Conmemoremos en más de un sentido

Mañana sábado la opinión pública internacional conmemorará el Día Mundial del Alzheimer por 19ª vez. Nunca tan propicio el uso de este verbo que en general acompaña toda iniciativa de concientización social: en este caso particular, la pertenencia al campo semántico de la memoria anuncia el meollo de la cuestión. De hecho, la capacidad de retener y evocar recuerdos es la función cognitiva más afectada por esta enfermedad que algunos especialistas califican de pandemia, y que los legos en la materia no debemos confundir con las pequeñas lagunas mentales inevitables aún en una vejez saludable.

El Alzheimer tiene menos prensa que el cáncer y el sida por dos motivos fundamentales. El primero, la convicción de que el olvido patológico sólo afecta a la tercera edad (franja poblacional que nuestras sociedades modernas suelen subestimar, cuando no ignorar). El segundo remite a la estigmatización que suelen sufrir quienes, por uno u otro motivo, perdieron su sano juicio.

Como los diferentes tipos de locura, este proceso neurodegenerativo también enajena (en parte por eso los anglosajones acostumbran llamarlo dementia). Sólo quienes transitan la experiencia de convivir con un enfermo saben que el Alzheimer es mucho más que una amnesia progresiva: además de borrar recuerdos, de los más recientes a los más antiguos, despersonaliza.

El drama del desconocimiento es mutuo. El enfermo no reconoce a los integrantes de su entorno porque éstos se le borran con el tiempo (un poco como sucede con la famosa foto familiar de Volver al futuro). El entorno desconoce al enfermo, sencillamente porque éste deja de ser quien fue.

El Alzheimer ataca el cerebro como si fuera un enjambre de polillas. Tomografías computadas y resonancias magnéticas muestran en sus imágenes el tejido (cada vez más) agujereado. Los manchones negros crecen con el tiempo; son indicadores de una destrucción irreparable.

Los familiares y amigos de una persona con demencia sienten que lo pierden mucho antes de su muerte. Éste es uno de los golpes más duros que da la enfermedad, pues dificulta -por no decir impide- la despedida.

En el mejor de los casos, el enfermo resiste desde el frente epidérmico. Es como si las raíces más profundas de los recuerdos supieran trasladarse del cerebro a la piel. De ahí que un abrazo o una acaricia consigan restablecer, al menos por un momento, la conexión afectiva que se creía perdida.

El ejercicio de memoria colectiva es otra estrategia de resistencia. Los recuerdos de los sanos pueden ayudar a remendar el tejido carcomido. Por eso, por favor, mañana sábado conmemoremos en más de un sentido.

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María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

3 thoughts on “Conmemoremos en más de un sentido

  1. Muy bien Marìa. No siempre puedo felicitarte, pero siempre te leo y haces cosas muy buenas, como esta.
    Buena primavera.

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