argentinos lo sabemos muy bien: ni el mejor protocolo comunicacional puede combatir la habitual bajeza de quienes, en cuanto pueden, vomitan el mismo odio que medio siglo atrás alentó la ocurrencia de vivar el cáncer.

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PD.
Sebastián Cantero es el autor del dibujo que anuncia el presente post en la home de Espectadores. En realidad se trata del boceto publicado aquí, junto con la versión final, en octubre de 2011.

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